
No recuerdo qué pensador francés dijo que en la mayoría de los hombres las convicciones se corresponden con las conveniencias, sentencia que con tanta justeza explica las miradas del presente. Las encuestas juegan un papel acomodaticio, se parecen en lo general para adecuarse luego a las necesidades de cada sector.
La homilía de García Cuerva durante el Tedeum de la fecha patria marcó el peso y la centralidad que el Papa Francisco le aportó a la Iglesia Católica, y esas palabras, que transitan el espacio del ausente sentido común de nuestra política, lograron el apoyo de la mayoría de los argentinos, más allá de su convicción religiosa, y la distracción oportunista de un gobierno que espera ser beneficiado por la visita papal. El Papa León XIV, no casualmente de nacionalidad estadounidense, con evangelización en el país hermano del Perú, le impone al presidente Trump parecidas exigencias y limitaciones. Aquel cardenal Bergoglio, que los gobiernos kirchneristas se negaron a escuchar, devolvió con su sabiduría una vigencia a la religión que no permite ya semejantes ausencias. El mensaje de la Iglesia recupera lo central del ser humano, la trascendencia, y lo esencial de la política, la solidaridad. Los fracasos del presidente de Estados Unidos en sus absurdas pretensiones dejan también al desnudo la irracionalidad de nuestra política exterior.
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En el presente y con premura, el gobierno de Milei se ocupa de privatizar lo que pueda, sin aclarar, naturalmente, que privatizar es una simple metáfora de robar, de dejar en manos de pocos lo que se construyó con el esfuerzo de todos. La idea de que el egoísmo de algunos puede generar mejoras en la desesperación de las mayorías es una turbia mezcla de falsedad y envilecimiento. Vivimos un proceso donde lo que se ha vuelto esencial, el egoísmo, intenta destruir los límites éticos de toda sociedad integrada. Cierto es que debemos asumir la responsabilidad de los gobiernos anteriores en deformar la solidaridad y terminar permitiendo la consecuente primacía del egoísmo.
Escuchar los despreciables intentos de formulación ideológica de las libertades de los poderosos para no hacerse cargo de los daños que generan en el resto de los habitantes no puede dejar de significar un despreciable gesto de decadencia. Toda sociedad necesita del éxito de sus sectores productivos tanto como del control y de la limitación a la corrupción de los intereses especulativos. El mero hecho de que se haya convertido en un lugar común la presencia de asesores extranjeros junto a los distintos candidatos deja al desnudo la carencia de políticos, de vocaciones dispuestas a defender lo colectivo que, como todo acto creativo, jamás puede depender de consejeros foráneos como cultores del oportunismo.
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Cuando uno escucha a Julio María Sanguinetti o recuerda al Pepe Mujica, esos respetables ex presidentes uruguayos, toma conciencia de que las personas de bien, en su tránsito por la política, desarrollan las virtudes humanas y no las limitaciones de la picardía.
Día a día se va terminando la oscura demencia de que el egoísmo de los ricos permitiría la mejora de la angustia de los pobres merced al famoso derrame. No hay futuro sin Estado ni presente sin mercado, la demencia de valorar la moneda por sobre el ser humano se agota en la realidad de las necesidades cotidianas.
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Empezando a pensar en las elecciones, es fundamental que la figura de Cristina Kirchner y La Cámpora dejen de ocupar su lugar de amenaza para cualquier recuperación del espacio de lo nacional. Las necesidades colectivas necesitan imponerse sobre las individuales más allá del debate acerca de la actuación de la Justicia. Por otro lado, las burocracias, acostumbradas a parasitar la política, deben ser obligadas a convocar a elecciones internas transparentes, solo después de las cuales estaremos en condiciones de recuperar el poder. Como nota de color, o no tanto, quiero agregar mi convicción de que en la próxima elección presidencial se enfrentarán Axel Kicillof y Patricia Bullrich, por más que en ambos bandos existan intereses decididos a complicarlos. Sin embargo, a veces la realidad derrota hasta a las mismas perversiones.
Quisiera cerrar este artículo con un pequeño homenaje: nos dejó Ernesto Jauretche, uno de los más respetables militantes de nuestro movimiento con quien la distancia en los proyectos jamás impidió el afecto y la solidaridad.
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