
Siempre me opuse a que el 24 de marzo fuera feriado. Es una fecha funesta de nuestra historia. Los otros feriados que se inspiran en hechos históricos tienen un sentido positivo de recordación, aunque muchos de ellos, por cierta necrofilia argentina, tomen la fecha de la muerte de un prócer y no la de su nacimiento (17 de agosto, 20 de junio, etc.).
Se dice, en respuesta a esas objeciones, que en este feriado no se celebra nada, sino que se lo destina a la reflexión sobre lo que ocurrió. El nombre oficial de la fecha es “Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia”. El problema es que la “memoria” que se oficializó desde la llegada del kirchnerismo es muy sesgada. Y es cierto que cada uno tiene derecho a tener su memoria, de la misma forma que tiene derecho a tener opinión sobre cualquier tema.
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Lo que no debería ocurrir es que esas subjetividades de algunos se conviertan en una doctrina oficial, que se las enseñe en las escuelas como verdades absolutas y que su crítica exponga a los “osados” que se atreven a cuestionarlas, al escarnio público, cuando no a denuncias penales. El 24 de marzo ilustra esa patología argentina. El kirchnerismo usó esa fecha para imponer de manera oficial cierta visión de la historia, notoriamente falsa. La mayoría de la dirigencia no kirchnerista prefirió no confrontarla, por temor a recibir el infamante mote de “cómplice de los genocidas”.
Un nuevo 24 de marzo reeditará las tensiones sobre nuestro pasado. Claro que siempre es interesante discutirlo. Lo que nos sucede a los argentinos es que solemos quedar atados a él, como si el futuro fuera una mecánica repetición de acontecimientos pretéritos. Lo que lleva, como consecuencia, a analizar la realidad actual conforme a los moldes del pasado. También, cuando cualquier acontecimiento de la actualidad se pretende explicar en clave de algún acontecimiento pretérito.
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La manipulación de la historia por parte del kirchnerismo no ha sido una cuestión académica o teórica. Por el contrario, se trató de un relato destinado a incidir decisivamente sobre el presente. Por eso es necesario desmontar, sin falsas culpas, esa operación. Que se imponga la historia, aún con las legítimas discrepancias que despierte, y que ceda la insistencia en la “memoria”, que no busca la verdad, sino que procura imponer una visión simplista y errónea sobre la cual se edificó una política populista que hoy la sociedad mayoritariamente rechaza.
Así, por ejemplo, la idea de Néstor Kirchner como adalid de los derechos humanos es falsa. Exhibió un notorio desdén sobre esa cuestión cuando era gobernador de Santa Cruz. Ya en la presidencia, la usó en forma desfachatada, presentándose como el fundador de los derechos humanos en la Argentina, negando la obra que había realizado Raúl Alfonsín y elevando a una categoría épica su decisión de hacer bajar un cuadro de un jefe del Ejército, cuando ese gesto ya no implicaba el menor riesgo. Increíblemente, esa grotesca sobreactuación fue “comprada” por millones de argentinos, que, anestesiados por la crisis económica de fines de 2001 y esperanzados en la recuperación económica surgida de la megadevaluación y el aumento de los precios de las commodities, prefirieron ignorar el turbio pasado del santacruceño.
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Esa errónea interpretación de los derechos humanos influyó en muchos jueces, que les negaron a militares imputados por delitos en la lucha contra la subversión la aplicación estricta del debido proceso, como si hubiera dos estándares: uno para los criminales comunes, respecto de los cuales se imponían visiones abolicionistas, y otro para los militares, en cuyo caso se flexibilizaba, entre otras cosas, el principio de inocencia, se les negaba la prisión domiciliaria luego de los 70 años o se les impedía estudiar. Todo esto revelaba el carácter farsesco de la invocación de esa idea liberal, cuya característica más saliente es la universalidad.
No seré original en esta nota, porque desde la presidencia de Néstor Kirchner (cuando muchos que hoy integran las “fuerzas del cielo” eran fervorosamente kirchneristas) sostengo lo mismo. Hay que dejar el espíritu revanchista y mezquino que promueven las conmemoraciones del 24 de marzo y retomar los valores democráticos, republicanos y genuinamente liberales que evoca el 10 de diciembre, el día en que recuperamos la democracia y que es también el Día Universal de los Derechos Humanos.
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