La percepción de que el sistema internacional atraviesa una etapa de grave debilidad institucional frente a conflictos armados y un peligroso espiral armamentista ha vuelto al centro del debate diplomático. La incapacidad de organismos globales y regionales para incidir en crisis recientes –sea la guerra en Ucrania, Gaza o Irán– ha alimentado la idea de que los mecanismos creados en Dumbarton Oaks (1944), destinados primordialmente a mantener la paz y la seguridad internacionales mediante medidas colectivas, ya no logran cumplir plenamente su función.
El símbolo principal de esa parálisis es Naciones Unidas. Aunque su arquitectura institucional fue diseñada para evitar conflictos globales, el funcionamiento del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas –donde las potencias con derecho a veto pueden bloquear resoluciones de cumplimiento obligatorio– ha demostrado ser un obstáculo recurrente cuando las crisis involucran intereses estratégicos de los grandes actores. La resolución 2817 (2026), impulsada por Bharein sobre los ataques de Irán en el Golfo Pérsico, es un ejemplo.
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La situación no es muy distinta en el plano regional. Organismos como la Liga árabe o la Organización de Cooperación Islámica, por solo citar instituciones relacionadas con los conflictos en Medio Oriente, han emitido tenues llamados diplomáticos a la moderación, pero sin vocación de intervenir imponiendo soluciones. Los enfrentamientos armados entre algunos de sus miembros, sumados a antagonismos históricos y estratégicos, pone a dichas entidades al borde de la irrelevancia.
Algo similar ocurre con agrupamientos que buscan representar a países del Sur Global. El Movimiento de Países No Alineados y los BRICS (recientemente ampliado) reúnen a Estados con visiones divergentes sobre seguridad internacional que pone en evidencia los límites diplomáticos que enfrentan ante crisis complejas. Las declaraciones que en ocasiones emiten hasta parecen cargar con una inercia más propia del pasado que del siglo XXI.
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La misma aporía institucional se manifiesta en otros foros diplomáticos más amplios como el G20. Un ejemplo está relacionado con la decisión de Estados Unidos de excluir a Sudáfrica de la próxima Cumbre. China y otras potencias emergentes se han limitado a expresiones genéricas de solidaridad que rayan con la indiferencia por la ausencia de Sudáfrica en Miami 2026.
El trasfondo de este panorama de fragilidad institucional multilateral estaría transmitiendo un proceso de cambio profundo en el equilibrio global. Tras el final de la Guerra Fría, el orden internacional parecía orientarse hacia un sistema relativamente estable. Sin embargo, el ascenso principalmente de China y la reaparición de rivalidades estratégicas han impulsado un escenario global más fragmentado, en el que los intereses nacionales parecen pesar más que la acción colectiva a través de organizaciones multilaterales.
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El resultado es un sistema internacional menos protegido por reglas compartidas y en el que el multilateralismo no desaparece del todo, pero queda más expuesto a la lógica del poder. En ese marco, la política internacional actual se está pareciendo cada vez más a un partido de rugby sin árbitro, en el que todos siguen jugando, pero sin disciplina y donde ya no hay límite para los tackles altos, cargas contra jugadores en el aire o indefensos. Por eso, el desafío del siglo XXI no es solo evitar nuevas guerras, sino reconstruir el espíritu y el respeto por un orden normativo internacional capaz de prevenirlas y contenerlas.
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