
Concluido en los hechos este sábado -con el funeral en la Basílica de San Pedro y el posterior entierro en Santa María Maggiore- el Pontificado de Francisco, se abre ahora el tiempo real de Sede Vacante. El Colegio Cardenalicio -hasta ahora limitado a decisiones formales- comienza a preguntarse con seriedad cuál debe ser el perfil del nuevo sucesor de Pedro, para luego proceder a su elección en Cónclave, probablemente en algo menos que diez días.
El próximo Papa recibirá una herencia más ordenada en lo administrativo que en lo espiritual. Con las finanzas vaticanas saneadas -y el reconocimiento del Consejo de Europa al camino virtuoso emprendido por la Santa Sede en materia de prevención y lucha contra el lavado de activos-, y con los principales casos de corrupción interna finalmente juzgados, la nueva etapa encontrará a una Iglesia institucionalmente más sólida. Sin embargo, el legado de Francisco no admite simplificaciones.
No se tratará simplemente de restaurar equilibrios perdidos ni de volver a una “época prefranciscana”. Durante su Pontificado, Francisco reafirmó el carácter absoluto del ministerio petrino, pero de una manera singular: combinando la autoridad del monarca absoluto con la cercanía de un pastor con “olor a oveja”. De ahí que el próximo Papa no sólo deba administrar una pesada herencia simbólica, sino también decidir qué signos adoptar para construir su propio liderazgo.
Francisco predicó, sobre todo, a través de los gestos: vivir en una residencia sencilla, desplazarse en un pequeño automóvil, renunciar a las vacaciones estivales, visitar incansablemente a pobres, presos y refugiados. Su magisterio no se basó tanto en grandes documentos, sino en opciones concretas que traducían el Evangelio en acciones visibles. El nuevo Pontífice deberá discernir si continuará esta pedagogía de los gestos o si, en cambio, marcará una diferencia, decisión que será inevitablemente leída como un giro en la orientación de la Iglesia.
¿Volverá el Papa a vivir en el Palacio Apostólico, más aislado de la gente? ¿Retomará las vacaciones en Castel Gandolfo, abandonadas por Francisco? ¿Reaparecerán los automóviles ostentosos frente a la humildad del Fiat 500? Cada uno de estos gestos, por pequeño que parezca, tendrá un profundo valor simbólico.
Más allá de estos signos, el desafío mayor será enfrentar una Iglesia atravesada por divisiones profundas. No basta con describirlas como un enfrentamiento entre progresistas y conservadores. Francisco generó incomodidad en ambos sectores: para unos fue tibio, para otros rupturista. Su Pontificado, lleno de tensiones y contradicciones humanas, propuso a Jesús no sólo como centro doctrinal, sino como modelo concreto de vida. Un Jesús que vuelve a poner en el centro a los pobres, los descartados, los olvidados: los mismos que Francisco abrazó como discípulos preferidos de su mensaje.

El Papa que acaba de partir no fue perfecto. Como todo ser humano, convivió con sus propias contradicciones, pero intentó con perseverancia vivir el Evangelio y traducirlo en actos cotidianos. No buscó romper con la doctrina ni con las tradiciones, sino, principalmente a través de las formas, mostrar una Iglesia capaz de acoger a todos. Su verdadero magisterio no residió sólo en encíclicas o exhortaciones apostólicas, sino en su testimonio de vida: en sus viajes a los márgenes del mundo, en su cercanía con los excluidos, en su empeño por una Iglesia abierta y austera.
Cuando, al inicio de su Pontificado, proclamó su deseo de una “Iglesia pobre para los pobres”, muchos se sintieron autoexcluidos. Sin embargo, Francisco no excluyó a nadie. Necesitó de estos doce años para hacer visibles a quienes el mundo moderno había invisibilizado. Cada elección geográfica de sus viajes fue también un gesto teológico, orientado a poner en primer plano a las comunidades olvidadas.
No obstante, Jorge Bergoglio no pudo concluir todas las reformas que se propuso en 2013. Su sucesor deberá decidir cómo avanzar en temas cruciales que han quedado abiertos: el regreso a una Iglesia más sinodal, la lucha contra la pedofilia, el rol de la mujer en la vida eclesial y el debate sobre el celibato. Desafíos fundamentales que exigirán discernimiento, coraje y sensibilidad pastoral.
Así, quien resulte elegido deberá preguntarse, antes que nada, qué Iglesia desea pastorear: ¿una Iglesia doctrinaria, enfocada en el poder y el prestigio, o una Iglesia cercana, capaz de hacerse pequeña con los pequeños y fuerte con los débiles?
Más que diseñar grandes planes o pronunciar nuevos discursos, el próximo Papa deberá discernir si es posible -y cómo- profundizar el cambio de mirada que Francisco inició: un cambio centrado en los rostros concretos de la humanidad sufriente, en una Iglesia misericordiosa que no se canse de perdonar, abierta como un “hospital de campaña” y animada por la “alegría del Evangelio”, como bien recordó el cardenal Giovanni Battista Re durante el funeral papal.
El desafío no será simplemente “no volver atrás” ni imitar gestos pasados. El verdadero reto será mantener viva la lógica evangélica que Francisco encarnó: la lógica de la cercanía, de la misericordia, de la inclusión real. Una lógica que escandaliza a quienes buscan seguridades ideológicas o desean una Iglesia acomodada al statu quo.
Cada Pontificado tiene su propio tono y su propia impronta. Sin embargo, algunos momentos marcan verdaderos puntos de inflexión. El de Francisco ha sido uno de ellos. El próximo sucesor de Pedro necesitará sabiduría para leer los signos de los tiempos, humildad para reconocer las heridas abiertas, y valentía para ser, ante todo, un testigo fiel del Evangelio, más allá de cualquier expectativa humana.
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