
La segunda presidencia de Donald Trump sacudió la economía mundial con una serie casi incesante de anuncios y medidas desde el primer día. Pero ¿hay una estrategia detrás del ruido y la furia trumpista? ¿Cuáles son los objetivos últimos y la visión de largo plazo?
La estrategia trumpiana parte de un diagnóstico: la naturaleza desequilibrada del comercio internacional. El déficit de la cuenta corriente de los Estados Unidos alcanzó USD 1.134 billones en 2024, equivalente a 3,9% del PBI.
El déficit externo de EEUU es el espejo del superávit externo de China, y en menor medida de otros países superavitarios como Alemania y Corea del Sur, entre otros.

Los desequilibrios externos son la expresión de los desbalances entre el ahorro y la inversión doméstica. China reprime el consumo interno para dirigir el ahorro a la inversión, y en particular, a las exportaciones.
Las exportaciones de China son impulsadas además por una combinación de subsidios y protección que son únicas a nivel mundial. Por su parte, socios como Europa también desequilibran el escenario con restricciones no arancelarias y subsidios.
Los desequilibrios externos son la expresión de los desbalances entre el ahorro y la inversión doméstica
En otros términos, para Trump, el problema no es el déficit comercial, sino las prácticas de los principales socios que perjudican a EEUU.

El déficit fiscal y los gastos de la OTAN
Al desequilibrio externo de los Estados Unidos se suma un déficit fiscal récord que llegó a 6,3% del PIB el 2024. Los elevados déficits incrementaron la deuda pública hasta 120,9% del PIB y se proyecta que continúe aumentando.
Según Trump, el déficit fiscal se debe en parte al alto gasto militar de EEUU para la OTAN, mientras que otros países miembros no aportan un esfuerzo equivalente.

Europa aumentó su “Estado de bienestar” durante décadas, relegando los gastos en defensa a EEUU.
Trump señala que en Ucrania la asimetría afectó de manera desigual a las cuentas públicas de los miembros de la OTAN.

El dólar y el ahorro mundial
El rol del dólar como reserva de valor global agudiza los desequilibrios globales. En toda economía, el tipo de cambio es el mecanismo de ajuste de los desequilibrios externos.
Ahora bien, en el caso del dólar en particular, la demanda está desligada de los fundamentos (el balance externo y el retorno de los activos norteamericanos), y depende del ahorro mundial. En particular de los bancos centrales de los países superavitarios, en especial de China. El resultado: un dólar sistemáticamente apreciado.
En toda economía, el tipo de cambio es el mecanismo de ajuste de los desequilibrios externos
Es decir, el exceso de ahorro del resto del mundo se invierte en dólares, lo que fortalece por demás la moneda e impide reequilibrar las cuentas externas de EEUU por las propias fuerzas del mercado.

En definitiva, la visión trumpiana atribuye la contracción del empleo manufacturero de los EE.UU. a la doble nelson del mercantilismo de los países superavitarios y el dólar apreciado.
La caída de las manufacturas tuvo su contraparte en el empeoramiento de la calidad de vida de la clase media, y el debilitamiento del “sueño americano”.
Los objetivos
La pieza central de toda estrategia son los objetivos últimos, la visión que necesariamente habita en el futuro e implica un cambio de la realidad presente. La estrategia trumpiana persigue cuatro objetivos centrales, íntimamente vinculados:
- Reequilibrar el comercio mundial a través de la baja de la protección de los países superavitarios y/o la suba de los aranceles de los EE.UU. En particular, lograr que China cumpla con las reglas del comercio multilateral, desarmando su aparto de protección y subsidios.
- Retornar la producción manufacturera a EE.UU., en particular en cadenas estratégicas para la economía y la seguridad americanas, como los microchips de avanzada, la infraestructura básica de la inteligencia artificial.
- Terminar las guerras en Europa y Medio Oriente, y más importante, compartir los gastos del escudo de defensa con los principales socios, en particular en Europa.
- Reducir el déficit fiscal a través del ajuste del gobierno federal y el estímulo al crecimiento vía la desregulación y la baja del costo de la energía.
La respuesta
La herramienta de preferencia de Trump para definir las reglas de la economía mundial es el gran garrote de los aranceles.
La herramienta de preferencia de Trump para definir las reglas de la economía mundial es el gran garrote de los aranceles
Para Trump, el sistema multilateral de comercio es una “reliquia de la posguerra fría”: EE.UU. bajó sus aranceles para integrar al ex bloque soviético y luego a China al comercio internacional. Ahora exige reciprocidad y el fin del “libre comercio asimétrico”.

