
Los resultados de las últimas evaluaciones Aprender ponen al descubierto un intrincado panorama en los niveles primario y secundario y exhortan a adoptar cambios de forma urgente en los procesos de enseñanza y aprendizaje.
Sin atajos ni maniobras especulativas, el abordaje debe ser integral y exhaustivo. No hay planificación ni logros en el mediano y largo plazo si las medidas son intempestivas y solo emergen como parches.
Partir del diagnóstico es el paso inicial, por más inquietante y dolorosa que sea esa realidad, para luego trazar líneas de acción sustentadas en una política educativa con un horizonte específico.
Propiciar metodologías pedagógicas novedosas es un desafío ineludible. Sin lugar a dudas, los cambios pueden acarrear resistencias, pero el umbral de nuestra educación nos interpela y demanda soluciones concretas.
Una de ellas es la reducción de alumnos por grupo y cargo docente. Segmentar los cursos en el aula puede ser un método innovador que profundice el foco en la escritura, la lectura, la interpretación de textos y la resolución de problemas en todos los niveles.
Está comprobado que los grupos pequeños aprenden mejor. Por eso es imprescindible diseñar metodologías que contemplen la heterogeneidad del aula. Un mecanismo factible para optimizar los rendimientos.
Focalizar en los entornos más reducidos permitirá al docente atender las realidades individuales y situaciones pedagógicas particulares, además de fomentar un mejor desempeño estudiantil.
También contribuiría a potenciar las fortalezas y hacer hincapié en las debilidades, propiciando la participación, la comprensión lectora y generando mayor motivación en el alumnado.
Embanderados en la utopía de una educación de calidad, la coyuntura evidencia que, sin una transformación de raíz, se esparcirá el deterioro y el futuro será aún más sombrío.
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