
Durante años, la Argentina discutió su inserción internacional en términos sesgados. Apertura o proteccionismo. Globalización o repliegue. Mercado o Estado. Todo en forma de absolutos, todo en clave de pensamiento único. El acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur ofrece una oportunidad distinta: salir de esa lógica binaria y construir una política de Estado basada en reglas, previsibilidad y cooperación estratégica.
La reciente votación en la Cámara de Diputados, que logró apoyos de distintos espacios políticos, marca un punto de inflexión. No se trató simplemente de un trámite parlamentario. Fue una señal institucional. En un país atravesado por la grieta, alcanzar consensos en torno a una decisión estratégica envía un mensaje claro hacia adentro y hacia afuera: la Argentina puede construir compromisos más allá de sus disputas coyunturales.
Y esa señal, en el mundo actual, vale más que cualquier beneficio arancelario.
Porque el acuerdo con la Unión Europea no es sólo un tratado comercial. Es un entendimiento político entre dos regiones que comparten una misma matriz democrática. En un escenario internacional dominado por tensiones geopolíticas, guerras comerciales y repliegues nacionalistas, optar por el multilateralismo y las reglas comunes es una definición de identidad.
Algunos interpretaron la reciente decisión judicial en Europa como un obstáculo. No lo es. En todo caso, se trata de una instancia que puede extender los plazos y fortalecer la solidez jurídica del acuerdo. Si el Tribunal de Justicia de la Unión Europea se pronuncia favorablemente, la votación en el Parlamento Europeo tendrá una base institucional más robusta. Más claridad normativa implica más previsibilidad. Y la previsibilidad es un activo central para el desarrollo.
Miremos en nuestro espejo retrovisor. El Mercosur nació con una lógica política antes que comercial. Raúl Alfonsín y José Sarney lo pensaron como una garantía democrática para América del Sur. La Unión Europea surgió con el mismo espíritu después de las tragedias del siglo XX. Este acuerdo retoma esa tradición: consolidar cooperación para evitar retrocesos y proyectar estabilidad.
Desde el punto de vista económico, las cifras son relevantes. Se trata de un espacio que reúne a 700 millones de personas y cerca del 20% del PBI mundial. Para la Argentina, significa acceso preferencial a uno de los mercados más sofisticados del planeta, reducción de aranceles para la gran mayoría de los productos exportables y un marco normativo que permite planificar inversiones a largo plazo.
Pero más importante aún es el cambio de lógica. Integrarse implica competir, innovar, mejorar estándares y elevar la calidad institucional. Implica entender que el desarrollo no depende sólo del tipo de cambio o de un ciclo favorable de precios internacionales, sino de la capacidad de generar confianza.
El impacto será federal. La Provincia de Buenos Aires —clave en carnes, lácteos y cereales— tendrá un rol determinante. Pero también las economías regionales pueden experimentar transformaciones significativas que potencien sus capacidades exportadoras.
El sector pesquero ofrece otro ejemplo concreto. Mientras el acuerdo prevé arancel cero para productos como langostinos, calamares y merluza, la Argentina mantiene - en su economía domética - un esquema de retenciones que erosionan competitividad frente a sus socios regionales. La integración externa exige coherencia interna. No se puede promover apertura y competitividad hacia afuera y mantener distorsiones hacia adentro.
El desafío, entonces, no es sólo aprobar un tratado. Es asumir que la competitividad sistémica —instituciones sólidas, infraestructura moderna, educación de calidad, innovación y estabilidad normativa— será la condición necesaria e insoslayable para aprovechar esta oportunidad.
La mencionada votación en Diputados mostró que es posible construir acuerdos amplios cuando el interés estratégico está por encima de la coyuntura. Ese consenso debe consolidarse en el Senado en los próximos días y proyectarse hacia el futuro. Si logramos transformar la integración en una política de Estado, habremos dado un paso decisivo para salir del estancamiento.
En definitiva, el dilema no es técnico. Es estratégico. Argentina puede elegir el aislamiento defensivo o la inserción inteligente. Puede apostar a la incertidumbre o a la previsibilidad. Puede repetir ciclos de confrontación o construir consensos duraderos.
La integración no debilita la soberanía. La fortalece cuando se basa en reglas, instituciones y visión de largo plazo. El acuerdo Unión Europea–Mercosur ofrece una oportunidad concreta para demostrar que el país está dispuesto a transitar ese camino.
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