Devolver el sable corvo al Regimiento de Granaderos a Caballo, un acto de reparación histórica

La pieza histórica que perteneció a San Martín retoma su custodia original tras años de traslados y controversias

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El sable corvo de San
El sable corvo de San Martín

“El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sud le será entregado al General de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que, como argentino, he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataron de humillarla”

(Testamento del Libertador General don José Francisco de San Martín)

Seis años antes de su muerte, en 1844, el general José de San Martín expresó su última voluntad redactando, de su propio puño y letra, su testamento. En la cláusula tercera dejó claramente establecido el destino que deseaba para su querido sable corvo. Ese legado no fue un gesto sentimental ni museístico: fue un acto político y soberano. El sable fue entregado como emblema de defensa nacional y de firmeza frente a la agresión extranjera, no como una reliquia destinada a la mera exhibición. Este dato es central, porque la voluntad expresa del Libertador vincula el destino del sable con la custodia de la soberanía y con quienes la ejercen.

El sable quedó en poder de Juan Manuel de Rosas, quien, durante su exilio, dispuso en la cláusula décimo octava de su extenso testamento —fechado el 28 de agosto de 1862— que fuera entregado a su “primer amigo”, don Juan Nepomuceno Terrero. Tras el fallecimiento de Terrero y de su esposa, el sable quedó en manos de Máximo Terrero, hijo mayor del matrimonio y esposo de la hija de Rosas, Manuelita.

En 1896, por gestiones iniciadas por Adolfo P. Carranza, director del Museo Histórico Nacional, la familia Terrero aceptó donar el sable sanmartiniano a la Nación Argentina. Apenas seis meses después del inicio de esas gestiones, el 28 de febrero de 1897, “la espada redentora de un mundo” —en palabras de Carranza— retornaba a la Patria y era depositada el 4 de marzo en el Museo Histórico Nacional, que entonces funcionaba en el predio que hoy ocupa el Jardín Botánico de la Ciudad de Buenos Aires.

José de San Martín
José de San Martín

El sable permaneció expuesto en el Museo Histórico Nacional hasta el 12 de agosto de 1963, cuando miembros de la denominada “Juventud Peronista” lo sustrajeron. En ese momento proclamaron: “Desde hoy, el sable de San Lorenzo y Maipú quedará custodiado por la juventud argentina, representada por la Juventud Peronista”. Días más tarde, el sable fue devuelto y depositado transitoriamente en el Regimiento de Granaderos a Caballo, en Palermo. El 17 de agosto de 1964, en virtud de un mandato judicial, fue nuevamente trasladado al museo.

El 19 de agosto de 1965, cuatro miembros de la misma organización volvieron a sustraer el sable del Museo Histórico Nacional. Permaneció oculto en un colchón, dentro de una guardería de muebles, hasta que el 4 de junio de 1966 fue devuelto al Ejército. Finalmente, mediante el decreto 8756/1967, del 21 de noviembre de 1967, se dispuso su guarda definitiva en el Regimiento de Granaderos a Caballo.

El 24 de mayo de 2015, la entonces presidenta de la Nación, mediante el decreto 843/2015, ordenó el retiro del sable del Regimiento de Granaderos a Caballo para trasladarlo nuevamente al Museo Histórico Nacional, rompiendo una continuidad histórica de casi medio siglo. Esta decisión no respondió a una necesidad técnica ni a un criterio superior de preservación, sino a una lectura ideológica que buscó despojar a los símbolos nacionales de su dimensión militar y de defensa. Bajo el pretexto de una supuesta “neutralidad cultural”, se impulsó una operación de vaciamiento simbólico: separar a San Martín de su condición de militar y a sus emblemas del ámbito natural de las Fuerzas Armadas.

