
En general, hay coincidencia de que los humanos somos seres esencialmente emocionales, y la razón opera en segunda instancia muy influida por esta condición que -generalmente- prevalece. Un gran economista y pensador como Albert Hirschman, se preguntó sobre la relación entre pasiones e intereses, en un ensayo sobre la temática de los orígenes del capitalismo.
Entre las pasiones negativas o tristes, sin duda está la ira y sus distintas manifestaciones y posibilidades de canalización. Sobre este tema y su relación con las redes y la política ha escrito el sociólogo, ensayista y asesor político de origen ítalo-suizo Giuliano da Empoli.
El economista Carlos Leyba, en una reciente nota, destacó con sabiduría que “conversar es convivir “dando vueltas” alrededor de una idea; y -en la política- es discurrir, junto a otro, acerca del “bien común”. Eso nos diferencia de los bárbaros. ¿Lo estamos haciendo, intentando hacerlo?
Las redes, hoy entre nosotros, son la negación de la conversación y la palabra. Un retorno a la barbarie con uso de la tecnología que no es la responsable sino del uso que hacemos de ella.
Los motivos para estar muy enojados, indignados o con ira, son muy profundos y diversos según el contexto y el grupo social.
En el caso de Argentina la persistencia de una gran pobreza, de falta de desarrollo sostenido, de inequidades, de trabas innecesarias a la actividad socioeconómica, de comportamientos cortoplacistas y corporativos, de fracasos de diferente tipo en los que han caído muchos gobiernos, son algunas de las causales.
Frustración acumulada
La asunción al gobierno de Javier Milei ha sido el reflejo concreto, en gran medida, de esta frustración e ira acumulada. Está teniendo éxito en la baja de la inflación, el equilibrio fiscal, en lo financiero, y en la desregulación de sectores. Pero no tiene en cuenta, mínimamente, los aspectos relacionados con una cierta equidad social.
Ejemplos son los casos de los haberes jubilatorios y los salarios de los docentes universitarios, no aborda de manera integral las cuestiones vinculadas a la educación y la salud, el ir terminando con privilegios como el del régimen promocional de Tierra del Fuego, de encarar un crecimiento equilibrado no solamente focalizado en bienes primarios que permita ir resolviendo la grave situación de los distintos conurbanos, entre otras cuestiones.

Su cosmovisión radical, su estilo comunicacional y lo que va apareciendo como una forma autoritaria de ejercicio del poder, no son buenos para una democracia republicana y el logro de consensos durables de las políticas públicas, más allá de sus aciertos parciales.
La oposición tampoco logra generar “una nueva música” con una articulación no populista de desarrollo con equidad y equilibrio fiscal, o unirse a través de ideas y propuestas comunes (con aportes de Fundaciones, centros de investigación universitarios e intelectuales serios y creativos) que en el Congreso puedan valorar lo positivo de las medidas gubernamentales, cuestionar lo negativo y proponer alternativas viables a de políticas públicas, que sean bien comunicadas a la ciudadanía para lograr un mayor apoyo.
Todos somos conscientes de su dificultad en países como la Argentina, y también a nivel mundial. Ha venido costando mucho poder vincular de manera virtuosa, en la práctica, los ideales de la revolución francesa de la libertad, la igualdad y la fraternidad.
Para ello se debería trascender el enfoque de una libertad “negativa” (sólo me importan mis preferencias, intereses y derechos) e ir hacia una libertad “positiva” que logre jugarla de manera realista en consonancia con esos valores o ideales.
¿Podrá el Congreso ser un ámbito donde esto prospere? ¿Habrá cierta capacidad de escucha y discernimiento en la dirigencia actual de tratar de llegar a buenos acuerdos? ¿Surgirán nuevas dirigencias para lograrlo? No lo sabemos, pero ello no obsta a que cada uno trate de aportar su grano de arena en la construcción de la esperanza de una Argentina mejor.
El autor es Economista, miembro del Club Político Argentino
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