El “manifiesto” de León XIV: la educación como última frontera contra el algoritmo

A 60 años de Gravissimum educationis, el Papa advierte sobre los riesgos de una enseñanza dominada por la inteligencia artificial y reclama que la persona vuelva a ser el centro del sistema educativo

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El papa León XIV, flanqueado
El papa León XIV, flanqueado por el cardenal José Tolentino de Mendonca, derecha, muestra la carta apostólica sobre educación

A 60 años de la histórica declaración Gravissimum educationis, el Papa León XIV lanza una Carta Apostólica que sacude los cimientos del sistema educativo global. Entre la inteligencia artificial y la urgencia de una “paz desarmada”, propone un mapa donde la persona, y no la eficiencia, sea el centro.

En un mundo que parece fragmentarse entre el ruido digital y la polarización política, la Santa Sede ha decidido mover una pieza clave en el tablero global. Con la publicación de su nueva Carta Apostólica, “Diseñar nuevos mapas de esperanza”, el Papa León XIV no sólo conmemora seis décadas de pensamiento educativo católico; lanza una advertencia —y una invitación— a una sociedad que corre el riesgo de convertir la enseñanza en una simple línea de producción.

No somos datos, somos rostros

El texto es una crítica elegante pero feroz al “eficientismo sin alma”. León XIV es tajante: el ser humano no es un “perfil de competencias” ni un algoritmo predecible. En un momento donde la inteligencia artificial amenaza con estandarizar el pensamiento, el Pontífice reclama la vuelta a la “paideia cristiana”, esa visión donde el conocimiento no sirve para dominar, sino para liberar. Para el Papa, la crisis actual no es técnica, sino de sentido. “La escuela no puede ser un refugio nostálgico”, advierte, sino un laboratorio de discernimiento.

De la soledad del desierto a la luz de la Universidad

El artículo recorre la historia de la Iglesia como una “constelación” de innovadores. El relato comienza con los Padres del Desierto, que custodiaron lo esencial en tiempos de caos, pero León XIV hace una escala obligatoria en un hito civilizatorio: la invención de la Universidad. El Papa reivindica con orgullo que la universidad surgió “desde el corazón de la Iglesia” como un centro incomparable de creatividad. Recuerda que fue en esos claustros medievales donde el pensamiento especulativo y las órdenes mendicantes permitieron que el saber se estructurará sólidamente para llegar a las fronteras de las ciencias. Para León XIV, la universidad no es una empresa de títulos, sino un espacio donde “la duda no se prohíbe, sino que se acompaña”, y donde la fe y la razón dialogan para evitar los fanatismos.

Una genealogía de la rebeldía social

Tras ese paso por la academia, el Papa rescata la audacia de figuras como Don Bosco, Maria Montessori o San José Calasanz, quien intuyó que alfabetizar a los pobres era un acto de justicia antes que de caridad. León XIV subraya que la educación católica nació para romper privilegios. De ahí surge su frase más potente: “Perder a los pobres equivale a perder la escuela misma”. Es un mensaje directo a las instituciones que, presionadas por el mercado laboral y las finanzas, podrían verse tentadas a convertirse en clubes exclusivos de élite.

El Pacto Educativo Global: tres nuevas prioridades

Recogiendo el legado de Francisco, León XIV actualiza el Pacto Educativo Global con tres pilares que responden al pulso de 2026:

1. La Vida Interior: en la era de la distracción perpetua, el silencio y el diálogo con la conciencia son hoy actos de resistencia. Los jóvenes piden profundidad, no solo datos.

2. Lo Digital Humano: una apuesta por armonizar la inteligencia técnica con la espiritual. No se trata de rechazar la IA, sino de asegurar que no borre la poesía, la ironía y la capacidad humana de descubrir y errar.

3. Paz Desarmada: un llamado a “desarmar la palabra”. En un escenario internacional marcado por muros y conflictos, el aula debe ser el lugar donde se aprenda a deponer la agresividad del lenguaje y construir puentes.

Un “mapa” para salir del pantano

La Carta Apostólica concluye con una exigencia a la comunidad educativa: desarmar las palabras (abandonar la polémica estéril), levantar la mirada (recuperar el propósito) y custodiar el corazón (entender que la relación está siempre antes que el programa).

En definitiva, León XIV no nos habla de una reforma administrativa, sino de una revolución de la esperanza. Nos recuerda que, mientras el mundo se empeña en medir el éxito por la utilidad económica, la verdadera educación se mide por la capacidad de generar ciudadanos libres y una fraternidad que consolide sociedades donde se pueda vivir y convivir.