Otra opción en danza es el uso de alguna forma de control de capitales para reducir la demanda de treasuries o un mega acuerdo internacional para pactar la revaluación de las monedas de los países superavitarios frente al dólar, en particular, y principalmente con China.
Primeros resultados
El garrote arancelario ya se anotó algunos triunfos. La decisión histórica de Alemania de lanzar el aumento del gasto militar más grande desde el fin de la guerra fría -al 2,12% del PBI- es un ejemplo. En otras palabras, el corazón europeo comparte el esfuerzo de guerra en el continente. También contribuye al equilibrio de la economía mundial al disminuir el ahorro, aumentar las importaciones, y por lo tanto, reducir el superávit de cuenta corriente.
En la misma dirección, el anuncio del gobierno chino de aumentar el déficit fiscal al 4% del PBI, el mayor desde la pandemia de Covid-19, busca estimular el consumo doméstico y, por ende, reducir el peso de las exportaciones.

El anuncio de la producción de los microchips de avanzada, esenciales para la tecnología central de la segunda década del siglo XXI -como la inteligencia artificial- por parte de la empresa taiwanesa TSMC en los EE.UU. es otro gol temprano de Trump.
Un nuevo orden económico
Como declaró el mes pasado, Donald Trump está dispuesto a pagar costos en el corto plazo: aumentos de precios relativos, posiblemente inflación, turbulencias financieras, y, quizá, una recesión como resultado del garrote tarifario.
Pondera, sin embargo, el largo plazo: seguridad nacional y reducción del déficit comercial por prácticas desleales de socios y adversarios. En el mediano plazo, quizá veamos también un intento de apreciar sistemáticamente las monedas de los países con superávit externo.
Donald Trump dijo en marzo que está dispuesto a pagar costos en el corto plazo: aumentos de precios relativos, posiblemente inflación, turbulencias financieras, y, quizá, una recesión como resultado del garrote tarifario
Para el mundo, el cambio trumpiano copernicano implica mayor incertidumbre, inestabilidad financiera y riesgos de recesión global. Es probable que estemos presenciando el fin del sistema de reglas, instituciones, y alianzas mundiales de la posguerra fría y el inicio de una nueva era con contornos impredecibles, caracterizada por acuerdos bilaterales basados en consideraciones estratégicas.
La decisión de cortar el financiamiento de los EE.UU. a la Organización Mundial de Comercio (OMC) es quizá el primer clavo en el ataúd del sistema multilateral de comercio tal como lo conocemos.

Sin embargo, Trump puede significar también el comienzo de una economía mundial más equilibrada y sostenible. La experiencia de los grandes desequilibrios comerciales de fines de la Primera Globalización, con Alemania como potencia industrial ascendente y Gran Bretaña en proceso de desindustrialización, muestra los riesgos actuales y las posibilidades de un Trump exitoso.
En definitiva, esta visión económica representa una apuesta audaz para transformar el orden global. Aunque conlleva volatilidad inmediata, podría corregir desequilibrios históricos que han debilitado a Estados Unidos.
Un crecimiento acelerado mediante equilibrio fiscal, desregulación, energía barata y un dólar fuerte podría impulsar la expansión económica mundial
Un crecimiento acelerado mediante equilibrio fiscal, desregulación, energía barata y un dólar fuerte podría impulsar la expansión económica mundial, beneficiando especialmente a los principales aliados estratégicos.
El desafío será navegar esta transición sin provocar las crisis que busca prevenir, mientras la historia evalúa si este giro conduce a un sistema internacional más sostenible o a una costosa fragmentación económica.
El autor es director de la consultora Econométrica, colaboró Andrés Kindleberger -Analista internacional-
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