En la mayoría de los países que registran crecimiento, el déficit fiscal moderado es la norma, no la excepción. Son pocos quienes dudan de que el ajuste fiscal implementado por Javier Milei resultó determinante para reducir la inflación. Sin embargo, según lo explicó en cadena nacional, no lo concibe como una medida transitoria para estabilizar la economía, sino como “el camino del crecimiento económico genuino”, posible únicamente mediante el mantenimiento estricto del superávit fiscal.
Milei sostiene que el déficit histórico fue la raíz de los problemas económicos argentinos. Pero su planteo presenta dos objeciones principales: primero, los países con crecimiento sostenido casi siempre atraviesan déficits fiscales; segundo, el déficit argentino no fue excepcional si se lo compara con el resto del mundo.
De los 196 países que monitorea el Fondo Monetario Internacional, 92 -casi la mitad-tuvieron déficits superiores al de Argentina en las dos décadas previas a la gestión actual; solo cinco de ellos sufrieron una inflación similarmente elevada. El déficit fiscal mediano fue de 2,5% del PBI, prácticamente igual al 2,6% que registró la Argentina.
Los países con crecimiento sostenido casi siempre atraviesan déficits fiscales; segundo, el déficit argentino no fue excepcional si se lo compara con el resto del mundo
Que un ajuste permita reducir la inflación no implica que el déficit fiscal haya sido su causa. Si una persona tiene una infección, los antibióticos pueden contribuir a su recuperación. Esto no significa que la infección haya surgido por la ausencia previa de antibióticos. Por otra parte, tomar antibióticos sin que sean indicados puede incluso resultar perjudicial.
¿Por qué los déficits son la regla y no la excepción?
En una economía con buen desempeño, tener déficit no equivale a derrochar recursos, sino que expresa la intención del sector privado de ahorrar en moneda nacional. Cuando hogares y empresas consumen o invierten menos de lo que obtienen como ingreso, ese ahorro tiene únicamente dos posibles destinos: activos en el exterior, como dólares, o bonos estatales en moneda local. (Al adquirir una acción o bono privado, el activo de un inversor se convierte en el pasivo de una empresa; el resultado agregado es neutro.)
Por lo tanto, si el propósito es que los ahorros permanezcan en el país y en pesos, es necesario que exista un déficit fiscal; alguien debe emitir los bonos requeridos por el sector privado. Es decir, para fomentar el ahorro en moneda nacional, el Estado debe endeudarse en esa misma moneda.

En ciertos períodos sucede lo opuesto: el sector privado busca gastar más de lo que gana, lo cual implica utilizar una parte de sus ahorros, ya sea para consumo o inversión. Cuando esto ocurre, los ahorros invertidos en bonos estatales se liquidan y el gobierno recompra parte de su propia deuda, situación que genera superávit fiscal.
Los superávits resultan poco habituales porque, cuando el PBI crece, el sector privado aspira a incrementar sus ahorros al mismo ritmo. Mantener, por ejemplo, un stock de ahorro equivalente al 40% del PBI exige que la cantidad de bonos públicos crezca al compás de la economía.
Mantener, por ejemplo, un stock de ahorro equivalente al 40% del PBI exige que la cantidad de bonos públicos crezca al compás de la economía
Por ese motivo, en países saludables y en expansión, los déficits resultan mucho más frecuentes que los superávits. La sostenibilidad de la deuda no supone que esta deje de aumentar, sino que no lo haga a un ritmo mayor al del PBI. Ese, no el déficit cero, es el verdadero sentido del equilibrio fiscal.
Nada de esto significa que cualquier déficit resulte deseable. Cuando el déficit excede la demanda de bonos en pesos, la economía entra en una zona de riesgo. Entre las tareas principales del Tesoro y el Banco Central, figura la administración de ese equilibrio.
En Argentina, ese punto de equilibrio se perdió hace años. Sin embargo, el problema de fondo no fue el déficit fiscal, sino la política monetaria adoptada: durante dos décadas, las tasas de interés reales se mantuvieron en terreno negativo.
En la práctica, quien optó por los bonos en pesos del Tesoro perdió poder adquisitivo. Por esta razón, los argentinos seleccionaron como refugio el dólar y evitaron financiar al Estado en su propia moneda. El billete estadounidense se instaló entonces como precio de referencia, y de ese modo se configuraron ciclos reiterados de devaluación e inflación.
Estabilización y crecimiento exigen estrategias y herramientas diferenciadas
Para que el país logre un crecimiento sostenido, el equilibrio macroeconómico resulta esencial: requiere condiciones atractivas para el ahorro en pesos y una política fiscal adecuada, lo que en promedio significa mantener déficits moderados.
Sería deseable que el Gobierno comprenda que la cura puede diferir de la causa, y que estabilización y crecimiento exigen estrategias y herramientas diferenciadas.
El autor es profesor de IAE Business School, la Escuela de Negocios de Universidad Austral, y PhD en Economía
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