
La idea de la libertad es, sin duda, una de las más grandes ilusiones que enfrentamos como seres humanos. Creemos que la libertad radica en nuestra capacidad de elegir, en escoger a nuestro antojo sobre el abanico de opciones que se despliega ante nosotros; sin embargo, es crucial entender que elegir no es sinónimo de ser libre. Solo alcanzamos la verdadera libertad cuando nuestras elecciones se alinean con una conciencia genuina y auténtica, sintonizadas con la voluntad divina que nos guía.
Libertad no es meramente hacer lo que queremos en cada momento caprichoso, sino poder elegir ser quienes realmente debemos ser. El placer, el ocio, la ausencia de obligaciones; ninguna de estas cosas representa la auténtica libertad. Esa percepción es superficial, construida sobre la tentación de nuestros deseos efímeros. La verdadera libertad se manifiesta en un nivel más profundo, surgiendo cuando entramos en contacto con nuestra esencia más auténtica.
En esta búsqueda de ser, trascendemos las limitaciones impuestas por el ego y comenzamos a ver la realidad tal como es, despojados de las ilusiones que condicionan nuestra existencia. Así, reconocemos que la verdadera libertad no consiste en la satisfacción momentánea de deseos, sino en el simple acto de ser, de ser esenciales.
Esta libertad es un estado de conciencia que se encuentra libre de juicios y condicionamientos. Porque, por ejemplo, si nuestras decisiones se fundamentan en el ego y en las sombras del deseo, si son definidas por la búsqueda egoísta de la satisfacción momentánea, no estamos eligiendo desde la libertad. Más bien, nos vemos atrapados en otro tipo de esclavitud, sometidos a un condicionamiento que distorsiona nuestra auténtica capacidad de elección.
Libertad es el acto de soltar la necesidad de buscar validación externa, permitiéndonos experimentar la vida con una serenidad interior que no depende de las circunstancias externas. Un estado donde la autenticidad florece independientemente de las sombras de la aprobación ajena. La verdadera y única libertad es aquella que se encuentra en el interior: es, en esencia, la libertad del ser. Ese estado de emancipación se manifiesta cuando logramos romper las cadenas de la esclavitud, cuando despojamos al yo falso de su influencia opresiva, y permitimos que el yo esencial emerja con fuerza.
La libertad y lo esencial
Pesaj, la festividad que celebra la liberación del pueblo hebreo de manos esclavas, tiene a la matzá como protagonista indiscutible. Este pan ácimo, cuya simpleza radica en la armonía de solo dos elementos fundamentales —harina y agua— es elaborado con tiempo mínimo, factor condicionante que mantendrá su chatura característica. En contraposición, el pan tradicional, cuya elaboración es más compleja, se infla y se adorna con un tamaño y sabor que dependen de la adición de tiempo y leudado.
La Torá se refiere a esta matzá como el “pan de la pobreza”. Esta designación nos convoca a una reflexión profunda. ¿Qué singularidad encierra este pan en el contexto de la libertad? ¿Cómo conectan la pobreza de la matzá y la liberación que encarna Pesaj? Los sabios nos advierten sobre el peligro de confundir el “pan de la pobreza” con la privación de aquellos que sufren carencias materiales. “Pobre” no recae sobre el sujeto que come el pan, sino sobre el pan mismo, es decir, un pan pobre, ya que su composición está libre de agregados a su esencia, despojado de esos agregados superfluos y externos. Así, el ser “pobre” se transforma en un reflejo de algo esencial, una declaración de pureza y autenticidad.
Como enseñó el Maharal de Praga, los términos “rico” y “pobre” están intrínsecamente relacionados con los conceptos de “agregado9” y “esencial”. La esclavitud en nuestra vida se define por la cantidad de agregados externos que nos alejan de nuestra esencia y que nos convierten en dependientes de ellos. La libertad, entonces, se define como el quiebre de las cadenas que nos ligan a factores ajenos a nuestra verdadera naturaleza. Un esclavo es, por definición, un ser que no puede obrar según su voluntad; su vida está sujeta a la dominación de un amo externo que lo controla y decide por él.
