
Hace poco tuve el privilegio de entrevistar a Martín Migoya, CEO y cofundador de Globant, como parte de un documental para reflexionar sobre la necesidad de transformar el sistema educativo. Una de las ideas que más me impactó fue lo desafiante que puede ser, incluso para una empresa de la magnitud de Globant, encontrar candidatos calificados para cubrir roles clave. Es importante destacar que no falta gente dispuesta a trabajar, sino que lamentablemente muchas carecen de las habilidades específicas que el mercado actual demanda.
La dificultad de encontrar “trabajadores calificados” nos obliga a preguntarnos: ¿estamos educando para el mundo que fue o para el mundo que viene y que ya está llegando? Y, lo que es más importante, ¿qué podemos hacer hoy para garantizar que los jóvenes estén listos para asumir los roles que construirán el futuro?
Este desafío expone a nuestro sistema educativo a una verdad incómoda: si no adecuamos la manera en que educamos hoy, el mercado laboral del mañana estará lleno de puestos vacíos, mientras que miles de personas seguirán sin oportunidades. La necesidad de repensar cómo educamos es real y urgente. La escuela es una empresa: una unidad organizativa para lograr un fin, que usualmente requiere decisión y esfuerzo. Así como las empresas líderes trabajan en equipo, gestionan recursos de manera eficiente y se adaptan rápidamente a los cambios, las escuelas pueden aprender mucho de ellas y adoptar un enfoque más ágil y orientado a resultados. Esto requiere aplicar principios que favorezcan la innovación y la mejora continua: formación en liderazgo para directores y docentes, seguimiento de objetivos claros y un enfoque en el desarrollo de habilidades prácticas y transversales en los estudiantes.
Si bien hay esfuerzos puntuales de algunas experiencias aisladas que apuntan hacia esta transformación educacional, necesitamos ser muchos más y así lograr incorporar este cambio de mentalidad en el sistema educativo.
Durante estos últimos años me dediqué a recorrer escuelas en búsqueda de buenas prácticas que logren un impacto positivo en la vida de los estudiantes. Así me he cruzado con instituciones maravillosas, como lo puede ser la Escuela Técnica Roberto Rocca, por poner un ejemplo. Donde una empresa como Techint aporta el know how en gestión e innovación, una fundación aporta el contacto con la sociedad civil y la comunidad y, por último -pero no por eso menos importante-, el cuerpo directivo y docente que acompaña y termina de dar sentido al camino de desarrollo que inicia cada alumno.
Digo más: a través de instrumentos como el mecenazgo educativo, el sector privado también puede ser un actor importante en el desarrollo de un proyecto educativo como lo es el Colegio María Guadalupe. Una escuela pública de gestión privada, con una cuota social mínima, que fue elegida como la mejor del mundo por World’s Best School Prizes por su colaboración con la comunidad. Gracias a la articulación público-privada y un trabajo en conjunto con familias y organizaciones civiles, brinda mejores herramientas a cada egresado para un futuro que nos desafía todos los días.
Para dejar de preparar a nuestros jóvenes para un mundo en constante cambio, tenemos que animarnos a repensar cómo educamos. Escuelas como organismos vivos y autogestionados para que su capacidad de innovar sea ilimitada. No tengo dudas de que este es el camino.
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