
El carnaval es una celebración que se vive. Detrás del brillo, la música y el juego, late una trama profunda donde se entrecruzan historia, poder, identidad, desigualdad, libertad y memoria colectiva. Tal vez por eso, a lo largo de los siglos, el carnaval fue amado, temido, regulado, prohibido y, una y otra vez, reinventado.
Desde sus orígenes remotos -vinculados a rituales agrícolas y fiestas paganas-, el carnaval representó un paréntesis social: un tiempo suspendido donde las jerarquías se diluyen, los roles se intercambian y la risa se vuelve subversiva. En la antigua Roma, durante las Saturnales, esclavos y amos compartían la mesa; en la Venecia medieval, las máscaras permitían borrar identidades y liberar deseos y, en la América colonial, el juego y el exceso funcionaron como válvulas de escape en sociedades profundamente estratificadas.
No es casual que el carnaval haya sido, históricamente, un territorio incómodo para el poder. Gobernadores, presidentes, dictaduras y autoridades religiosas intentaron domesticarlo, reglamentarlo o directamente silenciarlo. En la Argentina, su historia es una sucesión de prohibiciones, permisos, entusiasmos y censuras que reflejan, como otras prácticas culturales, las tensiones de cada época.
Domingo Faustino Sarmiento lo entendió con lucidez. Tras experimentar el carnaval europeo, sostuvo que la verdadera moral de un pueblo podía medirse más en el carnaval que en los comicios. Allí, donde el cuerpo habla, la emoción se desata y la risa irrumpe, emerge una verdad social difícil de ocultar. El carnaval expone lo que la vida cotidiana disciplina.
Pero no todo fue celebración inclusiva. Hubo carnavales de élite y carnavales populares, corsos aristocráticos y juegos barriales, bailes distinguidos y batallas de agua en las calles. También hubo discriminación, burla y exclusión. La apropiación de las representaciones afrodescendientes por parte de sectores blancos acomodados y la posterior invisibilización del candombe son heridas culturales que aún interpelan nuestra memoria colectiva.
Es interesante destacar que la dictadura cívico-militar de 1976 comprendió bien el poder simbólico del carnaval y lo eliminó del calendario oficial silenciando sus expresiones callejeras. No fue solo la supresión de un feriado, sino el intento de borrar una práctica comunitaria que celebra la diversidad, la expresión corporal, la ocupación del espacio público y la construcción colectiva de sentido.
Que el feriado haya sido recuperado en 2010 no es un dato menor. Habla de una sociedad que vuelve a reconocerse en sus rituales, que necesita espacios de encuentro, juego, pertenencia y memoria. En tiempos de fragmentación social, hiperconectividad y aislamiento emocional, el carnaval vuelve a recordarnos algo esencial: somos cuerpo, comunidad, emoción y relato compartido.
Desde una mirada educativa, el carnaval es también una poderosa herramienta pedagógica. Permite enseñar historia viva, diversidad cultural, identidad local, expresión artística, convivencia, perspectiva de género, inclusión y respeto por las múltiples formas de ser y habitar el mundo. En las murgas barriales, en las comparsas, en los talleres comunitarios, los niños y jóvenes aprenden cooperación, creatividad, compromiso y sentido de pertenencia.
Como sostiene Néstor García Canclini, rescatar lo popular no es romantizarlo, sino reconocerlo como un espacio fértil para comprender la complejidad de los procesos culturales. El carnaval no es una postal folclórica, es una escena dinámica donde se disputan sentidos, se resignifican tradiciones y se construyen nuevas identidades.
Quizás por eso, año tras año, el carnaval sigue incomodando y fascinando, porque nos enfrenta con lo que somos cuando se caen las máscaras cotidianas, porque nos invita a reírnos del poder, de nosotros mismos y de nuestras propias rigideces.
Porque, en su aparente caos, late una profunda pedagogía social.
En tiempos donde la prisa, la productividad y la competencia colonizan cada rincón de la vida, el carnaval nos recuerda que también necesitamos pausa, juego, arte y encuentro. Tal vez ahí resida su vigencia más potente: en su capacidad de devolvernos, aunque sea por unos días, la experiencia profunda de lo humano compartido.
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