
La noche del 9 al 10 de noviembre de 1989, la caída del Muro de Berlín se convirtió en el símbolo del fin de la Guerra Fría y del colapso del bloque soviético. Este evento fue interpretado por muchos como la victoria indiscutible de la democracia liberal y el capitalismo de libre mercado. Más de treinta años después de la caída del Muro, la euforia posterior -el optimismo- ha dado paso a una sensación de desencanto y retroceso de la democracia y el libre mercado. Varios índices globales señalan un declive en la salud de las democracias a nivel mundial (fenómeno que llamamos regresión democrática o retroceso democrático). Actualmente, más personas viven en regímenes autocráticos comparado con finales de los años ochenta.
Hoy vivimos un nuevo auge del populismo y del autoritarismo: el resurgimiento de líderes y movimientos que desafían o debilitan las instituciones democráticas (como la prensa libre, la separación de poderes y el pluralismo) y lo hacen, a menudo, a través del voto (autocracias electorales). Por otro lado, la desconfianza en las instituciones se manifiesta en un creciente descontento ciudadano y la suspicacia hacia los partidos tradicionales se han convertido en caldo de cultivo para la antipolítica. Finalmente, la polarización política se ha intensificado, dificultando el debate y la búsqueda de consensos.
Al mismo tiempo, el ascenso de China plantea un desafío para la comunidad internacional poniendo en entredicho aquellos valores y principios que guiaron al sistema internacional desde el fin de la segunda guerra mundial. Las autocracias cooperan para erosionar el respeto a los derechos humanos y su universalidad, tanto desde la práctica como desde la narrativa, el mismo hilo recorre desde Rusia a Venezuela. La historia se reescribe, se acomoda y, si no, se cambia. En tal sentido, la construcción de instituciones internacionales alternativas mientras se desacredita a las Naciones Unidas son parte de un mismo rompecabezas.
Hoy, el peligro para la libertad ya no proviene de un ejército con tanques, sino de líderes que triunfan con promesas y soluciones mágicas pero que a cambio piden limitar las libertades. La retórica que antes se escuchaba al otro lado del Muro —que la verdad es una y que la oposición es traición— ahora resuena en democracias maduras. Se erosionan las instituciones clave de la libertad, como la prensa independiente, el poder judicial y el respeto por el disenso.
La gran lección que nos deja el camino recorrido desde 1989 es que la libertad y la democracia no son un destino final garantizado, sino un esfuerzo diario. Tras derribar con éxito un muro de piedra en nombre de la libertad, el desafío contemporáneo es evitar que se erijan muros invisibles de desinformación y polarización dentro de nuestras propias sociedades. Esos muros son igual de efectivos para restringir la libertad. La generación que celebró el fin del comunismo tiene ahora la responsabilidad de defender los valores de la libertad y el pluralismo contra el peligroso autoengaño de que la democracia, una vez ganada, no puede volver a perderse.
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