
Esta semana el Indec publicó los datos de la Balanza de la Cuenta Corriente del primer trimestre, que arrojó un déficit de 5.000 millones de dólares.
La memoria emocional de los argentinos suele registrar alarmas tempranas cuando se encienden algunas luces amarillas de las que debemos ocuparnos y tendemos a dramatizar la data y leerlas como luces rojas irremediablemente peligrosas.
Lo primero que diremos es que cuando el Estado gasta más de lo que recauda y genera un déficit fiscal, nos mete la mano en los bolsillos de todos los argentinos a través de la inflación que se genera vía emisión monetaria cuando, como ocurre en la Argentina, no puede financiarlo de otra manera.
Cuando los argentinos viajamos al exterior o traemos productos por correo “puerta a puerta” generamos un déficit privado que financiamos con el tipo de cambio propuesto por otro privado en el MULC que podrá o no crecer en el tiempo dependiendo de la oferta de divisas ya sea proveniente de mayores exportaciones o de la cuenta capital, cuando ingresan dólares de inversiones como ocurrió en este caso según reflejan las propias cifras del Indec en el desglose del aumento del PBI creciendo al 31,8% interanual.
Hoy tenemos un tipo de cambio real para una Argentina con equilibrio fiscal sustentable, reformas estructurales ocurriendo en el corto plazo y una balanza comercial muy superavitaria para cuando se terminen de concretar todos los proyectos de Vaca Muerta, minería y litio (dos agros adicionales)
Vale la pena aclarar también a esta altura de la columna, que la data informada por el Indec tiene naturaleza devengada. Eso significa, en este caso, por ejemplo, que el efecto percibido registrado por el BCRA fue efectivamente menor porque los dividendos han sido descontados a pesar de que no puedan ser girados al exterior, por solo poner un ejemplo orientativo.
También me interesa recalcar que en el primer trimestre este déficit pegó de lleno en las reservas del BCRA mientras que desde el segundo y a partir de la decisión tomada por el presidente Javier Milei de salir del cepo en el mes de abril, ya no afectan las reservas porque una demanda estacional se resuelve en el mercado, en todo caso con un tipo de cambio mayor. Esto se vio perfectamente reflejado en el segundo trimestre, donde el tipo de cambio flotó casi constante en 1200 pesos, probablemente por una menor incidencia de viajes al exterior en baja temporada y un trimestre que se caracteriza por buena liquidación del agro.
La pregunta que cae de madura entonces es qué puede esperarse para el tercer trimestre. Clave por varias cosas, entre ellas, porque las liquidaciones de la soja empiezan a aflojar y porque la incertidumbre política que genera un proceso electoral siempre le agrega presión al dólar a partir de cierta dolarización de carteras de manera simultánea.
Mi visión en este punto está lejos de ser “bait oriented”. No veo una crisis cambiaria de algún tenor, ni a corto ni a largo plazo. Incluso un tipo de cambio que se deprecie un poco en el tiempo podría ser hasta deseable para una economía con problemas de competitividad no resueltos aún. Dicha depreciación dentro de la banda no deja de ser un desafío para una Argentina desquiciada e hiperreaccionaria en materia de histeria cambiaria. Sin embargo, la férrea disciplina fiscal indiscutible desde las más altas esferas del gobierno no deja margen a la duda e inhibe bastante ese proceso con una cantidad de pesos muy escasa para esta economía que necesita monetizarse y una tasa de interés atractiva y positiva después de muchos años de enchastre monetario en esta “pobre patria mía”, parafraseando a las últimas palabras de nuestro prócer Manuel Belgrano.
El mercado siempre se anticipa. Para lo bueno y para lo malo. Hoy tenemos un tipo de cambio real para una Argentina con equilibrio fiscal sustentable, reformas estructurales ocurriendo en el corto plazo y una balanza comercial muy superavitaria para cuando se terminen de concretar todos los proyectos de Vaca Muerta, minería y litio (dos agros adicionales). La clave es si anticipar al hoy esa visión futura de una Argentina posible no tiene en el medio eventos disruptivos que la compliquen, sobre todo en el terreno político y social.
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