
Días pasados, Javier Milei hizo referencia a la “desagradable aritmética monetarista” durante una clase brindada en la Universidad de San Andrés.
Este curioso concepto sostiene que la política monetaria no es independiente de la política fiscal. En 1981, Thomas Sargent y Neil Wallace demostraron formalmente que un déficit presupuestario crónico obliga, en algún momento, a recurrir a la emisión monetaria, con las consiguientes presiones inflacionarias. Si un gobierno mantiene un déficit fiscal persistente, por más estricta que sea la política monetaria, tarde o temprano la inflación terminará manifestándose.
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¿Cuál es la raíz del problema? Cuando el Estado no puede cubrir el bache fiscal con ingresos corrientes, recurre al endeudamiento mediante la emisión de bonos o títulos públicos. Así, como una bola de nieve que rueda cuesta abajo, la deuda se incrementa constantemente. Llega un momento en que los inversores dejan de estar dispuestos a prestar más dinero. Frente a este callejón sin salida, el Banco Central se ve compelido a una salida perversa: emitir grandes cantidades de dinero para financiar al Estado. El resultado es la pérdida del poder adquisitivo de la moneda, fenómeno que se agrava cuando la población reduce su demanda de dinero.

Este concepto constituye una piedra angular del pensamiento económico de Milei y explica su insistencia en el objetivo de alcanzar el “déficit cero”.
Resulta interesante recordar aquí el aporte salmantino. A comienzos del siglo XVII, la Corona española atravesó una grave crisis financiera y, para obtener recursos, recurrió a la alteración de la moneda de vellón. La reducción progresiva del contenido de plata y la emisión masiva de moneda de cobre generaron fuertes presiones inflacionarias. Este fenómeno inspiró la dura crítica del jesuita Juan de Mariana en su Tratado y discurso sobre la moneda de vellón, obra por la que sufrió persecución y prisión.
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El tratado constituye una vigorosa defensa de la propiedad privada, de los presupuestos equilibrados y de una moneda estable. Por ello, Mariana es un precursor del pensamiento económico liberal. Desde esta perspectiva, las raíces del liberalismo económico no surgirían exclusivamente en la Escocia de Adam Smith, sino que también pueden rastrearse en España, casi dos siglos antes, entre los teólogos y juristas de la Escuela de Salamanca.
Cuando existe un déficit fiscal persistente, la inflación no puede eliminarse únicamente mediante herramientas monetarias
El calificativo de “desagradable” aplicado a esta aritmética monetarista se debe a que demuestra una verdad incómoda: cuando existe un déficit fiscal persistente, la inflación no puede eliminarse únicamente mediante herramientas monetarias. En un contexto de desequilibrio fiscal, el endurecimiento de la política monetaria puede servir para ganar tiempo, pero no resuelve el problema de fondo. Para Sargent y Wallace, la inflación de largo plazo termina siendo, en gran medida, un fenómeno fiscal y no exclusivamente monetario.
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Una analogía sencilla ayuda a comprender esta idea. Una honda está compuesta por una horqueta y dos elásticos. Estos representan el factor monetario. Sin embargo, para que la piedra salga disparada se necesita una fuerza que tense los elásticos. Esa fuerza sería el déficit fiscal. Sin ella, el mecanismo no produce sus efectos.
Sargent y Wallace no se inspiraron ni en la Escuela de Salamanca ni en la Escuela Austríaca. Sin embargo, existe una notable convergencia entre sus conclusiones. Aunque utilizan métodos distintos, llegan a respuestas similares respecto de los riesgos asociados al déficit fiscal y a la expansión monetaria. Puede decirse que los salmantinos aportan la raíz histórica; los austríacos, el marco filosófico; y Sargent y Wallace, la formalización matemática de la inviabilidad de los déficits fiscales permanentes.
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En la tradición de los salmantinos, representada por Juan de Mariana, y de sus sucesores intelectuales, como Friedrich Hayek, a la que se suma la visión más contemporánea de Sargent y Wallace, Milei sostiene una convicción central: alcanzar el equilibrio fiscal. Desde esta óptica, el equilibrio de las cuentas públicas permitiría consolidar un escenario de estabilidad cambiaria y de inflación decreciente.
¡Eureka!
El autor es economista
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