
El caso de Carlos Carro, quien lleva más de cuatro años en prisión debido a una denuncia falsa realizada por su propia hija, pone de manifiesto las graves consecuencias de un sistema judicial que falla en su labor. A pesar de que su hija Jazmín Carro, la denunciante, admitió haber mentido, Carlos continúa detenido, privado de su libertad por un delito que no cometió.
Según afirma Jazmín, se vio influenciada por los discursos feministas que escuchaba en el colegio y por el Polo de la Mujer. En consecuencia, decidió denunciar a su padre producto de un enojo adolescente, sin ser consciente de lo que sucedería con su destino.
Para que su versión fuera creíble al realizar la denuncia, decidió relatar como propias situaciones que había sufrido una amiga de ella, abusada años atrás en su entorno intrafamiliar.
Al escuchar esta historia, se me representó en mi cabeza uno de los tantos juicios orales que he tenido que afrontar como defensor. Puntualmente, mi reminiscencia fue hacia una circunstancia que me llamó poderosamente la atención: el presidente del tribunal, cuando yo manifesté que se encontraba acreditado que la denunciante mentía, me hizo una pregunta simple: “¿Por qué mentiría?”.
Pareciera que el sistema de justicia se vio envuelto en una especie de neo inquisición en la cual basta con señalar a una persona para que esta termine su vida en la cárcel.
Si uno no se encuentra inmerso en este tipo de situaciones que da el ejercicio del derecho penal, pensaría que es una exageración, un caso aislado, pero lamentablemente se ha vuelto extremadamente corriente.
Recuerdo a un cliente imputado por violencia de género que, al quedar detenido, la misma denunciante afirmó que había mentido, presentándose múltiples veces en el Juzgado a cargo sin ser escuchada. En el debate oral, se comprobó que ella había faltado a la verdad, logrando así la absolución de esta persona, constatando que el motivo de la denuncia falsa era que el imputado se viera obligado a dejar su casa y bienes sin poder hacer ningún reclamo en consecuencia. Lo interesante del caso es que esta falsa denuncia quedó impune, ningún precio tuvo que padecer esta mujer por todo el daño que había hecho sobre su ex marido, que estuvo un año detenido sin condena hasta el debate. Es absolutamente irracional, a mi entender, que alguien pueda atentar contra el sistema de justicia y lo más preciado que tiene una persona, su libertad, sin consecuencia penal alguna.
Esto es tan inaceptable como comenzar un proceso penal partiendo de la culpabilidad de una persona, obligando a esta a probar su inocencia. Hay que tener en cuenta que asumir la veracidad de una denuncia vinculada a una situación de violencia de género es básicamente presumir la culpabilidad del denunciado, ese es básicamente el problema jurídico que se presenta: se invierte la carga de la prueba.
No son las personas frente al Estado las que tienen que probar su inocencia, eso es una persecución absolutamente inaceptable que ha fomentado los mayores totalitarismos. Pregonar la famosa frase “algo habrá hecho” es un arma de doble filo, porque si bien sirve para desentenderse de este tipo de cuestiones, nunca se sabe si algún día te puede tocar a vos. ¿Y si algún día te toca a vos?
Los derechos y garantías procesales son los rectores de todo el proceso penal y no pueden desentenderse, independientemente de lo altruista que sea la causa que perseguimos. Para condenar a alguien, se requieren pruebas lo suficientemente contundentes como para tener certeza de que el hecho ocurrió y fue cometido por esa persona.
Es el Estado el que tiene que probar la culpabilidad del acusado, para eso tiene un inmenso aparato destinado a tal fin. En un Estado de derecho como el nuestro, donde rige una Constitución que es absolutamente liberal, el individuo es un fin en sí mismo y tiene derechos y garantías que son absolutos. Debe hacerse un análisis en profundidad y los jueces, al fallar, dejar de tomar esta situación con liviandad.
No todas las denuncias son verdaderas, no todas las personas señaladas como autoras de delitos son culpables. Y la mejor forma, de alguna manera, de que estos principios se respeten, es jamás dejarlos de lado, sin importar lo altruista que sea el fin que se busque.
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