Soy de Independiente de toda la vida. Desde hace más de 50 años que voy a la cancha y hace 20 que lo hago acompañado de mis hijos.
Son momentos de pleno disfrute, de intimidad y unión. Respetamos el ritual de la pizza antes o después del partido según el horario que nos toque. De esos instantes que da la alegría de cruzarnos con amigos y conocidos de diferentes ámbitos vestidos con nuestras camisetas rojas y reconocernos unidos en una misma comunidad.
Eso hicimos el miércoles último y como si fuera un presagio de lo que viviríamos luego, nuestra conversación giró en torno al significado de ser hincha, con qué nos quedamos cada uno luego de cada jornada. Hablamos de eso, sobre la locura del fanatismo como también de la importancia del espacio institucional y la identidad que nos da y sostiene. Estábamos ilusionados de ver un buen partido y festejar una vez más un histórico triunfo en una noche copera, bien de Independiente.
Incluso, antes de entrar, dejamos nuestro testimonio en un programa partidario que nos eligió al azar.
Luego la realidad nos abofeteó dándole mayor profundidad y contenido a nuestra conversación previa.
Estuvimos lejos de la locura desatada pero alcanzados e impactados por la zozobra, la incertidumbre y el desconcierto. La única certeza fue reconocernos a merced de los violentos, sin divisar nada y nadie que trajera calma y nos diera seguridad a todos. Recién pudimos salir del Estadio pasada la medianoche.
Me costó mucho conciliar el sueño.
Una y otra vez volvían a mí las imágenes de los comportamientos más primitivos del ser humano de las que fuimos testigos. La violencia sin sentido por parte de los ultra chilenos y la cacería desatada por parte de barrabravas de Independiente. La barbarie se desplegó en su total magnitud ante nuestros ojos.
Las imágenes que dieron vuelta el mundo son testigos para siempre que nos horrorizan, avergüenzan. Que nos duelen. Con eso cargaremos.
Pero hubo otras señales de barbarie que se deben señalar porque marcan, una vez más, nuestro grave deterioro como sociedad y pone en evidencia la falta de respuestas sensibles desde el fútbol, del fracaso de la educación desde todos los estamentos de la sociedad, del triunfo de los mensajes de odio que se sostienen como sabemos en la ignorancia y en la ausencia de valores.

Cuando los jugadores no habían hecho aún su ingreso al campo de juego, el estadio casi en plenitud se levantó de pronto, guiado desde la barra brava en un canto de guerra vergonzoso. “Solo le pido a dios que se mueran todos los chilenos.” Un cántico que referencia la guerra de Malvinas y el rol que Chile tuvo en ese momento.
Un grito de muerte con la música de la emblemática canción de León Gieco -otro hincha de Independiente- que invita a la paz, la vida y el encuentro. Observé con asombro y tristeza a hombres, mujeres, niños, ancianos cantar esas estrofas sin tapujos. Los mismos que no dudan en aplaudir y vitorear a los jugadores chilenos que hoy juegan y brillan en Independiente. El reino de la sinrazón. La biblia y el calefón en las tribunas en las voces de miles. Un coro infame.
Y luego lo peor. Con la violencia desmadrada fueron muchos desde distintos sectores que aventaban a la barrabrava a actuar, les gritaban cobardes y los azuzaban a poner orden por mano propia. Fuimos muchos los indignados pero muchos también los indiferentes.
Desafortunadamente nos hemos acostumbrado los argentinos a naturalizar esto y nos decimos sin más que es el folclore del fútbol.

Pues yo digo que no. Que no lo es y no podemos dejar que lo quieran seguir instalando. Es barbarie, salvajismo, locura, desprecio.
Siempre la violencia en una sociedad comienza con la palabra. Aceptar estas palabras insultantes, agresivas, humillantes durante años son las que inspiraron lo ocurrido en la trágica noche de Avellaneda.
Hay muchos responsables y nadie debe hacerse el distraído. El fútbol como expresión social y lugar de encuentro es y debe ser mucho más que un resultado. El deporte nos convoca a cosas maravillosas, abandonarnos a los violentos y sus cómplices indolentes solo nos aseguran mayores fracasos.
Hoy el fútbol aquí y en Chile está de luto, manchado. Continuaré yendo a la cancha con mis hijos. Seguiré enamorado de mi Independiente y de eso que nos identifica y que es tan difícil de describir: pasión, mística e historia. No le daré la victoria a los salvajes, no podemos dársela.
Siempre se puede cambiar la realidad si realmente se quiere. Somos muchos más los que pensamos y obramos para bien, siempre y en todo lugar. El fútbol está de luto, que viva el fútbol
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