En la Argentina hay una transformación silenciosa en marcha: vivimos más años, pero no necesariamente en mejores condiciones para sostener esa longevidad, lo que empieza a poner en cuestión no sólo el sistema previsional, sino también la forma en que gestionamos el patrimonio y pensamos la vivienda en la vejez.La proporción de personas mayores viene creciendo de manera sostenida y ya representa una porción significativa de la población. En Argentina, por cada 100 personas menores de 14 años hay 53 personas mayores de 65, un récord histórico que refleja una pirámide demográfica cada vez más envejecida, según datos del INDEC. Esta tendencia no es aislada: según la Organización Mundial de la Salud, entre 2015 y 2050 el porcentaje de la población mundial mayor de 60 años casi se duplicará, pasando del 12% al 22%.
Al mismo tiempo, y por motivos económicos, culturales y estructurales, las nuevas generaciones tienen cada vez menos hijos: la tasa de fecundidad cayó de manera sostenida y alcanzó en 2023 los 38,6 nacimientos por cada 1.000 mujeres en edad fértil, más de treinta puntos por debajo de los niveles promedio de la década anterior. Esta doble dinámica (más años de vida y menos nacimientos) redefine el equilibrio sobre el que se organizaron históricamente tanto el sistema previsional como las redes de cuidado.Sin embargo, el engranaje económico, urbano y social sigue funcionando bajo supuestos de otra época. En los últimos años, el debate público ha incorporado con mayor intensidad una de las aristas más sensibles de esta transformación: la edad jubilatoria y la sostenibilidad del sistema previsional. Las discusiones sobre una eventual extensión de la vida laboral y las dudas sobre la capacidad del sistema para sostener ingresos adecuados evidencian una realidad incómoda: el esquema actual está bajo tensión.
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En este contexto, la vejez deja de ser una etapa previsible y pasa a estar atravesada por una incertidumbre creciente. El cuidado de las personas mayores recae, en muchos casos, casi exclusivamente en las familias, en particular en los hijos, en un escenario de ingresos ajustados y menor disponibilidad de tiempo. Pero esas redes también se están achicando: menos hijos implica, en términos concretos, menos capacidad de sostener el cuidado. A esto se suma que el acceso a residencias o soluciones institucionales de calidad resulta prohibitivo para gran parte de la población.Así surge una pregunta cada vez más presente: ¿cómo, dónde y con qué recursos vamos a transitar esa etapa de la vida? Esa pregunta no es sólo económica o familiar; también es territorial. Las ciudades argentinas no fueron pensadas para acompañar este proceso. La distancia entre los servicios, la dependencia del transporte y la fragmentación de los barrios encarecen y complejizan la vida cotidiana, especialmente para las personas mayores.
En ese marco, el concepto de ciudad de cercanía (entornos urbanos donde los servicios esenciales como la salud, los comercios o la recreación se encuentran a distancia caminable) empieza a adquirir una nueva relevancia. Por un lado, como una mejora en la calidad de vida y, por otro, como una forma concreta de facilitar el acceso a servicios, sostener la autonomía y reducir costos —tanto individuales como sociales— en una etapa donde cada desplazamiento cuenta. Pero el desafío no es únicamente urbano. También es cultural y económico.Durante décadas, el modelo fue claro: la vivienda propia como activo de resguardo y la jubilación como ingreso previsible. Hoy, ambos pilares muestran signos de fragilidad. En ese marco, el debate previsional empieza a trasladarse (de manera silenciosa) a las decisiones individuales: trabajar más años, reorganizar gastos, repensar el uso del patrimonio.
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En distintos países ya se ensayan soluciones que combinan vivienda, cuidado y nuevas lógicas sociales. En Francia crecen los esquemas de cohabitación intergeneracional, donde personas mayores comparten vivienda con jóvenes a cambio de compañía. En Países Bajos, por ejemplo, existen experiencias donde estudiantes viven sin pagar alquiler en residencias de personas mayores a cambio de compañía y apoyo cotidiano, integrando vivienda y cuidado en un mismo esquema.En paralelo, emergen herramientas que permiten repensar el rol del patrimonio inmobiliario en la vejez, desde la compraventa de nuda propiedad (la venta de un inmueble conservando el derecho a usarlo y habitarlo de por vida) o el derecho de habitación (el derecho legal a vivir en una propiedad sin ser su propietario), hasta fórmulas más flexibles que buscan transformar activos relativamente ilíquidos en fuentes de ingreso.
En nuestro país, donde una parte significativa de las personas mayores es propietaria de su vivienda, este punto resulta particularmente relevante. El desafío es cómo convertir ese activo en bienestar sin perder seguridad ni arraigo, especialmente en un contexto de ingresos previsionales cada vez más inciertos, donde incluso los costos de mantenimiento (como las expensas) empiezan a volverse difíciles de afrontar.A esto se suma una oportunidad urbana concreta: la transformación de áreas centrales. El microcentro porteño, con su stock creciente de oficinas vacías o subutilizadas, ofrece una base para desarrollar nuevas soluciones habitacionales con criterios de accesibilidad, eficiencia energética y cercanía a servicios. Desde una perspectiva ambiental, además, la reutilización de infraestructura existente reduce la expansión urbana, optimiza recursos y contribuye a ciudades más sostenibles.
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Sin embargo, estas discusiones aún aparecen fragmentadas. El debate previsional, la política de vivienda y el urbanismo avanzan por carriles separados, mientras el sector privado observa sin un marco claro que ordene estas transformaciones. Allí aparece uno de los puntos más relevantes (y menos explorados): la intersección entre todos estos planos. Este escenario se torna un campo de oportunidades, tanto para el diseño de políticas públicas más integrales como para la innovación desde el sector privado, en nuevos desarrollos, servicios de cuidado, instrumentos financieros y modelos de convivencia.Lejos de ser un nicho marginal, estamos frente a una transformación estructural que ya está en marcha. La combinación de mayor longevidad, menor natalidad y sistemas previsionales bajo presión expone los límites del modelo actual. La capacidad de adaptación (de las ciudades, de la economía y de las decisiones individuales) será determinante para atravesar esa transición.
En definitiva, lo que hoy aparece como un desafío puede convertirse —si se lo aborda con inteligencia— en una de las agendas más relevantes de los próximos años.
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