
“El trabajo genuino es la mejor política social”. Lo que viene siendo desde hace dos años, el faro de nuestro hacer, hoy es una verdad que queremos que se replique y que escale. La realidad es una bofetada a la gestión tradicional: en la última década, mientras los presupuestos destinados a “asistencia” crecieron a cifras astronómicas, la cantidad de personas durmiendo en nuestras veredas no paró de aumentar.
Las cifras son demoledoras. En 2017, la Ciudad registraba poco más de mil personas en situación de calle. Hoy, a inicios de 2026, los datos oficiales admiten más de 5.100, un salto del 28% respecto al año anterior. Si miramos los relevamientos de las organizaciones sociales, la cifra escala a casi 12.000 personas. ¿Cómo es posible que con partidas de dinero público de cientos de miles de millones de pesos y un área específica que según datos oficiales tiene una dotación de 4200 empleados y más de 2000 contratados, el problema se haya multiplicado por cinco o por diez?
La paradoja es obscena: desde hace décadas, el Estado gasta cada vez más dinero en “contener” la pobreza bajo un modelo de asistencia pasiva que solo logra administrar la marginalidad. Mientras el presupuesto se licúa en burocracia y paradores que funcionan como salas de espera eternas, la realidad nos grita que la billetera pública no puede comprar la dignidad. La autonomía no se subsidia, se construye. En ICONA demostramos que el costo de transformar a un ciudadano en situación de calle en un trabajador productivo es infinitamente menor al costo de sostener su indigencia de por vida con recursos públicos. Muchos más de los que se cree, están listos y quieren esa oportunidad.
Frente a este diagnóstico durísimo, propusimos un cambio de paradigma. En 2024, con el Proyecto Matías, y luego en 2025 con la Agencia Integradora de Empleo (AIDE), demostramos que hay otro camino. No pedimos presupuesto estatal; pedimos eficiencia y compromiso privado. Construimos un puente efectivo y eficaz contemplando las necesidades de ambas partes por igual, apuntalando con capacitación y verdadera integración a los candidatos a reinsertarse y escuchando a las empresas que tenían ofertas laborales concretas y pedían que las ayudáramos en el sostenimiento, una vez que se concretaban los ingresos.
Los resultados de nuestro modelo “puente” son la contracara del fracaso público:
En la prueba piloto (Proyecto Matías), el 95% de los participantes consiguió empleo en dos meses.
En el escalamiento del modelo Agencia (AIDE), mantenemos un 90% de inserción laboral.
El impacto es concreto: de 120 personas que el sistema consideraba “perdidas”, más de 70 ya tienen autonomía y sostienen las posiciones laborales conseguidas.
Lo hicimos sin desvíos ideológicos y con un norte claro: la autonomía que brinda el trabajo digno es la única garantía de libertad personal. Mirar el problema desde el prejuicio de que todos los que están en el sistema asistenciado “no pueden” reinsertarse es un error que ataca la dignidad de las personas involucradas y las deja en la banquina a merced de la limosna pública.
Los datos demuestran que el modelo de “asistencia sin fin” está agotado. Es hora de dejar de financiar la permanencia en la calle y empezar a invertir en el retorno a la vida civil a través del empleo. Nosotros ya probamos que funciona. El puente está construido; ahora solo falta la voluntad de dejar de administrar la pobreza para empezar, finalmente, a erradicarla.
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