Y así, al final, se revela la verdadera esencia de la libertad. Ella es, en su más pura forma, independencia. Una independencia que radica en la capacidad de ser incondicionalmente uno mismo, despojado de aquellos factores que no son más que sombras ajenas a nuestra esencia. Asimismo, imaginemos a una marioneta: contrariamente a lo que parece, su movimiento no emana de un deseo propio, sino que es guiada por hilos invisibles que restringen su autonomía. No es un ser libre; es prisionera de quien controla sus movimientos. Esta metáfora captura con asombrosa claridad la condición de nuestras vidas, atrapadas en un entramado de hilos sutiles que nos obligan a actuar, pensar y sentir sin la libertad que por derecho nos pertenece. Y, aunque los movimientos de esa marioneta son, ineludiblemente, reconocidos como ecos de la manipulación ajena, nuestros hilos suelen ser menos obvios, suelen pasar desapercibidos.
En este sentido, la matzá se convierte en un potente símbolo de nuestra verdad más intensa, representando la verdadera libertad: la emancipación de todo aquello que nos distrae y la ruptura de las cadenas que nos atan a un mundo externo que nos condiciona de forma permanente. Lejos de reducir la pobreza a una mera carencia material debemos adentrarnos en un territorio más profundo. Debemos redefinir la pobreza de un modo conceptual, vinculada a la autenticidad de nuestro ser. Ella nos ofrece la posibilidad de ser esenciales, de vivir sin las cadenas de los agregados que nos hacen dependientes y nos esclavizan.
Pero, ¿cuáles son todos estos agregados externos a nuestra esencia? ¿Cuáles son estos elementos que impiden que seamos quienes verdaderamente somos y nos esclavizan?
Uno de los principales es la necesidad de aprobación y reconocimiento social. Cuando nuestras decisiones y acciones están influidas por el juicio de otros, por las expectativas externas o por el temor a las consecuencias, quedamos atrapados en una trampa que nos priva de nuestra libertad interna. Esta búsqueda constante de validación nos aleja de nuestra esencia, condicionándonos a un estado de dependencia.
Otro agregado es la moda, con su influencia poderosa y efímera. Reflexionemos por un momento. Una prenda puede cumplir la función básica de abrigarnos, siendo dicha función lo verdaderamente necesario, siendo ella esencial. Sin embargo, cuando nos dejamos llevar por modas pasajeras o sentimos la necesidad de acumular prendas con características superficiales, caemos en la trampa que nos impide experimentar una verdadera libertad.
La necesidad de consumir y adquirir más se presenta como otro hilo que nos une. El mundo exterior nos invita incesantemente a acumular, a “tener” más. ¿Realmente necesitamos ese auto de última generación? ¿Es esencial un guardarropa repleto de ropa que jamás utilizamos? En última instancia, nos vemos atrapados en la ilusión de que las posesiones pueden proporcionar significado, cuando en realidad, aprisionan nuestro ser.
La acumulación de riquezas, de dinero, entra también en este círculo de engaños. A menudo creemos que estos bienes nos otorgan poder, control, superioridad sobre los demás. Las ansias de ocio, los deseos desenfrenados, son parte de esta gigante red que nos esclaviza. Pero, al final, todos esos amos se reducen a uno solo, un maestro singular y temible: el yo falso. Este ego inflado que representa el pan leudado, lleno de añadiduras que oscurecen nuestra verdadera esencia.
Así, la matzá se erige no sólo como un simple alimento, sino como el símbolo del yo esencial, puro y libre de esos agregados externos que nos contaminan. La libertad que celebramos en Pesaj no es sino la liberación del yo auténtico frente al ego que nos encadena.
Extracto del libro “Inteligencia Espiritual”, que se publicará próximamente.
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