
Catástrofes climáticas como las que azotaron a Bahía Blanca dejan huellas imborrables en la sociedad. Sus efectos devastadores causaron perjuicios irreparables. Se perdieron vidas y hay ausencias. Bienes materiales destruidos. El agua también se llevó recuerdos.
Frente al abrumador panorama de desolación, emergió con una fuerza inusitada la solidaridad en sus múltiples dimensiones.
La mirada del otro abandonó la pasividad para transformarse en acción directa, además del Estado en sus diferentes estamentos, en la tragedia del 7 de marzo aparecieron los clubes, las instituciones, los partidos políticos. Los jóvenes también dijeron presente.
La solidaridad generó gran impacto. Durante días, interminables filas de vehículos se extendían en los ingresos de la ciudad más grande del sur de la provincia de Buenos Aires. Una multitud a disposición, desprovista de intereses, y con el único fin de ayudar.
El desastre puso al descubierto, una vez más, que en la esencia de cada vecino primó la empatía, el deseo de unión y la intención de trabajar por un proyecto en común.
En una época de individualismos, lo solidario y lo comunitario se fusionaron para transformarse en prioridad y dejaron como enseñanza que no todo se pierde y que la resiliencia es un factor determinante para superar las adversidades.
La empatía, la cohesión social y la capacidad resiliente adquieren un valor inalienable para el ser humano, aún más en aquellas situaciones límites cuyas marcas perduran en el tiempo.
No obstante, es un ejercicio de sensatez reconocer que la solidaridad por sí sola resulta insuficiente. Por el contrario, debe sustentarse y refrendarse con acción política concreta, entendida esta última como la vocación permanente de transformación social.
Esta relación de simetría y reciprocidad permite imprimirle a la política una perspectiva más humana, justa e igualitaria, y así contribuir al desarrollo de herramientas que brinden soluciones integrales y sostenibles a las necesidades ciudadanas.
Bahía Blanca transita el camino de la reconstrucción. Y eso incluye desde la infraestructura hasta las pérdidas individuales.
‘Perder todo’ no es sólo lo material. Entra en juego aquí lo emocional, porque el día después también se lee en problemas de salud, somatización y angustias, así como en la ruptura de lo cotidiano y en el entorno distinto.
Un desafío complejo que requiere de todos los niveles gubernamentales, con proyectos complementarios que permitan no sólo la recuperación de lo perdido, sino evitar una próxima vez.
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