
Hay situaciones cotidianas que nos recuerdan momentos en que las promesas viraban al sinsentido. Datos simples, como el porcentaje de cierre de panaderías o el de la persistente caída del consumo, nos llevan a circunstancias pasadas donde sensaciones similares terminaron en fracasos colectivos.
En el plano internacional, es difícil, cuando no imposible, entender por qué acompañamos una guerra tan ajena como inaceptable, mucho peor si, grotescamente, el Gobierno y sus adeptos intentan convertirla en propia. Nuestra política exterior siempre transitó la neutralidad, algo que hoy parece desvirtuado y convertido en el peor de sus opuestos.
Un escritor de origen judio, Marcelo Birmajer, criticaba a intelectuales de Israel, entre ellos a Yuval Noah Harari, por no apoyar la guerra actual, argumentando que toda guerra debe convocar a la unanimidad. No solo muchos intelectuales de fuste, sino una parte del pueblo de Israel no coincide con la guerra, reivindicando su derecho a pensar y opinar en disidencia con el personaje que hoy los gobierna, Benjamin Netanyahu. En cuanto al presidente Trump, el soñado premio Nobel de la Paz que imaginaba obtener se esfumó -confiemos en que la Academia sueca mantenga su voto negativo- tras su decisión de atacar a Irán más allá de la voluntad de la ONU y de la habilitación de sus fuerzas políticas, es decir, de su Parlamento.
Ha sido nuevamente el Primer Ministro de Canadá Mark Carney, quien convocó al mundo a retornar a aquellas normas que nos permitían convivir en paz y a no asumir ni aceptar el exitismo de quienes las destruyen, sin tener en cuenta el dolor de los pueblos agredidos ni las consecuencias políticas generadas.
Entre los logros de esos bombardeos, estuvo el siniestro asesinato de decenas de niñas por una confusión inexplicable de esta superior manera de hacer la guerra. La muerte se impone, y aceptar el derecho de existir al pueblo palestino y las limitaciones de las reglas internacionales son dos aspectos que deben estar presentes en nuestros conceptos de patria y de futuro. Cuando Putin inició su invasión a Ucrania se refirió a una batalla de corto plazo, y la realidad es que está ingresando en su quinto año, lo que demuestra, si apelamos a experiencias anteriores, que sobran datos para asumir que cuando se opta por la violencia, no se pueden medir las consecuencias.
En nuestro país, estamos cercanos a cumplir 50 años del Golpe del 1976, de aquel golpe que generó multitud de muertes y la destrucción de una sociedad integrada que había durado hasta la muerte de Perón, detalle que a veces algunos, en nombre de visiones economicistas, dejan de lado como si el peso de un liderazgo y de una organización política pudiera ser secundario al devenir de la historia.
Por otro lado, en Expoagro, el gobernador Axel Kicillof y el ex presidente Mauricio Macri aportaron la madurez de saludarse cordialmente.
Cuesta entender que existan quienes consideren al comportamiento digno como traición ideológica. Entre tanto, los gobernadores que acompañaron al Presidente en su viaje a EEUU solo desnudan una crisis moral que impone necesidades federales por encima de pertenencias y convicciones políticas.
En un principio, la baja de la inflación y las promesas de varios gobernadores formaron parte de lo que aparentaba ser un renacimiento político. Pero el nombramiento del nuevo ministro de Justicia Juan Bautista Mahiques y el recuerdo del fallido intento de convertir al juez Ariel Lijo en integrante de la Corte Suprema muestran a las claras que aquella prometida lucha contra la “casta” sólo abarcaba a quienes tuvieran la dignidad de conservar un historial respetable y una rebeldía lejana a la sumisión. En suma, para los intereses no hace falta gestar nada nuevo, basta con rescatar de lo peor aquello que sirve a las necesidades expresadas por los que se decían innovadores.
En la convocatoria a los empresarios, Milei reiteró sus consabidas agresiones, improperios mediante, contra sectores productivos que lejos estaban de merecerlo. El gobernador de Buenos Aires expresó en Expoagro que nuestra versión del Liberalismo hacía tiempo que había pasado de moda y no tenía en el mundo gobernantes similares. Vaya si ejemplares como este al frente del Ejecutivo son más que infrecuentes, afortunadamente para el mundo civilizado. Curiosa y lamentable originalidad que nos pertenece.
La destrucción de la industria y su sustitución por las explotaciones petroleras y mineras revela una visión política según la cual las necesidades colectivas son reemplazadas por el enriquecimiento de minorías a veces extranjeras y, muchas otras, de dudoso origen. La pregunta esencial es cuánto falta para que podamos ver la luz al final del condenado túnel de metáfora fácil y manida, que más que un obstáculo pasajero, el Gobierno intenta convertir en una forma de vida.
Las crisis y el desempleo aumentan, las convicciones se vuelven dudosas y la angustia de los necesitados exige respuestas que el Gobierno ni pretende ni está en condiciones de dar. Su ideología y sus intereses, unidos a la tragicómica batalla cultural que han emprendido, no se lo permiten.
Transitamos el tercer año, tiempo que nos recuerda anteriores fracasos y frustraciones. El resto es solo dolor y desconcierto.
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