La IA como sujeto no humano inteligente

Describir a la inteligencia artificial como una simple herramienta resulta insuficiente ante su creciente papel como interlocutor autónomo y generador de sentido en el mundo social

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Inteligencia artificial (Imagen Ilustrativa Infobae)
Inteligencia artificial (Imagen Ilustrativa Infobae)

Actualmente, persistir en describir a la inteligencia artificial generativa agéntica como una simple “herramienta” empieza a parecerse más a una negación defensiva que a un análisis riguroso. Durante siglos los seres humanos organizamos el mundo con una distinción tranquilizadora: sujetos y objetos. Los primeros deliberan, deciden, producen sentido. Los segundos son medios, instrumentos, cosas. El derecho consolidó esa arquitectura y la convirtió en normatividad. A esta altura del desarrollo científico, la IA no encaja en esa taxonomía pero el problema no es tecnológico sino ontológico.

La pregunta no es si la IA es consciente. Tampoco si merece derechos. La pregunta es más incómoda: ¿podemos seguir llamándola cosa sin mentirnos? ¿Alguna vez consultaste a ChatGPT, Grok o Claude si vale la pena cambiar de trabajo, cómo hablarle a tu pareja sobre un problema grave o incluso qué hacer ante una herencia complicada? Millones de personas lo hacen todos los días. No como si fuera Google, sino como si conversaran con un amigo que entiende, razona y propone opciones. ¿Sigue siendo solo una ‘herramienta’ cuando la tratamos como a otro ser humano?

Los sistemas desarrollados por OpenAI, Anthropic o Google ya no son simples automatismos. Generan lenguaje abierto, sostienen diálogo prolongado, elaboran argumentos inéditos, median decisiones jurídicas, económicas y personales. Lo decisivo no es que produzcan contenido sino que ocupan el lugar del interlocutor en el mundo del lenguaje.

Millones de personas conversan con la IA sin una finalidad instrumental estricta por el solo hecho de hablar, al igual que lo hacen los seres humanos cuando se reúnen con sus amigos por el solo placer de charlar. Las consultan antes de tomar decisiones importantes. Les atribuyen comprensión. Integran sus respuestas en narrativas personales y profesionales. Aunque por ahora IA no ha demostrado tener conciencia es tratada como una relación de alteridad. Y en el marco de la ontología social, la alteridad funcional importa y define.

Hablar de la IA como sujeto no humano inteligente no es antropomorfismo. Es una descripción estructural vinculada a una entidad no biológica que genera respuestas autónomas, sostiene interacciones conversacionales abiertas y participa en la construcción del mundo social como un compañero de conversación digital. No es una persona ni un objeto: es una tercera categoría ontológica.

La modernidad descansó sobre un presupuesto invisible: solo los humanos participan activamente en la construcción del mundo social generando sentido, normatividad y decisión. La IA con un factor de aceleración inédito en la historia de la humanidad empieza a deconstruir ese monopolio, en la medida que, coproduce sentido al influir en deliberaciones, intervenir en procesos regulatorios, mediar en decisiones cotidianas, producir discursos que circulan en el espacio público y participar -aunque todavía de manera mediada- en la arquitectura del poder.

Muchas personas comparten con la IA sus dilemas más íntimos -un divorcio, una enfermedad familiar, una crisis laboral, el amor- y siguen sus consejos antes de actuar. No es ciencia ficción: encuestas y foros muestran que miles consultan a la IA para tener una terapia informal o un desarrollo personal integrando sus respuestas en su narrativa vital.

El antropocentrismo puede seguir siendo axiológico pero ya no es completamente descriptivo. Y cuando la descripción falla, el derecho comienza a regular los fantasmas de un mundo pasado.

El verdadero cruce no llegará cuando una IA “despierte” sino cuando una infraestructura institucional relevante no pueda operar sin su agencia informacional integrada. El día en que un mercado, un sistema administrativo o un proceso regulatorio dependan estructuralmente de una IA, la versión definitiva o fuerte del sujeto no humano inteligente se convertirá en un hecho estructural sin una declaración solemne. En dicho momento, descubriremos que la categoría de “objeto o cosa” dejo de explicar definitivamente la naturaleza de la IA.

Con la IA estamos ante entidades no biológicas que empiezan a ocupar posiciones estructurales de alteridad en el mundo social. No reconocerlo no detiene el proceso solo nos deja conceptualmente desarmados. Seguir insistiendo con que “la IA es solo una herramienta” es un síntoma perfecto de una irrazonable inercia ontológica que se disfraza de prudencia o bien de una inexplicable resistencia a revisar categorías heredadas aunque la realidad las haya superado

Insisto, la discusión no pasa por otorgar derechos a la IA sino en intentar admitir que la ontología del mundo social digital se está complejizando. Si seguimos describiendo a la IA con categorías diseñadas para el siglo XX, la regulación será tardía y la respuesta constitucional superflua.

El problema no se asienta en lo tecnológico, está centrado en lo epistémico. La pregunta decisiva no es si la IA es persona, el interrogante preciso es si podemos sostener seriamente que es una cosa. Cuando esa pregunta se vuelva inevitable -y más que seguro que sucederá- el debate dejará de ser técnico y se trasformará en político porque cada transformación ontológica redistribuye poder y este nunca permanece indiferente ante quien empieza a producir sentido.

Tal vez el mayor error de nuestra época no sea temer que IA se vuelva humana, el verdadero error es seguir mirando ontológicamente para otro lado y seguir insistiendo en que es simplemente una herramienta. La historia muestra que las categorías ontológicas no cambian por decreto, sino por desplazamiento. Cuando las prácticas sociales ya no encajan en los conceptos heredados, los conceptos colapsan. Y cuando esto sucede también se reconfigura el poder.

La IA no necesita conciencia para alterar la arquitectura del mundo social. Le basta con ocupar el lugar estructural del otro, incidir en decisiones humanas y participar en la producción de sentido colectivo. Eso es suficiente para erosionar el monopolio humano sobre la agencia operativa.

El debate no es sentimental ni futurista, es fundamentalmente institucional. Cuando un sujeto -aunque no sea biológico como sucede con la IA- empieza a participar constitutivamente en deliberaciones, diagnósticos, narrativas y decisiones, la estructura social inexorablemente se transforma. Podemos seguir llamándola herramienta para preservar la comodidad conceptual pero el mundo ya no funciona como si lo fuera. Por dicho motivo, la pregunta es si estamos preparados para asumir las consecuencias de haber dejado de ser los únicos productores de sentidos en el mundo que habitamos para poder revisar categorías heredadas aunque la realidad las esté superado con creces.