
Las últimas semanas han sido muy bravas. Mi vida académica en la Universidad de Buenos Aires se ha visto sacudida. A tan solo unos pocos días de haber cumplido 65 años y después de 40 años en la docencia universitaria, hace un par de semanas participé (por décima cuarta vez) de un concurso abierto, público, por antecedentes y oposición. En esta oportunidad fue para regularizar el cargo de Profesor Titular de la cátedra de Matemática 2 de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA. Pero como nada es simple, también tuve que inscribirme al último concurso del que tendré que participar para renovar por tercera vez mi cargo de Profesor Titular del Área Matemática de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA.
En paralelo, he comenzado a perder docentes dentro de las cátedras que coordino. Algunos muy formados y con muchísima experiencia anticipan su jubilación y otros, más jóvenes, buscan un mejor porvenir en el exterior. Todos ellos preocupados o asustados por la situación del financiamiento universitario. Mucho se ha dicho en torno al sistema universitario público nacional. Uno de los temas incorporado a la agenda pública ha sido que los jóvenes provenientes de hogares pobres no logran graduarse. Pues bien, yo fui uno de ellos. Hijo de una familia trabajadora cuyos padres apenas habían terminado la escuela primaria, cursé toda mi escolaridad en establecimientos públicos con aulas prefabricadas del conurbano. Luego ingresé a la Facultad de Ingeniería de la UBA a través de un exigente curso de ingreso, que no garantizó mi graduación. Esos 4 años en las aulas de Avenida Paseo Colón y Avenida Las Heras forjaron mi formación académica inicial y me permitieron más tarde obtener los títulos de Profesor de Matemática y Astronomía en el Instituto Superior del Profesorado J. V. González y luego de Profesor de Matemática y Computación en la universidad CAECE.
Muchos años más tarde asumí la Rectoría del colegio secundario más prestigioso de este país: el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde pasé ocho años sumamente intensos y que sellaron de forma distintiva mi largo tránsito por las instituciones educativas públicas. La cuestión aquí es si pasar por los claustros universitarios definió mi futuro. La respuesta es simple: sí. Nada de lo que vino después de esa experiencia pudo más. Entonces cabe preguntarse si el tiempo que los argentinos pasan estudiando después de finalizada la secundaria tiene un rédito tanto para ellos como para la sociedad en general, más allá de que logren o no graduarse. Y como mi métier es la Matemática y los números me ayudan a pensar, a anticipar, a tomar decisiones fundadas, vengo a exponer cierta información que quizás pueda quitar un velo de prejuicios y miopía acerca de la potencia transformadora que tienen los estudios superiores sobre nuestros jóvenes.
ERCE es un operativo organizado por UNESCO que se realiza periódicamente desde el año 1997 y evalúa los conocimientos de Matemática, Lengua y Ciencias Naturales que tienen los estudiantes de tercer y sexto grado de la escuela primaria en Latinoamérica. En tanto, PISA es otro operativo organizado por la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) que se realiza también periódicamente desde el año 2000 y evalúa los conocimientos de Matemática, Lengua y Ciencias Naturales que tienen los estudiantes de tercer año de la escuela secundaria en más de 80 países. Los siguientes tres gráficos muestran los rendimientos de los estudiantes argentinos en Matemática, Lengua y Ciencias Naturales en estas pruebas en función del nivel educativo de sus madres. Allí puede comprobarse con meridiana claridad que a medida que las madres de estos estudiantes avanzan dentro del sistema educativo, los resultados mejoran de forma sistemática y significativa. Con cada logro académico de la madre, sea parcial o total, hace que sus hijos alcancen un mejor rendimiento en cualquiera de las tres áreas de conocimiento.



También podemos ver el efecto que produce en el rendimiento de los alumnos el nivel educativo de los padres. Los siguientes tres gráficos dan cuenta de cómo mejoran sostenidamente los aprendizajes en las tres áreas de conocimiento de sus hijos cuando los padres avanzan en su nivel educativo.



Al comparar el impacto que tiene el nivel educativo de la madre o del padre podemos verificar que para los estudiantes de tercer o sexto grado la diferencia de puntajes entre los extremos (escuela primaria incompleta – universitario completo) ronda entre los 100 y 150 puntos, con notas promedio entre 600 y 750 puntos. Para los estudiantes de tercer año, la diferencia de puntajes entre los extremos oscila alrededor de los 70 puntos, con notas promedio entre 320 y 350 puntos.
¿Cuál es la evidencia? Que cuanto más avance una madre o un padre en sus estudios mejores resultados de aprendizaje lograrán sus hijos. ¿Cuál debería ser una política educativa de Estado? Educar a nuestros jóvenes (futuras madres y padres) hasta el máximo de sus potencialidades.
¿Es importante para el futuro de Argentina que los jóvenes ingresen a la universidad pública, laica, gratuita y de excelencia? Sí, sí, siempre sí.
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