
Este domingo los argentinos volvemos a las urnas. Algunos lo harán con entusiasmo, otros con resignación, y no faltarán quienes duden si vale la pena hacerlo o no. Sin embargo votar no es solo un derecho, es un acto moral, un ejercicio de libertad y una forma concreta de amar a la Argentina.
Quienes nacimos en los años de la última dictadura militar y vivimos la recuperación democrática en 1983, sabemos bien lo que significa poder elegir. Aquella jornada en que el doctor Raúl Alfonsín fue electo presidente marcó el comienzo de una etapa nueva, la de un pueblo que volvía a decidir su destino sin miedo. Después de años de silencio y de censura, votar fue volver a hablar. Y todavía hoy, más de cuatro décadas después, cada elección es un recordatorio de esa conquista.
Esa posibilidad no existe en todos los países. Hay pueblos que todavía viven en regímenes autoritarios o bajo sistemas que limitan la libertad ciudadana. Por eso, cuando en la Argentina se abren las escuelas y los cuartos oscuros, se abre también un espacio de esperanza. Ir a votar, incluso cuando uno está desencantado o cansado, es reafirmar que creemos en la democracia como el mejor camino posible para construir una sociedad más justa.
En 1981, en plena dictadura, la Iglesia argentina había publicado su documento Iglesia y Comunidad Nacional:
“La Iglesia debe hacer de cada cristiano un ciudadano cabal, responsable de una vida cívica que responda a la verdad, a la justicia y al bien común del hombre.”
Ese llamado conserva hoy una fuerza intacta. Ser “ciudadano cabal” implica no quedarse al margen, sino comprometerse con el destino común. La fe no nos separa de la vida pública sino al contrario, nos impulsa a participar con conciencia, buscando siempre el bien común.
En estos días, la Conferencia Episcopal volvió a recordarlo en su mensaje previo a las elecciones:
“Tu compromiso y tu voto, cimiento de nuestra democracia.”
El acto de votar no es un trámite, sino un gesto de comunión nacional. Cada sobre que cae en la urna expresa un pedacito de confianza, una pequeña porción de esperanza en que el país puede ser mejor.
Claro que no todos los candidatos ni las propuestas nos entusiasman. Pero si dejamos de votar, si nos retiramos al escepticismo o la indiferencia, dejamos que otros decidan por nosotros. Votar es también una forma de cuidar lo que tanto costó recuperar.
Por eso, más allá de las preferencias políticas, este domingo vale la pena levantarse, acercarse a la escuela donde te toque votar y participar. No lo hagamos solo por deber cívico, sino como un acto de gratitud y de amor a la libertad. Porque cada voto, más que una elección, es una afirmación de fe en la democracia y en el futuro tuyo y de tus hijos.
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