Internet se ha convertido en el nuevo patio de juegos de niños, niñas y adolescentes. Allí estudian, socializan, crean mundos y viven experiencias que, para muchos adultos, resultan todavía incomprensibles. Pero ese mismo universo que estimula su imaginación también se ha transformado en el escenario privilegiado de delitos gravísimos. El grooming y las imágenes de violencia sexual en contra de niños y niñas, ya no se cometen solo en las redes sociales tradicionales; hoy se gestan en los lugares donde los chicos pasan la mayor parte del tiempo, en plataformas como Roblox, Free Fire, Fortnite y otros videojuegos que combinan mundos virtuales con chats abiertos, servidores privados y la sensación engañosa de que “todo es un juego”. Y es justamente esa ilusión de inocencia la que vuelve a los niños y las niñas particularmente vulnerables.
La realidad criminológica demuestra que los agresores sexuales han mutado su estrategia. Ya no buscan, como antes, entablar conversaciones prolongadas en redes convencionales, sino que ingresan a estos videojuegos con la facilidad que les otorga esconderse detrás de un avatar infantil. Se disfrazan de “compañeros de partida”, ofrecen premios, monedas virtuales o skins, y aprovechan la confianza natural que los chicos depositan en quienes comparten su entorno digital. En cuestión de minutos logran lo que antes podía demorar semanas; me refiero a establecer un vínculo, bajar las defensas, generar un lazo emocional y llevar a la víctima hacia un espacio de privacidad donde comienzan las manipulaciones, el pedido de imágenes, la extorsión y, en algunos casos, incluso el intento de traslado del contacto virtual al encuentro real.
Muchos adultos aún subestiman este riesgo. Creen que mientras sus hijos o hijas “solo estén jugando” no hay peligro. Pero detrás de muchas conversaciones dentro de Roblox o Free Fire no hay un niño o una niña, sino un adulto que conoce con precisión quirúrgica las técnicas de manipulación emocional. Un adulto que sabe cómo actuar, cómo seducir, cómo forzar, cómo intimidar. Un adulto que sabe que el juego es el refugio más fácil para esconderse. El grooming, por ejemplo, no es un intercambio incómodo; es un delito que puede dejar huellas psicológicas profundas, generar angustia, culpa, aislamiento, depresión y, en los casos más extremos, derivar en contactos físicos o en la difusión internacional de material íntimo que los chicos y las chicas no podrán recuperar jamás.
Los padres y madres tienen hoy un desafío urgente y complejo; esto es, comprender que la prevención no consiste en prohibir dispositivos, sino en acompañar activamente la vida digital de sus hijos. Hablar del tema sin tabúes, explicar que hay adultos que se hacen pasar por chicos o chicas, revisar juntos los juegos que utilizan, activar controles parentales, conocer los chats y configuraciones de privacidad, y estar atentos a cambios de conducta que puedan delatar una situación de peligro. La conversación, la presencia y la atención son las herramientas más potentes para desactivar el riesgo. No se trata de invadir la intimidad, sino de proteger la integridad.
El Estado también debe asumir su parte. La tecnología avanza más rápido que la legislación, y por eso es indispensable fortalecer equipos de cibercrimen, capacitar a docentes, exigir a las empresas de videojuegos estándares sólidos de seguridad, y generar campañas públicas que lleguen a los chicos donde ellos están; por ejemplo, TikTok, Twitch, YouTube y, por qué no, los mismos videojuegos que utilizan a diario. Las plataformas deben comprender que ya no son solo un entretenimiento; son espacios donde millones de niños interactúan y, por lo tanto, tienen la responsabilidad de crear entornos más seguros, monitorear chats, detectar patrones sospechosos y reaccionar con rapidez.
Ignorar esta realidad es dejar solos a nuestros hijos e hijas frente a un peligro que no pueden dimensionar. Hoy, el agresor no toca la puerta de una casa, está dentro del celular, dentro de la tablet, dentro del juego. Y mientras los adultos sigamos pensando que “ellos entienden más que nosotros”, seguiremos abandonando a la niñez y adolescencia a su suerte en un mundo virtual que no siempre es tan inocente como parece.
Proteger a los niños, niñas y adolescentes implica actualizar nuestras herramientas, nuestra mirada y nuestro compromiso. Implica entender que acompañarlos en internet es tan indispensable como acompañarlos en la vida real. Implica asumir que la responsabilidad es colectiva. Y sobre todo implica advertir, de una vez y para siempre, que ningún juego vale la pérdida de la inocencia, la libertad o la dignidad de un niño o de una niña. Internet puede ser un espacio maravilloso, pero solo si los adultos asumimos el deber de custodiarlo. Porque cuando se trata de la seguridad de la infancia, no hay margen para la indiferencia.
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