
La historia de Jamie Miller nos incomoda e interpela, nos obliga a ver lo que preferimos ignorar. Es la consecuencia lógica de una estructura que ha dejado de sostener a sus adolescentes, que los expone sin amparo, quedando arrojados al vacío.
Ser adolescente siempre fue transitar un umbral, un pasaje entre lo que se deja atrás y lo que aún no se ha construido, un tránsito colmado de incertidumbre. Nos encontramos hoy en un mundo en el que no hay referencias claras, las figuras que antes ofrecían puntos de anclaje han sido desmanteladas, la familia se ha vuelto frágil, las instituciones ya no son espacios de inscripción simbólica, el mundo adulto no ofrece modelos que orienten. Hay solo imperativos: sé exitoso, sé visible, sé perfecto. Pero ¿qué significa eso? ¿Cómo se construye una identidad cuando el otro solo impone mandatos, pero no ofrece respuestas?
Es importante darnos cuenta del impacto que la vida digital tiene sobre la realidad. Es un error pensar que lo que pasa en las redes sociales no es la vida real porque para los adolescentes, mucho, pasa por ahí. Este es también su mundo y para poder entenderlos tenemos que asomarnos a ellas y saber qué está sucediendo. Hay una falsa ilusión de que encerrados en su habitación están seguros. No lo están si antes no han recibido el sostén que les permita luego transitar sin nuestra mano, pero contando con la red familiar, con la palabra, con la posibilidad de un tropiezo y una mirada cálida que acompañe, una palabra que diga “no pasa nada”.Nos escandalizamos por la violencia, pero no por lo que la precede. Nos horrorizamos ante el acto, pero no ante el lento proceso de exclusión que lo vuelve inevitable.
El adolescente busca encontrarse en la mirada del otro para existir, estamos en tiempos en los que esa mirada solo vigila, juzga, exhibe. El adolescente se siente intimidado, se compara. La identidad se construye a cielo abierto, sin refugios, sin tregua. Todo debe mostrarse, todo debe probarse, todo debe ser ratificado por un número de vistas, de likes, de comentarios.Jamie se percibe feo, inadecuado, ajeno a un mundo que lo repele. Pero esa percepción es una consecuencia, un reflejo que le devuelve el otro, “las redes”. Una sentencia dictada por los compañeros al nombrarlo incel, pero mucho antes por su padre desde muy pequeño. En cada gesto de desprecio que lo fue expulsando hasta que se sintió acorralado, lo que lo llevó a la peor salida.Antes de empuñar un arma Jamie fue asesinado simbólicamente muchas veces, al sentirse no deseado, en cada burla.
El bullying no es solo una práctica escolar, es una lógica estructural que atraviesa toda la sociedad. Se consume la desgracia ajena, la humillación como entretenimiento, multiplicamos la burla como moneda de cambio en las redes. Desenfrenados, no hay un alto para preguntarse si esto puede estar lastimando a alguien. Pero cuando un adolescente no encuentra otra salida que la violencia, es un hecho que nos impacta, nos detiene, pone un freno para que podamos preguntarnos, nos confronta con lo que estamos haciendo y lo que no. Lo que dejamos que suceda sin involucrarnos.Nos preguntamos qué le pasó a Jamie, pero la pregunta real es otra: ¿qué nos pasó a nosotros? ¿Cuándo dejamos de ofrecer a los adolescentes un espacio donde pudieran habitar su incertidumbre sin ser devorados? ¿Cuándo la mirada del otro dejó de sostener y pasó a ser un verdugo?
Se trata de un mundo que ha destituido la palabra y ha hecho de la imagen el único dios. Un mundo donde el otro ya no es un sostén, sino un espejo deformante que multiplica la angustia hasta volverla insoportable.Quienes trabajamos con adolescentes sabemos que, en situaciones como la que nos muestra la serie, antes suelen haber muchas alarmas, pero no fueron escuchadas. Jamie no se convirtió en un criminal de un día para el otro. Fue un niño que no encontró palabras para su dolor, un joven que no tuvo otro que lo nombrara de otro modo.
La caída de la función paterna, la desorientación de los padres, no es solo un fenómeno familiar, es un síntoma social y esa carencia deja a los adolescentes a la deriva y presos de las redes sociales en las que, por su vulnerabilidad, pueden convertirse en presa fácil si no cuentan con un buen sostén de su estructura psíquica y red de sostén familiar.Es por ello que es imprescindible el lugar de los adultos que cumplan funciones maternas y paternas, adultos que ofrezcan un marco, que pongan palabras donde hay angustia, que ayuden a simbolizar lo que duele. Ya que, sin esa mediación, el dolor se vuelve insoportable, se enquista en el cuerpo, se transforma en acto.
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