Con la inminente salida a bolsa de SpaceX, la Space Economy se muestra como uno de los sectores más atractivos y de mayor proyección. Y este atractivo no tiene mucho que ver con las especulaciones de una futura llegada a Marte sino con su carácter transversal y fundamental como infraestructura crítica impulsora de la economía terrestre de los próximos años.
Es que poco a poco la Nueva Economía Espacial va ganando un mayor lugar dentro de la infraestructura de negocios global y ubicua: en todas partes y en todos los comportamientos humanos económicos y sociales tendrá lugar una porción del espacio, por mínima que sea. Esa parte corresponderá bien a un satélite que transmite una comunicación entre dos personas, a un equipo dedicado a producir imágenes de los suelos fértiles de un territorio agrícola, o un tracking GPS de un carguero que lleva automóviles, petróleo o trigo surcando los océanos.
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Si hablamos de Nueva Economía Espacial antes deberíamos mencionar la existencia de una Antigua Economía Espacial. Esta última fue la protagonizada principalmente por las grandes potencias de la segunda mitad del siglo XX, Estados Unidos y la Unión Soviética, que en una gran partida de ajedrez por la hegemonía mundial, escalaron la llamada “Carrera Espacial”. Esta competencia la comenzó liderando la URSS con el lanzamiento del primer satélite artificial -el Sputnik 1, en 1957- y la terminó ganando EEUU, con la llegada del hombre a la Luna en 1969, con Armstrong, Aldrin y Collins plantando la bandera norteamericana en suelo lunar.
La motivación de esa época distaba mucho de ser económica, era claramente política e implicó la asignación de considerables fondos públicos para los programas espaciales desde ambos lados de la contienda. Estas erogaciones fueron debidamente justificadas de cara a la sociedad en la necesidad de “ganar la Carrera Espacial”. Una vez logrado el objetivo, ya resultaba insostenible tanto gasto fiscal para programas espaciales. Entonces, el sector entró en un extenso letargo que duró hasta ya bien entrados en el siglo XXI, todo un tiempo donde los presupuestos públicos, para por ejemplo la NASA, fueron mucho más acotados.
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La economía del espacio vuelve a surgir con fuerza a partir de una mirada empresarial sobre órbitas, satélites y lanzadores. El “momento Sputnik” para los negocios (al igual que el primer hito de esta historia) fue el recupero parcial del Falcon 9, cohete puesto en órbita por SpaceX, dando lugar a una futura disminución drástica de los costos de tener artefactos, infraestructura, hardware suspendido a miles de kilómetros de la Tierra brindando servicios de todo tipo.
Surge entonces la Nueva Economía Espacial, dejando atrás el monopolio estatal, dando lugar a startups, corporaciones y a un ecosistema de capital privado en busca de retornos por inversiones en la prestación de servicios de conectividad global y explotación de recursos más allá de la Tierra. El cambio de paradigma es contundente: el espacio deja de ser un trofeo de la geopolítica, privativo de las rrandes potencias, y se transforma en un generador de negocios, una nueva forma de ganar dinero.
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La economía del espacio vuelve a surgir con fuerza a partir de una mirada empresarial sobre órbitas, satélites y lanzadores
En la Tierra, muchos sectores se benefician de un mayor dinamismo con lo generado desde el espacio. Por un lado, la agricultura se vale de la GEOINT para optimizar cultivos, predecir escasez, reducir la huella de carbono, etc. Asimismo, el sector de Transporte y Logística usa el GPS y las SatCom para la optimización de rutas marítimas globales, en tanto que compañías de distintos sectores se aseguran la provisión de servicios de conectividad global e ininterrumpida a partir de servicios como Starlink o Amazon Project Kuiper. Finalmente, también las aplicaciones para finanzas y seguros se valen en tiempo real de parámetros climáticos, de observación terrestre, y la lista es mucho más amplia.
El actual ecosistema económico espacial es lo suficientemente amplio como para atraer actores diversos; contempla una cadena de generación de valor que comienza en la tierra con la minería, sigue con la fabricación de materiales especiales (el espacio no perdona, se requieren compuestos ultraligeros y aleaciones capaces de resistir calor extremo, estrés mecánico y radiación intensa), con los elementos de propulsión y combustibles, electrónica y semiconductores, componentes y subsistemas, cohetes y satélites. En la capa superior de esta pirámide de negocios, se ubican los operadores satelitales y de servicios que monetizan el uso de la infraestructura espacial, la conectividad, los enlaces y datos regresando a la Tierra.
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La Space Economy representa hoy negocios por USD 626 mil millones, un número equivalente al PIB de Argentina en un año, proyectándose hacia 2040 entre USD 1 y 2 billones. En cada segmento anteriormente mencionado existen ya actores de peso y van emergiendo nuevos emprendimientos. Incluso sobre los que están, Morgan Stanley ha elaborado su propio framework de firmas que cotizan en bolsa y donde el inversor puede echar un ojo: el “Space 60”.
El nuevo mundo está en la plataforma de lanzamiento. Es preciso que directivos e inversores miren hacia el espacio, no ya como un lugar de exploración sino como el nuevo soporte de la infraestructura digital, que se está volviendo decisivo para la competitividad de los negocios de manera ubicua.
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La comercialización del espacio no está “en camino”. Ya ocurrió.
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