Hace apenas unos días, un viaje de egresados se transformó en escenario de un hecho tan repudiable como revelador: un grupo de alumnos fue filmado entonando cánticos antisemitas.
“Hoy quemamos judíos”, gritaron adolescentes que, en teoría, deberían estar celebrando el cierre de una etapa de formación escolar. La noticia generó un lógico repudio social, denuncias judiciales e inmediatas reacciones institucionales. Sin embargo, nada de eso alcanza si no comprendemos que el verdadero problema no es la falta de sanciones, sino el fracaso de la educación.
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El episodio ocurrido durante el viaje de egresados de la Escuela Humanos de Canning, en Bariloche, en el cual un grupo de alumnos fue filmado entonando cánticos antisemitas —con la participación incluso de un coordinador de la empresa Baxxter Viajes, responsable de la organización— no puede ser interpretado como una simple travesura juvenil. Se trata de un hecho grave que desnuda, una vez más, la persistencia del antisemitismo en nuestra sociedad.
El usual repudio fue inmediato: la Escuela Humanos de Canning condenó lo ocurrido, de igual forma que la empresa Baxtter Viajes. Sin embargo, ese rechazo, por imprescindible que es, resulta insuficiente, casi irrelevante, frente a la gravedad del hecho. No existe otra forma de enfrentar el antisemitismo si no es con la educación.
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¿Qué estamos haciendo para que nuestros niños y jóvenes repudien la irracionalidad de este odio ancestral? ¿Estamos dándoles las herramientas necesarias para comprender y rechazar el antisemitismo, o estamos permitiendo que crezcan en la ignorancia, perpetuando un prejuicio incompatible con la dignidad humana?
¿Me pregunto qué educación han recibido estos chicos que en su viaje de egresados gritaban “hoy quemamos judíos”? Francamente, me es difícil imaginarlo.
Es evidente que poco y nada se enseña sobre antisemitismo en nuestras escuelas. La enseñanza sobre el Holocausto y sobre el antisemitismo en sí mismo, uno de los prejuicios más antiguos de la humanidad, suele quedar relegada en un capítulo marginal en los manuales de historia. Ese vacío pedagógico habilita la banalización del odio y permite que jóvenes, sin medir la dimensión de lo que repiten, entonen cánticos como los que hoy escuchamos.
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Enfrentarlo exige mucho más que comunicados o sanciones circunstanciales. Se requiere un compromiso sostenido del sistema educativo: programas específicos, contenidos claros, formación docente y la decisión política de colocar esta problemática dentro de la agenda pedagógica.
La educación tiene la responsabilidad indelegable de sembrar empatía, de enseñar que ninguna diferencia cultural, religiosa o étnica justifica el desprecio, y de mostrar que detrás de cada palabra de odio se esconde el germen de la violencia.
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El hecho debería servirnos como punto de inflexión. O bien lo dejamos pasar como una anécdota más que se olvida con rapidez, o lo transformamos en una oportunidad para revisar qué estamos enseñando —y qué no— en nuestras aulas. Porque no se trata de repetir fórmulas vacías de tolerancia, sino de construir convicciones sólidas basadas en el conocimiento histórico y en el respeto irrestricto por la dignidad humana.
La condena pública es imprescindible, pero sin educación será siempre insuficiente. Si queremos que estos cánticos no vuelvan a escucharse, debemos asumir que la única herramienta verdaderamente eficaz para erradicar el antisemitismo es la educación. Todo lo demás será, en el mejor de los casos, un parche momentáneo y, en el peor, tan sólo cosmética.
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De nosotros depende que este episodio no quede en el olvido ni en un comunicado más. Si no asumimos que la única respuesta duradera es la educación, seguiremos condenando en vano mientras el odio se reproduce en silencio.
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