
Es bastante evidente la emergencia climática que nos estamos enfrentando. Todos los días la evidencia científica, así como la evidencia empírica sigue alertándonos de esta urgencia, las inundaciones en el sur asiático del 2020 que costó la vida de más de 6.000 personas o las recientes olas de calor del 2022 en Europa que costaron la vida de más de 2.400 personas, son solo algunos ejemplos de un problema global que día a día se agrava.
Sin embargo, nuestra respuesta sigue siendo insuficiente. Hace unos días en el marco de la Asamblea General de Naciones Unidas, Antonio Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, sentenciaba con mucha preocupación que “la era del calentamiento global ha terminado; ha llegado la era de la ebullición global”. Se nos está acabando el tiempo antes de que esta situación sea irreversible. ¿Qué más tiene que suceder para que esta crisis se aborde con la urgencia que requiere?
Mientras estas palabras resonaban en la semana de la Asamblea General de las Naciones Unidas, mientras distintos líderes mundiales señalaban ambiciosos compromisos nacionales, el elefante blanco seguía presente e invisible, los combustibles fósiles, que son finalmente el mayor responsable de las emisiones globales y que siempre están convenientemente omitidos en los debates y acuerdos que buscan frenar el cambio climático.
Es en este contexto, que toma relevancia las conversaciones y resultados que va generando la iniciativa del Tratado de No Proliferación de Combustibles Fósiles, que busca acelerar la acción climática frenando la proliferación de combustibles fósiles. Poco a poco, la iniciativa ha ido creciendo y ha recibido el respaldo de ocho estados, 2.250 organizaciones de sociedad civil, 89 ciudades y más de 623 mil ciudadanos alrededor del mundo.
Este respaldo no es casualidad; es el resultado de una creciente conciencia global sobre la necesidad de abordar la raíz del problema climático. Los combustibles fósiles, a pesar de ser la principal causa del cambio climático, han disfrutado de un estatus protegido en la economía global durante demasiado tiempo. Las naciones y corporaciones han priorizado las ganancias a corto plazo sobre la sostenibilidad a largo plazo, y ahora estamos pagando el precio.
El Tratado de No Proliferación de Combustibles Fósiles propone una solución audaz y necesaria: detener la expansión de nuevos proyectos de combustibles fósiles, establecer un plan equitativo para reducir la producción existente y garantizar una transición justa hacia fuentes de energía renovable.

Empero, a pesar del creciente apoyo, la iniciativa enfrenta grandes desafíos. Las poderosas industrias de los combustibles fósiles con su influencia económica y política siguen fortaleciéndose y este año 2023, de acuerdo al Fondo Monterio Internacional se estima que los subsidios globales a los combustibles fósiles alcancen los 7 billones de dólares, un aumento de 40% frente a dos años antes. De acuerdo al mismo reporte del Fondo Monetario Internacional, estos subsidios además son responsables de 1.6 millones de muertes prematuras por enfermedades relacionadas a problemas respiratorios. Las cifras son contundentes frente al riesgo global que representan los combustibles fósiles y la oportunidad que representa una transición energética, pero el problema sigue siendo la nula voluntad política de los líderes globales.
Pero, pese a estos reveses, la ola de cambio es imparable, el domingo 17 de septiembre previo al inicio de la semana de la Asamblea General de Naciones Unidas 75 mil personas participaron en la “Marcha para poner Fin a los Combustibles Fósiles”, que buscaba frenar el crecimiento de la explotación de combustibles fósiles, así como exigir al presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, a detener proyectos de petróleo y gas.
193 países del mundo llegaron a un consenso sin precedentes en el año 2015, establecer 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para alcanzar el futuro que queremos. La realidad es que los ODS no podrán cumplirse si continuamos en esta carrera sin sentido en la proliferación de combustibles fósiles mientras el planeta sigue en agonía.
La emergencia climática no es una amenaza lejana, es una realidad presente y que día a día se acerca a un punto de no retorno. Mientras la comunidad internacional se esfuerza por abordar el cambio climático y por cumplir con los Objetivos de Desarrollo Internacional, debe entender que ninguno de estos objetivos se cumplirá si continuamos fallando en detener la proliferación de combustibles fósiles.
Es ahora el momento que nuestros líderes globales tomen acciones contundentes, es momento de empezar a discutir un Tratado de No Proliferación de Combustibles Fósiles.

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