
Hace unos años, en una visita de Mick Jagger a la Argentina, lo invitaron a un asado en la casa de alguno de los famosos locales. Coincidió que el asado era miércoles de ceniza, fecha de penitencia y moderación para los católicos. Lo cierto es que Jagger -que claramente no parece ser un cursillista- sorprendió a todos tomando solo agua “porque era miércoles de ceniza”. La sorpresa, claro está, se debe a que no se esperaba eso de él, hizo un gesto disruptivo y para los comensales contracultural.
En la Inglaterra victoriana de la represión, lo contracultural era romper con esa rigidez, con tanta represión; pero en una cultura del descontrol ir a misa es contracultural; en una cultura pacata y represiva lo contracultural es romper, descontrolarse, salirse de la norma; pero hoy vivimos en un tiempo sin normas, así que estaría siendo contracultural seguir al menos algunas. Y en tiempos de guerras y odio, en el que los líderes matan, violentan, agreden, excluyen y siembran la desesperanza y el desaliento en nombre de intereses inconfesables, lo contracultural es la esperanza.
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La esperanza es la hermana menor de las virtudes teologales cristianas (fe, esperanza y caridad) pero es la que las sostiene; sin esperanza ¿para qué creer? ¿Y qué sentido tiene amar? La esperanza, según Vaklav Havel, “no es la convicción de que algo va a salir bien, sino la certeza de que algo tiene sentido salga como salga”. Y hoy es imprescindible la esperanza, es decir construir sentidos que valgan la pena.
Los ciudadanos cada vez estamos más acorralados en lo pequeño, la familia, los amigos, barrer la propia vereda para que la cuadra esté más limpia. Y es lo posible hoy. Sin embargo, da la impresión de que si no planteamos miradas más amplias, movimientos más comunitarios, espacios de vida comunitarios, a la larga nos condenaremos al individualismo más craso.
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Construir comunidad, edificar esperanza implica organizarse comunitariamente. En tiempos de desarticulación, articular es contracultural. Si se desarticulan las organizaciones que acompañan y amplifican las voces de los pobres entonces se los deja más indefensos. Es cuanto menos una ingenuidad creer que cada uno se va a arreglar solo sin un Estado que proteja al más débil, aliente y ayude. Sin esa clase de ayuda para los más débiles estamos declarando la vigencia oficial de la ley de la selva y su grito de guerra: “¡sálvese quien pueda!”
Construir comunidades de vida es vital. Eso puede significar hacer de las escuelas comunidades educativas (y no rings de boxeo); de los clubes de barrio espacios de encuentro (y no semilleros de avaricia); de las organizaciones sociales espacios que alienten el crecimiento y empoderamiento de los sectores populares (en vez de perseguir agendas ajenas a los intereses de los pobres), y de las iglesias…menos ortodoxia y más ortopráxis. Como enarboló la teología latinoamericana. Más barro y menos palabras descomprometidas. Mucha oscuridad, mucha droga y mucha alienación hay ya acechando en particular a los barrios populares. Sería contracultural encender algunas luces, empezando por una dirigencia que deje las mezquindades y los odios y atienda el clamor de la gente.
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Una narración maya relata que en el pueblo, durante el día todos iban a trabajar para sembrar el trigo y la yuca; todos, menos unos pocos que iban a la montaña a plantar árboles. Los otros los trataban de locos. Lo importante era la yuca y el trigo que da de comer hoy -les decían- pero ellos seguían yendo a plantar árboles. Muchos soles después un grupo de niños del pueblo volvió de la montaña y contaron como habían estado jugando en unos árboles hermosos que habían disfrutado mucho. Y se preguntaban quiénes los habrían plantado. Nadie lo sabía hasta que el más anciano del pueblo contó que siendo niño él había oído la historia de aquellos locos que plantaban árboles cuando todos sembraban yuca y trigo. Todo el pueblo fue al bosque, celebraron una fiesta y al retirarse dejaron un cartel. Decía: Nosotros, los de después, comprendimos.
Hace falta más plantadores de árboles, aunque hoy no se entienda, o parezca no convenir. Es lo más contracultural que podemos hacer. Y por eso lo más esperanzador.
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