Pese a que se construyó una sala específica para la exhibición del sable, el Museo Histórico Nacional había mostrado reiteradas vulnerabilidades en materia de seguridad y control. Estas falencias permitieron no solo los robos del propio sable en 1963 y 1965, sino también otros faltantes graves: en el año 2000 fue sustraída una tabaquera perteneciente al general San Martín; en 2007, el reloj de oro que el rey Jorge III de Inglaterra le había obsequiado a Manuel Belgrano durante su misión diplomática en Europa; y, ya en 2020, luego del traslado del sable en 2015, fue robada la colección de monedas del gabinete numismático, que se encontraba en la caja fuerte del museo. La reiteración de estos hechos evidencia fallas estructurales, controles deficientes y una persistente ausencia de investigaciones profundas sobre responsabilidades internas y externas.

Resulta, además, cuanto menos llamativo —cuando no provocador— que la presidenta haya invitado al acto inaugural de la sala al mismo individuo que había robado el sable. Más aún: un día antes de las PASO de agosto de 2023, el museo prestó especialmente el sable a un grupo de exintegrantes de la “Juventud Peronista”, entre los cuales se encontraba el mismo hombre que lo había sustraído en 1963.

Esta es la misma política que durante años intentó relativizar, cuando no desprestigiar, la gloriosa historia militar de la Argentina y a sus próceres, reinterpretándolos desde un sesgo ideológico que deslegitima el rol de la defensa, del mando y de la soberanía como pilares fundamentales del Estado. El traslado de 2015 no amplió derechos ni acceso ciudadano: reintrodujo una anomalía institucional que ya había demostrado ser riesgosa y conceptualmente equivocada.

La decisión actual de devolver el sable corvo al Regimiento de Granaderos a Caballo no implica una apropiación sectorial ni una restricción del acceso público. Implica restituir el orden histórico, institucional y simbólico. El sable no deja de ser patrimonio nacional: recupera su condición de símbolo de mando y de defensa, custodiado por la unidad creada por el propio San Martín y formada bajo sus valores.

El sable corvo del general José de San Martín no es un objeto histórico más. No es una pieza neutra de exhibición ni un simple vestigio del pasado. Es, probablemente, uno de los símbolos materiales más poderosos de la Nación Argentina. Con él se libró la Guerra de la Independencia y se forjó no solo la libertad de nuestro país, sino también la de gran parte de América del Sur.

Frente a quienes sostienen que el Regimiento de Granaderos a Caballo no reúne condiciones museológicas adecuadas, corresponde señalar que su museo cumple plenamente con el Código de Deontología del Consejo Internacional de Museos (ICOM/UNESCO). Allí se conservan valiosos testimonios de la gesta sanmartiniana y de la historia de los Granaderos a Caballo. El museo es visitado por decenas de escuelas y por público en general, ha tenido una destacada participación en el Museum Week —evento internacional en el que ha alcanzado, en varias oportunidades, los primeros puestos— y participa regularmente en la Noche de los Museos de la Ciudad de Buenos Aires y en los Días de los Monumentos organizados por la Comisión Nacional de Monumentos, Lugares y Bienes Históricos.

En la actualidad, gracias al impulso de la Fundación Granaderos a Caballo y a la creciente afluencia de público, se encuentra planificada y en ejecución la ampliación del museo, con el objetivo de ofrecer más y mejores servicios y una propuesta museológica de última generación, acorde a la importancia y magnitud que ha adquirido la institución.

El Regimiento de Granaderos a Caballo es una institución fundacional del Estado argentino. Su custodia del sable garantiza seguridad material, coherencia histórica y continuidad simbólica. No es casual que el sable corvo sea el modelo exacto del arma que hoy reciben los generales del Ejército Argentino como símbolo del mando que asumen. No se trata de una reliquia desvinculada del presente, sino de un emblema vivo de responsabilidad y servicio.

Honrar a San Martín es comprender que fue, ante todo, un militar al servicio de la libertad de su Patria. Devolver el sable corvo al Regimiento de Granaderos a Caballo es un acto de reparación histórica, de orden institucional y de profundo respeto por la voluntad del Libertador y por los símbolos fundacionales de la Nación.