
Los días 17 y 18 tuvo lugar en Barcelona la Cumbre Mundial Progresista convocada por el presidente español Pedro Sánchez. La Cumbre fue denominada también Cumbre en Defensa de la Democracia ante el supuesto peligro que implica para el sistema político y los derechos humanos el avance de partidos identificados como de “derecha”. La Cumbre contó con la participación de los presidentes de Brasil, Colombia, México, Sudáfrica y Uruguay, líderes políticos de países latinoamericanos y mensajes de Bernie Sanders, Hillary Clinton y Zohran Mandani de los Estados Unidos.
Los antecedentes de esta Cumbre pueden encontrarse en las reuniones de la Internacional Socialista, organización socialdemócrata presidida también por Pedro Sánchez en su carácter de máxima autoridad del PSOE que en esta oportunidad quiso imprimirle un carácter amplio para coaptar fuerzas políticas que si bien no reivindican el socialismo como ideología coinciden en sus posiciones.
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La Cumbre constituyó un esfuerzo para establecer una referencia a nivel internacional y al mismo tiempo resaltar el liderazgo de Pedro Sánchez. Con el argumento de defender la democracia y poner un freno a la “ultraderecha”, que ha ganado espacio a través de elecciones en varios países de América Latina, un reconocido dirigente planteó que dadas las implicancias futuras se requería una respuesta coordinada y global. La Cumbre expresó su preocupación por los conflictos bélicos que dominan el escenario global, la defensa de la soberanía, el derecho de los pueblos a elegir su destino y la necesidad de implementar políticas para mejorar la distribución del ingreso. En su intervención, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, redefinió la democracia al sostener que no es legítima sin justicia social abriendo un interrogante sobre si el orden no altera los factores al existir otros regímenes políticos que se arrogan esa prioridad. No faltaron como suele suceder en este tipo de reuniones los clamores por los niveles de pobreza, concentración de la riqueza y el aumento de los gastos bélicos a nivel mundial.
El desarrollo de la Cumbre mostró la preocupación por el riesgo que significa para la democracia el ascenso de corrientes políticas alternativas, a las cuales se acusa de querer socavar las bases mismas del sistema pluralista iniciando una pendiente hacia el autoritarismo o totalitarismo que terminarían eliminando las libertades políticas. Sin embargo, ninguno de esos temores pareciera tener asidero; en las recientes elecciones en Hungría el “descalificado” Viktor Orban, considerado uno de los máximos exponentes de esas corrientes, concedió el triunfo de la oposición en elecciones organizadas bajo la égida de su gobierno.
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La preocupación por el ascenso de otras fuerzas que podrían dañar el sistema democrático contrasta con la persistente condescendencia con gobiernos totalitarios donde no rigen ninguno de los parámetros que pregonan los allegados a estas cumbres y que son ignorados por motivos de posicionamiento internacional. La mirada de la Cumbre se dirigió solo sobre occidente como si en el resto del mundo no existieran regímenes o situaciones que se contraponen como es la invasión de Rusia a Ucrania para apropiarse de parte de su territorio o la gravedad de la situación en Medio Oriente.
La Cumbre volvió a ensayar los eslóganes de soberanía para defender unos más, otros menos, la persistencia de dictaduras en América Latina con las cuales existe una identificación producto de una añeja identificación con algunos de los autócratas, sin que se ejerza ninguna presión para impulsar una apertura. La renuncia a una defensa clara de la democracia y los derechos humanos, no solo como excusa ante resultados electorales adversos, contribuye a deslegitimizar argumentos cediendo esas banderas a una oposición que ha hecho suya justamente esas reivindicaciones.
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