
Conmemorando el Día Internacional del Juego Responsable, que fue el pasado 17 de febrero, me parece importante tomarnos un tiempo para reflexionar sobre el momento en que las apuestas dejan de ser un juego. Para algunos, lo que comienza como una distracción digital termina convirtiéndose en un “naufragio” en un mar de algoritmos diseñados para la pérdida.
En medio de la “niebla”, surge la pregunta: ¿cómo saber si se ha cruzado esa línea invisible donde el juego deja de ser un espacio de distensión para transformarse en una manía destructiva?
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Las fases del desamarre: un viaje a la deriva
La ludopatía digital posee una temporalidad voraz. Mientras que en el juego presencial la enfermedad solía madurar entre cinco y siete años, en la vertiginosidad del smartphone el proceso se acelera: en apenas un año, un joven o adulto puede ver naufragar su estructura subjetiva.
Este viaje suele iniciarse en una Fase Dorada, en la que la ilusión de ser “el elegido” activa el goce de ver. Es esa adrenalina potente a la espera del resultado.
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Sin embargo, pronto sobreviene la Fase de Frustración. Aquí, se empieza a jugar por necesidad, cayendo en la trampa de que “el que juega por necesidad, pierde por obligación”.
Finalmente, aparece la Fase de Desesperación y Crisis. El apostador entra en un trance en el que ya no juega para ganar, sino para recuperar lo perdido, instalándose el goce del deber. Es el estallido de una vida paralela que produce un desamarre de los lazos sociales más íntimos.
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El pharmakos: entre el alivio y el veneno
Desde la clínica, entendemos que la apuesta compulsiva cumple una función: es un Pharmakos. En la antigua Grecia, esta palabra designaba aquello que es, al mismo tiempo, remedio y veneno.
Para muchos, apostar funciona como una anestesia para no sentir el dolor de duelos no elaborados o la frustración de un ideal trunco. El sujeto busca estar “cómodamente adormecido”, como cantaba Pink Floyd. Es el intento de reducir a cero toda excitación interna, bajo la primacía del Principio de Nirvana, que es vaciarse para no pensar, apagar la mente para no registrar la angustia. En este “vaciado”, el dinero pierde su peso real; se vuelve un número digital, una abstracción que no duele al gastarse, pero que asfixia cuando la cuenta queda en cero.
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Además, cuando ese circuito ocurre en plataformas ilegales, en las que advertimos que a su vez es el medio por donde ingresan los menores de edad, el naufragio se acelera. Allí no existen límites, alertas de riesgo ni mecanismos de ayuda. El jugador queda completamente solo frente a un sistema diseñado exclusivamente para perpetuar la apuesta, donde el exceso no tiene freno porque no existe una mirada externa que lo advierta.
A diferencia de otras adicciones, la ludopatía no deja rastros físicos evidentes. Es una patología del silencio. Debemos estar atentos a señales sutiles: el ocultamiento del celular, la irritabilidad al interrumpir el “trance” digital y, fundamentalmente, la precarización de la palabra.
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El apostador empieza a mentir sobre deudas o tiempos de uso hasta que el lazo social se erosiona. El riesgo mayor es el “vacío total”: cuando el sujeto, ante la decepción de no ser la “excepción” que el azar prometía, fantasea con un “reseteo” radical para borrar el pasado.
Guía de autoevaluación
La verdad no aparece en una cifra, sino en la capacidad de interrogarnos. Si sentís que el azar te habita como una insistencia, respondé este cuestionario con sinceridad:
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- ¿Tuviste que mentir o minimizar ante tu entorno el monto de lo apostado?
- ¿Sentís que la plata te quema y que el dinero virtual no tiene valor, pero su ausencia te genera una angustia insoportable?
- ¿Tomás decisiones económicas impulsivas creyendo que “el azar te debe una”?
- ¿Abandonaste hobbies o salidas porque nada iguala la adrenalina de la apuesta?
- ¿Tengo picos en mis estados de ánimo, en los que paso de la euforia al disgusto por mi performance en las apuestas?
- ¿Sentís que solo un gran golpe de suerte podría borrar tus deudas y tu historia?
- ¿En el único momento en que estoy en calma es cuando apuesto?
- ¿Buscás ese estado de “mente en blanco” para no pensar en algún malestar o conflicto en tu vida?
Una salida con otros
Si reconociste algo tuyo en estas preguntas, es probable que el juego ya no sea una elección, sino una compulsión que intenta tapar un vacío. El juego responsable comienza por pedir o aceptar ayuda, recuperar la palabra y mirar qué hay en esas “otras pestañas” de la vida que el algoritmo intenta ocultar. Reconocer la pérdida de control no es una derrota, es el primer acto de libertad para volver a tierra firme.
En caso de necesitar ayuda, comunicarse con: Jugadores Anónimos/Línea Vida, al 011-4412- 6745 (disponible las 24 horas); con la Red Integral de Asistencia a los Comportamientos Adictivos, al 0800-555-6743 (lunes a viernes, de 7 a 13); o con la Línea Gratuita de Orientación al Jugador Problemático, al 0800-666-6006 (lunes a viernes, de 9 a 17).
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Estas líneas están disponibles para brindarte orientación y acompañamiento.
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