
Ya es de conocimiento público la existencia de un desajuste entre la oferta educativa y el desempeño real de los alumnos, actores del proceso pedagógico. En este sentido, existe un malestar docente, así como un malestar de los estudiantes, que no encuentran en la escuela un espacio significativo ya que hay una gran distancia entre la cultura escolar y la cultura de los jóvenes.
Algunos contraponen como irreconciliables ambas culturas, argumentando que es la propia institución escolar la que construye y naturaliza esta oposición. Y, si bien hay algo de cierto ya que la escuela no se va adaptando a los cambios, se pueden ofrecer otras alternativas al interior del aula. En mi libro “Escuelas ondulantes. Enseñar y aprender ara aprender a enseñar” (2022), escrito en la pospandemia, propuse algunas ideas que podrían aportar a tal fin:
- Promover la creatividad, el pensamiento divergente, es decir la mirada desde múltiples perspectivas, desarticulando modelos rígidos, a fin de buscar más de una respuesta y a ensayar o establecer nuevas asociaciones; no como una habilidad específica, sino como la síntesis de múltiples operaciones, resultante de saber observar, analizar, sintetizar, formular y verificar hipótesis, interrogar e imaginar. A decir de Mael: “desarrollar la creatividad es enseñar el uso inteligente de la propia imaginación”. Entonces, no se trata de transmitir conocimientos acabados, sino de permitir que el mismo estudiante indague por donde llegar a determinados saberes por diferentes caminos no esperados quizás por el docente.
- Tener en cuenta las inteligencias múltiples, descriptas por H. Gardner hace ya más de 30 años, a fin de plantear un cambio radical en el aula y una visión más abarcadora de los sujetos con quienes trabajamos a diario. De ese modo, entenderemos que quien no es bueno en matemática, puede serlo en educación física o en música. Y eso no lo desvaloriza, sino, por el contrario, lo posiciona como ser capaz en otras áreas y no sólo en las que la escuela considera válidas.
- Desarrollar en las clases las habilidades cognitivo- lingüísticas, destrezas que implican al pensamiento y al lenguaje, y que promuevan en los alumnos la capacidad de describir, explicar, definir, argumentar, justificar, entre otras. Es importante que aprendan a preguntar, a responder, a comparar dos momentos históricos u objetos diferentes, a fundamentar con sus propias palabras, pero con sustento teórico, a fin de aprender contenidos, pero también habilidades comunicativas; que sean capaces de habar y escuchar, dos macrohabilidades muy significativas.
- Educar las emociones y las habilidades sociales; en realidad, la aplicación inteligente de las emociones para con los otros y para consigo mismo. Es decir, no sólo reconocer los propios sentimientos, sino el de los demás, a fin de motivarlos y de manejar adecuadamente las relaciones. Empatía, solidaridad y respeto son aprendizajes fundamentales en estos tiempos.
- Reconocer y trabajar en el aula las problemáticas de un mundo demasiado complejo, tales como noviazgos violentos, embarazo adolescente, violencia de género, consumo problemático o cambio climático para que el propio recorrido escolar permita tomar conciencia de aquello que lo oprime o lo perturba. Y si bien no son temáticas curriculares, son fundamentales para acompañar a los jóvenes en su vida cotidiana.
Más allá de trabajar los contenidos obligatorios necesarios, cada profesor puede cambiar la forma de enseñar en el aula. Estas y otras estrategias podrán hacer a la escuela más significativa para los estudiantes y capaz de formarlos en un mundo que es cada vez más complejo; de lo contrario, ya no tiene sentido aprender dentro de ella.
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