
La inteligencia artificial ya está en el aula. No entró por la puerta, pero está en todos los celulares. En los buscadores, los chats, los resúmenes que aparecen con un click. No necesita permiso: llegó con los chicos.
Y eso nos deja una pregunta clave: si la tecnología responde cada vez más rápido, ¿estamos enseñando a pensar mejor o simplemente a entregar tareas más lindas?
Durante años, estudiar fue sinónimo de repetir. Memorizar. Entregar lo que se pedía. Pero hoy, una app puede hacer todo eso en segundos. Entonces, ¿qué queda para el estudiante? Queda lo más valioso: comprender. Cuestionar. Conectar ideas. Pensar con criterio. Y eso, todavía, no lo hace ningún robot.
El problema no es que los chicos usen IA. El problema es que nosotros, los adultos, muchas veces no les enseñamos qué hacer con ella. Si solo se la usa para copiar y pegar, perdimos la oportunidad. Pero si la usamos como un trampolín para pensar mejor, podemos lograr algo realmente poderoso.
La IA puede ayudarte a explicar un tema, a hacer un resumen o incluso a corregir un texto. Pero no puede decir si comprendiste. No puede darte una idea personal. No puede emocionarte, ni confundirte, ni darte ese momento en el que algo te hace click. Todo eso sigue siendo profundamente humano.
Y ahí es donde entra la escuela. Y entra el rol del docente. Hoy no alcanza con enseñar datos. Hay que enseñar a hacer preguntas, a dudar con argumentos, a detectar errores, a construir una opinión propia. Por ejemplo, si un alumno le pide a la IA una definición sobre algún tema social o histórico, podemos invitarlo a buscar si hay sesgos en esa respuesta. ¿Falta alguna perspectiva? ¿Está citando fuentes confiables? ¿Es neutral o hay una ideología escondida? Ese es el tipo de pensamiento que queremos entrenar.
La tecnología puede ser un gran aliado. Pero la comprensión no se delega. Se construye. No con miedo, sino con práctica. No para volver al pasado, sino para preparar a los chicos para un futuro donde lo más importante no será saber más. Será saber mejor.
Porque al final del día, educar no es llenar cabezas. Es enseñar a vaciarlas de ruido, para que puedan pensar con claridad. Y eso, en tiempos de inteligencia artificial, es más urgente que nunca.
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