
Donald Trump ha tomado la decisión de incorporar, de una forma u otra, la isla/Estado de Groenlandia a los Estados Unidos. El líder norteamericano y su equipo están alarmados desde 2019 por el cerco militar y comercial de China y Rusia sobre los mares del Ártico. El Pentágono tiene allí (desde el siglo pasado) la base militar de Thule, que funciona como “alerta temprana” ante un posible ataque misilístico ordenado por Putin o Xi. Sin embargo, tienen la sensación de que ello no es suficiente.
En poco tiempo más, en la Cámara de Representantes se impulsará un proyecto de ley autorizando al Poder Ejecutivo a comprarla, ya sea a Dinamarca o a los propios groenlandeses (si estos se independizan). En los últimos años, la flota rusa en la zona ha crecido exponencialmente y, lo que es más grave, los rompehielos del Kremlin navegan con equipos mixtos junto con chinos. Pekín ya ha hecho dos propuestas a Groenlandia para construir “puertos y aeropuertos comerciales”, además de impulsar la llamada Ruta de la Seda del Ártico.
Mientras el presidente saliente Joe Biden dedicaba miles de millones de dólares al conflicto ucraniano, ha descuidado absolutamente la posibilidad de realizar inversiones militares y comerciales en el Ártico en general y en Nuuk en particular. Rusia tiene 40 rompehielos en la zona, varios con propulsión nuclear. Estados Unidos, en cambio, solo dos. Destructores rusos y chinos con capacidad misilística han sido avistados navegando en aguas territoriales norteamericanas. La cuestión es muy seria. Trump la ha puesto sobre la mesa, y nuestra opinión es que no la retirará hasta lograr un resultado que aleje los riesgos de seguridad nacional que ha denunciado el expresidente.

Otro aspecto clave de la disputa por Groenlandia es el económico. El deshielo está abriendo nuevas rutas comerciales y, sobre la propia isla, está descubriendo riquezas tan significativas como, por ahora, difíciles de extraer para los groenlandeses. El proyecto Kvanefjeld para extraer “tierras raras” y uranio (por ahora suspendido) está encabezado por una compañía australiana, pero con participación de capitales chinos. Las llamadas “tierras raras” son escasas en el mundo y claves para las industrias más modernas. Kvanefjeld es la segunda reserva mundial de tan preciado mineral y la sexta reserva mundial de uranio. Este yacimiento está en una zona de acceso posible.
Otras riquezas están sumergidas bajo una capa de hielo de entre uno y dos kilómetros de profundidad. Allí se encuentran 25 de los 34 minerales considerados “críticos” por la Unión Europea.
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