Un país para pocos

El gobierno de Milei está destruyendo aquella movilidad social que caracterizó a la Argentina

Guardar
Javier Milei
Javier Milei

No es casual que el presidente Milei y algunos de sus contertulios se refieran elogiosamente a la Argentina de hace cien años, tiempos en que los grandes ricos construían sus palacios mientras los humildes se amontonaban en conventillos. Un tiempo previo a la democracia, cuestión que tampoco es casual ante la tentación cotidiana de autoritarismo que caracteriza a la actual gestión. A decir verdad, ya trasciende la mera tentación.

Los largos discursos presidenciales en la Fundación Libertad o en el Palacio Libertad son parte de una brutal pobreza de pensamiento, de un fanatismo ideológico que se sustenta en la concepción de que el Estado es el enemigo y en los grandes grupos económicos, los dueños, responsables de una sociedad de la que no se hacen cargo, hecho que a Milei poco le importa.

PUBLICIDAD

Es indudable que hubo una etapa política que dejó marcas, como los cortes de calles o el incremento abusivo de la burocracia estatal, que le permitieron al Gobierno obtener éxitos en poco tiempo con su rápida y, por momentos cruel, supresión. Luego, viene lo importante, la estructura social de un país que transitó las democracias, esencialmente la de Yrigoyen y la de Perón, también la de Frondizi y la de Illia, y la última del General. Esa estructura estaba concebida para la totalidad de la población argentina, teniendo como eje que nos instalaba en el continente una sólida clase media, fruto simple y directo de la construcción industrial.

Se insiste demasiado en la estabilidad de la moneda, en la inflación, y es sencillo observar a países hermanos que aunque carecen de ese mal, sufren uno mucho más grave: la pobreza. La moneda puede ser estable en sociedades acompañadas por una estabilidad de la miseria similar.

PUBLICIDAD

Aquella movilidad social que caracterizó a la Argentina es la que están destruyendo, en una alianza con Estados Unidos, pero también en una relación permisiva de importaciones con China, un oxímoron que no se entiende si no se toma como elemento central la voluntad de destruir lo construido. Han logrado un valor del dólar que les permite inventar incrementos salariales cuando semejante logro– todos lo sabemos- está muy lejano. Mientras la sociedad transita mayoritariamente el dolor de la sobrevivencia cotidiana, el Gobierno concibe como exitosas supuestas inversiones que vendrán a traer minería, gas o petróleo, desarrollos que en nada sustituirán a aquel salario que generó la industria y la distribución del comercio.

Milei y sus funcionarios se llenan la boca con las bondades de las inversiones del RIGI, convenios de explotación de los recursos naturales de los cuales, realmente, tendríamos que sentir un profundo dolor como patria. Con el RIGI, el Gobierno de Milei intenta desarrollar la explotación de los recursos naturales, que, en rigor, dan escaso trabajo y permiten el vaciamiento de nuestras verdaderas riquezas, las que la geografía nos otorgó. Sin embargo, el discurso presidencial está cada vez más devaluado en los sectores sociales, y aun entre aquellos empresarios prebendarios que disfrutan de su apoyo.

Hay una voluntad de concentración, y si analizamos, por ejemplo, a las telefónicas y las empresas de cable, advertimos que son compañías de gran rentabilidad en las cuales cuando un ciudadano se dispone a rescindir el convenio, le reducen sus costos en un 50%, dejando al desnudo un porcentaje equivalente a un nítido robo, porque no se trata de libre competencia, sino de libre estafa. Por otro lado, pagamos mucho y no tenemos ni siquiera derecho a que nos atiendan personalmente, las empresas no derraman, sea cual fuere su nivel de ganancias, no van a invertir ni en personal ni en respeto al ciudadano a quien dejaron de considerar como un ser digno humillándolo como a un simple consumidor. La empresa Techint es una de las más grandes en generar riqueza y dar trabajo. El presidente pretende burlarse de Paolo Rocca llamándolo Don Chatarrín y decide dejar que la riqueza y el trabajo emigren a otro país. Vieja historia del puerto que prefería importar porque en eso residía su ganancia en lugar de incentivar la producción de nuestra sociedad. Cuando los importadores cobran más relevancia que el sector productivo, se genera la decadencia. Entendamos de una vez por todas que si el Gobierno habla de la macro, se está refiriendo a los grandes grupos; en cambio, la sociedad es la micro y está claro, ya desde hace mucho tiempo, que la riqueza no derrama.

Por lo demás, la confrontación con el periodismo es un gesto evidente de autoritarismo, que mucho distan de expresar a quienes se llenan la boca con la palabra libertad. La prensa es un espejo frente al cual no quieren mirarse. En su grotesca exhibición en el Parlamento, se ocuparon de llenar los palcos con oficialistas -imagino que en su mayoría rentados- para que el Presidente y su séquito, gozaran de un calor popular, imposible de lograr en cualquier otro ámbito. Pensemos, si no, en las calles que rodean a ese mismo Congreso, donde solo la represión indiscriminada impide, hasta el momento, una reacción más dura de aquellos que se van hartando de la mentira de mejoras cada día más alejadas de la realidad. Un Presidente que inició su gestión hablando de espaldas al Congreso termina participando de una claque en un palco, para apoyar a un triste y mediocre personaje que solo puede leer porque jamás podría responder sin papeles, un individuo que solo está capacitado para repetir lo que le imponen, sin que podamos enterarnos de cuáles son las fortalezas y debilidades de su pobre y oscuro pensamiento.

Conviven dos conflictos, uno en el poder económico, que se desespera por el riesgo de perder las virtudes que le asigna el señor Milei y busca sostenerlo o conseguir un sustituto, y por otro, la oposición, marcada por la sobrevivencia del pasado -kirchnerismo y massismo-, y las limitaciones que esta situación genera a la posibilidad de una construcción patriótica con solidez en tanto alternativa valiosa para la próxima contienda electoral.

El grotesco festejo del corrimiento de Trump por el tema Malvinas es realmente una promesa inexistente, un gesto sin ningún valor para nuestra necesidad histórica de recuperar las islas, que poco tienen que ver con las opiniones de este personaje, que se quiere quedar hasta con Groenlandia y no puede salir del conflicto de Irán.

Más allá de los fanatismos kirchneristas y mileístas, nace el espacio digno de la política, de aquellos que se muestran dispuestos a pensar el futuro colectivo basados en la necesidad de darle trabajo a la totalidad de nuestra sociedad. Necesitamos salir del sectarismo y asumir que la sociedad no quiere volver al pasado, pero tampoco convivir con este horrible presente, dilema que nos obliga a la reflexión y al pensamiento de una sociedad futura, donde lo importante no sea la economía sino el destino colectivo en el que lo económico es solo una parte, por ser el economicismo una degradación de la política a nivel de los intereses de los grupos que solo se ocupan de acumular.

Esperemos que el dolor del presente no se convierta en resentimiento sino en sabiduría y nos permita recordar el país que éramos no hace cien años, sino hace poco más de cincuenta, tiempos que diferencian la concepción del ciudadano de la del poderoso.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD