
Semanas atrás, en una reunión de la Internacional Socialista, el Presidente español Pedro Sánchez acusó a la derecha tradicional (Partido Popular) de comprar el “discurso de odio” de la extrema derecha (Vox).
El de Sánchez es sólo un ejemplo de lo que a menudo escuchamos y leemos en medios tradicionales y redes sociales. Muchas personas, públicas o no, acusan a ciertos sectores de cometer esa falta.
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Pero, ¿qué es un “discurso de odio”?
Según la Organización de Naciones Unidas (ONU) se trata de “cualquier tipo de comunicación ya sea oral o escrita, -o también de comportamiento-, que ataca o utiliza un lenguaje peyorativo o discriminatorio en referencia a una persona o grupo en función de lo que son, en otras palabras, basándose en su religión, etnia, nacionalidad, raza, color, ascendencia, género u otras formas de identidad”.
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Houston, tenemos un problema. La definición de la ONU es demasiado genérica. Sostiene que este discurso se da cuando se ataca “a una persona o grupo en función de lo que son” (o sea su “identidad”). De acuerdo a ese concepto, si uno dijera que “Hitler fue un asesino” o “los nazis fueron crueles” estaría incurriendo en “discurso de odio”. ¡Y eso es ridículo!
En rigor a la verdad, el problema se da porque la expresión “odio” es demasiado laxa. De acuerdo con la Real Academia Española (RAE), el odio es un sentimiento de rechazo y antipatía hacia una persona o algo. Y los sentimientos, aunque sean oscuros, no pueden ser cuestionados discursivamente.
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Más allá de la particularidad de las legislaciones de cada país, ¿cuáles son las verdaderas faltas que se puede cometer en una declaración pública?
Mentir, ofender, hacer apología del delito y alguna que otra más.
¿Y discurso de odio? El discurso de odio no existe. Es un genérico que parece haber sido creado para callar (censurar socialmente) a aquel que piensa distinto o utiliza un tono que no es del agrado del receptor.
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Veamos algunos ejemplos.
En Argentina, los libertarios son muy cuestionados cuando se refieren a los opositores despectivamente como “mandriles”. “Es violencia verbal y es una homofobia peligrosa a la que no debemos acostumbrarnos” coinciden varios comunicadores.
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En paralelo, el abogado Francisco Onetto fue recientemente criticado por llamar “simios” a los vecinos que agredieron a un policía retirado, hecho que terminó trágicamente cuando el hombre mató a uno de ellos. “Es una expresión re peligrosa”, “no se puede decir que son un grupo de simios”, “hay gente a la que no hay que dejarla hablar”, argumentaron otros. Por supuesto que también mencionaron el “discurso de odio”.
Paradójicamente, durante décadas escuchamos decir que quienes no son peronistas son “gorilas” y prácticamente nadie se quejó.
Gorilas sí. Mandriles y simios no. La doble vara, de la que tanto hablan Horacio Cabak y Marcos Galperín, parece tener aquí una de sus máximas expresiones.
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Otra de nuestro país.
Mabel Bianco, presidente de la Fundación para el Estudio y la Investigación de la Mujer (FEIM), afirmó recientemente que “el discurso de odio del Gobierno de Javier Milei está generando violencia y persecución contra las mujeres”.
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Es curioso. No se registran declaraciones públicas de Blanco opinando de las palizas que el presidente anterior, Alberto Fernández, le habría propinado a su ex mujer Fabiola Yáñez.
¿Pueden las palabras ser más dañinas que las agresiones físicas? Para algunos, parece que sí. El “discurso de odio”, para ellos, es malo, malo, muy malo.
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Como se dijo, la expresión es laxa, genérica, ambigua. Pareciera ser construida, y masivamente usada, para criticar y censurar sólo aquellas expresiones que no son del agrado de algún grupo de poder y mucha gente inocente se engancha; lo que no entra dentro de lo antes dicho (mentiras, ofensas, apologías de delito, etc.) se lo acusa de discurso de odio y listo. Y no sólo se censura socialmente, también se promueve que se haga lo propio en Internet. En este último sentido, es auspiciosa la desregulación que está impulsando Mark Zuckerber en Facebook e Instagram, copiando a X para fomentar la libertad de expresión (pareciera que Elon Musk tenía razón).
Por finalizar, me gustaría comentar que, como consultor en relaciones públicas, toda mi vida trabajé con palabras. De hecho, hasta di una charla TED que se llama “Palabras, palabras, palabras”, emulando aquella vieja canción italiana. Es más, en este mismo momento estoy usando palabras para un texto periodístico.
Las palabras para nosotros, los comunicadores, son como la harina para el panadero... Pero no hay que exagerar
Por favor no las sobrevaloremos en extremo, no exageremos aquello de “las palabras construyen sentido”. Por supuesto que tenemos que ser cuidadosos en su uso, pero también tenemos que ser libres para utilizar metáforas, exageraciones, ironías, humor, etc.
Cuando somos libres en eso, enriquecemos el lenguaje y mejoramos la comunicación.
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