
Miles de personas volverán a salir a las calles bajo una consigna que, once años después, sigue siendo tan necesaria como dolorosa: Ni Una Menos.
Y mientras pensamos en las mujeres que ya no están, hay una imagen que no puedo sacar de mi cabeza.
La de nuestros hijos.
Los que hoy están sentados a nuestra mesa.
Los que mañana van a entrar a un aula.
Los que pasan horas encerrados en su habitación intentando descubrir quiénes son, qué sienten y cómo relacionarse con los demás.
Porque cada vez que una nueva historia de violencia nos conmueve, solemos hacernos las mismas preguntas.
¿Qué falló? ¿Quién no vio las señales? ¿Qué se podría haber hecho para evitarlo?
Pero tal vez exista otra pregunta, mucho más incómoda.
¿Qué conversaciones estamos teniendo con nuestros hijos?
Nos preocupa que aprendan matemáticas.
Nos preocupa que aprendan inglés.
Nos preocupa que tengan oportunidades, que ingresen a una buena universidad, que consigan un trabajo que los haga felices.
Y está bien que así sea.
Pero pocas veces nos preguntamos si están aprendiendo algo igual de importante.
Si están aprendiendo a construir vínculos sanos.
Si están aprendiendo a respetar límites.
Si están aprendiendo que nadie pertenece a nadie.
Si están aprendiendo a reconocer cuándo una relación deja de ser amor para convertirse en control.
Si están aprendiendo a expresar el enojo sin lastimar.
Si están aprendiendo a pedir ayuda.
Si están aprendiendo a decir “no”.
Y también a aceptar un “no”.
Como educadora, pero también como madre, veo con frecuencia adolescentes que saben resolver problemas complejos, pero tienen enormes dificultades para gestionar una frustración, sostener una diferencia o atravesar un conflicto sin sentirse devastados.
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Y no porque sean peores que las generaciones anteriores.
Simplemente porque crecieron en un mundo que les enseñó muchas cosas, pero que muchas veces evitó las conversaciones más importantes.
Durante años pensamos que educar consistía principalmente en transmitir conocimientos.
Hoy sabemos que no alcanza.
Necesitamos enseñar a pensar, pero también a convivir.
Necesitamos formar jóvenes capaces de argumentar sin agredir.
De disentir sin humillar.
De amar sin controlar.
De poner límites y respetarlos.
De comprender que una persona no es una posesión.
Y esta no es una responsabilidad exclusiva de la escuela. Tampoco de las familias. Es una responsabilidad compartida. Porque los jóvenes aprenden de lo que les enseñamos, pero también de lo que observan. Aprenden de cómo hablamos. De cómo discutimos. De cómo tratamos a quienes piensan diferente. De cómo ejercemos el poder en nuestras relaciones. De cómo reaccionamos cuando las cosas no salen como queremos.
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Volveremos a marchar. Y debemos hacerlo. Pero quizás la mejor manera de honrar esa consigna sea empezar a hablar de aquello que solemos dejar para después. De los vínculos. Del respeto. De la empatía. De los límites. De la responsabilidad afectiva. De la manera en que habitamos nuestras relaciones con otros.
Porque la violencia no aparece de un día para otro. Y la prevención tampoco. La prevención empieza mucho antes. Empieza en casa. Empieza en la escuela. Empieza en cada conversación que ayuda a un niño o a un adolescente a comprender que el respeto no es una opción. Es la condición indispensable para convivir.
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Y quizás esa sea una de las conversaciones más urgentes que todavía estamos postergando.
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