
Mientras China ganaba sin pelear y los Estados Unidos peleaban sin ganar -como dice el canciller indio-, mientras se desarrollaba a la vista de todos la mayor revolución tecnológica de la historia de la humanidad, que se mueve en el terreno de la imitación del pensamiento humano multiplicado por millones y de las interfaces entre computación y cerebro, la política exterior de la Argentina era parecida a un juego de gallito ciego. La Argentina atacaba aquello en lo que era buena (alimentos, energía, minería, servicios, encadenamientos industriales competitivos), destruía su capacidad educativa y optaba por una política exterior guiada por una ideología previa a la caída del Muro de Berlín o aún previa a la segunda guerra mundial.
Está llegando el momento de hacer una política exterior propia, que consiga el logro del primer interés nacional: el desarrollo de un enorme potencial, sostenible en el tiempo; desarrollo sostenible. Hay que hacerlo partiendo desde un punto de partida bajo, lo que tiene aspectos positivos y negativos. Los negativos están dominados por uno: la gravísima falta de confianza y previsibilidad de nuestro país; sin confianza no hay socios ni cooperación. Los aspectos positivos están dados por una formidable capacidad de crecer desde el sótano en el que estábamos. El mundo ya se ha asombrado con nuestro proceso de estabilización económica -ejecutado después de haber adelantado un pie hacia el abismo de la hiperinflación- y podrá seguir asombrándose a partir del año que viene.
Las opciones elegidas del presidente, se piense lo que se piense, son contundentes. Partiendo del lamentable récord nacional de violación serial de contratos y compromisos de todo tipo, el presidente busca generar certezas de un modo francamente disruptivo y asombroso, que hace que los rostros de los demás giren para mirar. Déficit financiero cero el día uno; eliminación de fuentes de falsificación de dinero a velocidad inesperada; creación de instrumentos que estabilizan las condiciones de inversión en áreas capital intensivas de alta demanda mundial, como energía, minería, tecnología, alimentos y servicios; alianza con la revolución tecnológica; eliminación masiva de regulaciones y busca de apertura económica a todo el mundo (incluyendo los Estados Unidos, China, India, el sudeste asiático, el norte de África); denuncia de una deriva global hacia el control estatal de la vida, la libertad y la propiedad de las personas; alineamiento geopolítico con Occidente, mientras varios países de la región van en el sentido contrario. En la semana del G20 de Brasil, el presidente de la Argentina -que distintos medios (liderados por algunos extranjeros) anunciaban que iba a quedar aislada-, se reunió con los jefes de estado de Estados Unidos (Trump), China (Xi), India (Modi), Italia (Melloni) y Francia (Macron), además de con el FMI y el Banco Mundial.
La Argentina debe dejar en claro que no es enemiga de nadie que no nos ataque. A diferencia de otras naciones que intentan destruir reglas de convivencia con la esperanza de crear otras diferentes, la Argentina debe construir confianza y para eso lo primero es que todos entiendan donde estamos parados y qué queremos. Hemos empezado a caminar en ese sentido. Podemos decir que estamos parados en los valores de los que no podemos apartarnos porque son los de nuestra Constitución Nacional: estado de derecho, igual justicia para todos bajo la misma ley, garantía de los derechos humanos, respeto de la propiedad, de los contratos y de nuestras instituciones sociales. Podemos ofrecer a nuestros vecinos compartir juntos una epopeya de producción, comercio abierto, crecimiento y trabajo. Podemos empezar a cumplir una visión de nuestro país como potencia media creíble, constructiva en lo global, seria, pacífica y con un enorme desarrollo por delante. Pero debemos ir ampliando el compromiso, si no con todas las políticas, sí con los objetivos nacionales y con una inserción internacional que muestre su capacidad de lograrlos.
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