
Cuesta asumir que con algunas concepciones de la historia resulta imposible coincidir simplemente porque con ciertos interlocutores políticos hablamos en dos lenguas distintas, no manejamos los mismos datos y nuestra visión del mundo es diametralmente opuesta.
Para mí, y es una opinión personal, cuando el variopinto conjunto del antiperonismo agrupado en los libertarios, la mayor parte del PRO ya pasada con armas y bagajes a las huestes de Milei y las líneas más conservadoras del radicalismo hablan de “cien años de decadencia”, expresan ignorancia y perversión porque intentan remontarnos a un pasado desde la visión de la clase a la que representan y cuyos intereses defienden, un pasado glorioso, que poco o nada tiene que ver con la realidad de nuestro país.
Se remiten a una historia de grandeza, cierta, naturalmente, para las clases dirigentes, especialmente la agrícola-ganadera, pero que lejos estuvo de serlo para los humildes que la transitaron. Son dos concepciones antagónicas del mundo, unos lo definen por la dimensión de los ricos y poderosos, de los dueños de la Argentina, y otros lo hacemos por la justicia distributiva de nuestra sociedad.
Esas glorias que reivindican se basaban en el voto cantado, en una dependencia en la que los trabajadores lejos estaban de tener derecho a elegir. Reitero mi referencia al informe de Bialet Massé, donde describía en profundidad las miserias de esta clase, poniendo su acento en el especial desprecio hacia los pueblos originarios, esos que con el tiempo llamarán “cabecitas negras”, y hoy en sus miserias de ricos iletrados denominan simplemente “Kukas” mezclándolo todo.
Para ellos ese pasado es de gloria, y llegan a decir con obscena mirada que nuestra crisis se inició en los años 40. Nunca tuvo grandeza una dirigencia especialmente oligárquica que ni siquiera intuyó la necesidad de apoyar el comienzo de la revolución industrial. El mero hecho de negar que nuestra sociedad, como potencia industrial supo estar a la par, o aun por encima de Brasil, y asumir hoy nuestro patético lugar en el Continente, ese proceso de negación, echa luz sobre el cinismo de su visión.
El Peronismo representó el mayor nivel de justicia social y de conciencia patriótica, y el golpe de 1955, con la sangrienta represión de las bombas arrojadas desde sus aviones sobre una población civil indefensa en pleno mediodía y el fusilamiento de sus líderes militares y obreros, implicó un cuestionamiento del poder popular, pero no llegó ni remotamente a poner en tela de juicio el desarrollo económico de nuestra sociedad.
Luego, durante la tercera presidencia de Perón y ya en los años 70, viene la narrativa del estallido del “Plan Gelbard”, negando que la desaparición del General marcó un vacío de poder cuya dimensión debilitó en esencia a su gobierno. Así y todo, en la caída de Isabel con el Golpe del 76, la deuda externa era menor a los 6 mil millones de dólares, la desocupación no llegaba al 5% y la inseguridad y la miseria todavía no habían logrado imponerse con las políticas liberales y genocidas de la dictadura y de su autor principal, José Alfredo Martinez de Hoz. La Ley de Entidades Financieras, por ejemplo, colocó a la renta por sobre la producción y no fuimos capaces hasta hoy de salir de esa ominosa guillotina financiera.
Para los que nacimos en un país socialmente integrado, pleno de opciones laborales, y sin conocer siquiera el fantasma de la inseguridad, el falso cuento de los cien años termina siendo solo el relato delictivo de una minoría que se enriquece sin límites y no se hace cargo del dolor que genera su proyecto. Ahora, el gobierno de Milei la emprende juntando firmas, adeptos y votos con “expertos” que corren de aquí para allí. Hasta a los incendios del Sur van, pero no para interesarse por el drama que viven los chubutenses, sino para sacar la reforma laboral en febrero, como un paso más de su política antipopular y en favor de la voluntad dictada literalmente por los poderosos.
No existe país sin Estado ni sociedad que se piense imponiendo los precios por encima de las necesidades laborales. Cada quien tiene el sistema productivo que exige un sistema distributivo para sus habitantes; el resto es impiedad de las clases dirigentes, esas a las cuales un Estado digno y bien administrado no puede dejar de limitar obligándolas a pagar impuestos. Sin embargo, en la Era Milei, quienes evaden son héroes dignos de la mayor de las alabanzas. ¿Así se construye un país?
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