En una columna anterior destacamos que la experiencia indica que el control de la inflación en forma estable -es decir, por un período más o menos largo- suele tomar varios años cuando se parte de grandes desequilibrios. En efecto, las expectativas de una rápida convergencia a una tasa de un dígito anual deberán esperar más tiempo de lo que sugieren las autoridades políticas y económicas.
Las razones incluyen, como ya mencionamos, un proceso gradual de ajuste de tarifas públicas que puede extenderse en el tiempo, la necesidad de recomponer reservas que agrega demanda de divisas durante los próximos años, los cambios tributarios que implican tanto bajas de impuestos como aumentos de otros tributos y reducción de la informalidad, a lo que se suma la eventual recomposición de salarios privados formales y salarios públicos que acompañará la recuperación sostenida de la economía desde 2026, y la inercia de los servicios en los procesos de desinflación cuando no hay margen para usar anclas nominales.
La apertura económica ayuda, pero no debemos confundir bajas de una vez del nivel de precios con un proceso de deflación.
La estabilización se da simultáneamente con la necesidad de avanzar en forma paralela en un proceso, que también es largo, de reformas en la mayoría de las instituciones económicas: tanto por razones políticas –mantener el apoyo para la aprobación de las reformas- como por razones del tiempo que lleva implementar reformas complejas e interdependientes, el período de cambios puede ser visto como una etapa de “reforma permanente”, mejor que como algo que tiene inicio y fin en un horizonte corto y previsible.
No debemos confundir bajas de una vez del nivel de precios con un proceso de deflación
Lejos de ello, ir de un escenario de desorden generalizado a un escenario ordenado y estable puede llevar mucho tiempo si, además, en el medio hay riesgo de reversiones parciales o amplias de las reformas.
En todo caso, un proceso de estabilización y reforma es esencialmente “work in progress”, algo que en el medio del camino parece prolongarse más de lo esperado, y que se encuentra en permanente discusión, evolución y desarrollo.
Las vacilaciones de la actual Administración en lo relativo a reformas profundas –algunas de ellas, como la laboral, con comienzo de tratamiento muy reciente, otras postergadas, como la previsional y la reforma de la Administración Pública (que es algo distinto al recorte de empleo), el diseño del funcionamiento del mercado de cambios y del régimen monetario con sucesivas fases hasta su estado actual- contribuyeron a la incertidumbre que dominó en materia económica parte de los primeros dos años de gestión.
A ello se sumó el riesgo de contrarreformas inmediatas o futuras (lo que podría identificarse como el “factor K”) que estuvo particularmente presente durante la segunda mitad de 2025. Todo conspiraba para reducir la confianza en el gobierno y su capacidad para constituir coaliciones políticas que sustentaran el programa de reformas.
Si bien la confianza en el gobierno se mantuvo más alta por más tiempo en la gestión Milei que en la de Cristina Fernández de Kirchner, Macri y Fernández, la percepción de riesgo creció fuertemente y la confianza se desplomó en el trimestre previo a las elecciones, consistente con dudas en el escenario político y debilidades crecientes del esquema económico.
La combinación de eventos políticos (triunfo por márgenes inesperados del partido gobernante) con la aceptación de cambios en el esquema económico que comenzaron a despejar el horizonte, permitieron desde noviembre último un retorno de la confianza a los niveles del segundo trimestre de 2025, inferiores sin embargo al optimismo del último trimestre de 2024.
Las expectativas sobre el escenario futuro se contaminan con la experiencia previa de los primeros dos años de gestión, tanto en sus aspectos positivos como en los que siembran dudas
Mirando hacia adelante, las expectativas sobre el escenario futuro se contaminan con la experiencia previa de los primeros dos años de gestión, tanto en sus aspectos positivos como en los que siembran dudas.
En lo positivo, la decisión firme de mantener el equilibrio presupuestario global del gobierno federal es un activo que complementa el objetivo de no emisión monetaria si no es para respaldar el crecimiento de la demanda de dinero.
Atrás quedan ideas extremas impulsadas por las autoridades de dolarizar a lo que cueste, condenar el señoreaje (recaudación por emisión de pesos, aun si ello es resultado del aumento de la demanda de dinero), forzar una apreciación de la moneda comprando reservas solo en el piso de la banda de flotación, y otras más.
En el plano de las dudas aparece la dificultad en obtener apoyo político para las reformas que no comprometan el equilibrio fiscal ni el espíritu mismo de las reformas.
El aprendizaje pasa a ser un activo de esta Administración que debe ser valorado para el período 2026/27, ya que al menos en diversas acciones –con el anuncio de un programa de compra de reservas por parte del Banco Central dentro de la banda, si bien con una meta indicativa, y con un mejor diálogo entre la Nación y las provincias- mejoran las expectativas de éxito del programa económico. Y el éxito de un programa que logre estabilizar y restablecer condiciones de crecimiento es importante no solo para el gobierno en ejercicio.
El éxito de un programa que logre estabilizar y restablecer condiciones de crecimiento es importante no solo para el gobierno en ejercicio
El proceso democrático en que se validan las reformas obtenidas por consensos mayoritarios abre la oportunidad de que el juego político sea de suma positiva y no de suma cero, es decir que abre el juego político. En efecto, en un escenario que se consolida de estabilización y crecimiento, los distintos espacios políticos pueden tener chances de liderar el país en algún momento sin generar periódicas rupturas.
Sin embargo, el escenario de normalidad que supone estabilizar y crecer -o sea, volverse un país aburrido con periódicas alternancias de partidos- no puede darse sin un proyecto común.
La Constitución Nacional es la base, pero es solo el comienzo. El resto debe ser construido por la propia sociedad y mediado por la política. Parafraseando a Reinhart y Rogoff, es probable que “esta vez sea diferente” para la Argentina, pero no deberíamos creer que estamos cerca de la meta, a riesgo de desandar inesperadamente el camino.
El autor es Director y Economista Jefe de FIEL. Esta nota se publicó en Indicadores de Coyuntura 682 de FIEL
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