
A lo largo de la historia de la humanidad, hubo múltiples circunstancias que pusieron a prueba a la civilización, pero en ninguna de ellas el riesgo fue tan grande como en la actual coyuntura, debido al desarrollo científico tecnológico alcanzado en las armas de destrucción masiva.
La guerra en Ucrania, las guerras intestinas en Sudán, Siria, Myanmar, Yemen, Somalía y otros sitios, la constante tensión y fricciones en torno a Taiwán y el cóctel explosivo en Medio Oriente son el ejemplo presente que compromete el porvenir de la humanidad.
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Muchos de estos episodios han sido producto de una incitación bélica de unos y una respuesta del mismo grado y a veces superlativa de los otros. Este mecanismo de incitación y respuesta es el que destaca Arnold Toynbee como el que marcó el desarrollo de las civilizaciones a través de la historia. El historiador británico pone como ejemplo el Fausto de Goethe cuando a Dios, después de haber creado todo, Mefistófeles lo desafía. Y Dios cavila. Porque puede pensarse que en la aceptación del desafío está implícito el reconocimiento de la existencia del Mal; pero si no acepta el desafío puede pensarse que es por debilidad.
Finalmente Dios acepta el desafío y lo vence.
Pero he aquí que actualmente los que incitan o responden son portadores, producto de la innovación tecnológica del sistema industrial militar, de armamentos que en un contexto de una eventual conflagración mundial podrían hacer desaparecer incluso al planeta entero.
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Considerando que hoy existen armas nucleares tácticas (ANT) —que todavía no han sido probadas por temor a que el viento dirija la lluvia radioactiva en una dirección imprevista— y que entre los 15 mil satélites artificiales hay algunos ubicados “en puntos oscuros” que solo pueden ser identificados por la potencia que los orbitó y cuyo grado de peligrosidad se desconoce, sólo cabe concluir que los riesgos son de mucha mayor envergadura que en cualquier otra coyuntura vivida a lo largo de la historia.
Además, cuando se escucha hablar de “exterminar una civilización” no se puede eludir el recuerdo de hechos sucedidos en el siglo pasado cuando se quiso aniquilar a un pueblo.
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Todo esto nos lleva a evocar el concepto de Perón sobre la relación entre sangre y tiempo en las disputas de poder.
Decía: “Si uno quiere ahorrar sangre tiene que invertir tiempo. Y si quiere ahorrar tiempo tiene que invertir sangre”.
Algunas potencias, a lo largo de su historia, han privilegiado la sangre. Otras, sangre y tiempo. Y otras, el tiempo.
Ahora bien, si aspiramos a que el “tiempo” se instituya como norma para la resolución de los conflictos, es perentoria la reforma de los organismos responsables de la paz y la seguridad internacional, como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, por ejemplo, o crear nuevas instituciones supranacionales que terminen con la crisis de credibilidad y el inmovilismo de las estructuras actuales.
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“¿Dónde está la ONU cuando se habla de paz y seguridad?”, fue la pregunta —que más parecía un clamor— del argentino Rafael Grossi, titular del Organismo Internacional de Energía Atómica.
Que resuenen entonces las palabras de León XIV: “Tiempo es sinónimo de diálogo y multilateralismo”. La alternativa es sangre. Por eso el Papa también dijo: “Hoy hay demasiadas personas sufriendo. Murieron demasiadas personas inocentes”.
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Es urgente poner al mundo a conversar.
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