
Desde la Segunda Guerra Mundial la humanidad no ha vivido una situación tan crítica como la presente. Está enfrentada a una variedad de crisis que se extienden a todos los confines de la tierra. Dos factores contribuyeron poderosamente a desatarlas: uno, las secuelas políticas, sociales y económicas de aquella monstruosa conflagración y los prodigiosos avances de la técnica y de la ciencia generados por ella, los cuales, tras desarrollarse en varias direcciones con una rapidez sorprendente, fueron también aprovechados para fabricar instrumentos que pueden destruir la civilización o conculcar los derechos fundamentales del ser humano. El otro factor surge de la incapacidad de los dirigentes mundiales del último cuarto de siglo para evitar esta evolución peligrosa, así como para comprender la magnitud de las mutaciones que ha experimentado nuestro planeta y sus consecuencias. Por otra parte, tampoco han sido capaces de ajustar sus políticas domésticas e internacionales a la amplia gama de transformaciones originadas en este período.
El párrafo precedente y el título de esta columna corresponden a una extensa obra de tres tomos, editada en 1984, y reeditada recientemente por la CEPAL, del abogado y diplomático chileno Hernán Santa Cruz (1906-1999), quien fuera el primer embajador de su país ante las Naciones Unidas, creada en 1945 nada más terminar la Segunda Guerra Mundial. El prólogo del libro fue escrito por el recordado economista argentino Raúl Prebisch, quien fuera impulsor de las políticas de desarrollo regional y de la integración latinoamericana, Secretario Ejecutivo de la CEPAL desde 1950 a 1963.
El párrafo citado parece escrito hoy a propósito de la próxima “Cumbre del Futuro”, convocada por la ONU para septiembre de este año con el lema “Soluciones multilaterales para un mañana mejor”. Han pasado 40 años desde la publicación de estas reflexiones, 75 años desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos y casi 80 años desde la creación de las Naciones Unidas, y nos encontramos con que el dilema de la comunidad mundial sigue siendo el mismo que sentenciaba Santa Cruz. Es, con otras palabras, lo que señala reiteradamente Antonio Guterres desde la Secretaría General de la ONU para que corrijamos el rumbo y los estados miembros se responsabilicen y comprometan a trabajar unidos para eliminar las amenazas estratégicas y existenciales como la guerra y el cambio climático, que nos llevan, según Guterres, muchos líderes mundiales, las ONGs y la mayoría de la comunidad científica y académica, por un curso de extinción.
No es que en los 80 años del sistema multilateral no hayamos progresado globalmente en términos económicos, sociales, sanitarios, educativos, culturales. Todos los indicadores serios independientes así lo demuestran. Pero no es suficiente si todavía prevalecen desigualdades, exclusiones, discriminaciones, pobreza extrema, guerras, dictaduras en una parte importante de la humanidad, y la amenaza cierta de la guerra nuclear, el descontrol tecnológico y el cambio climático como las principales amenazas existenciales.
Por eso, el principal propósito de la Cumbre, es que los estados miembros suscriban un “Pacto por el Futuro” con cinco ejes: desarrollo sostenible y financiación para el desarrollo; paz y seguridad internacionales; ciencia, tecnología e innovación y cooperación digital; juventud y generaciones futuras; y transformación de la gobernanza mundial, además de un pacto digital mundial y una declaración sobre las futuras generaciones. Es decir, la Cumbre del Futuro debe enfrentar el gran dilema que aún prevalece: “cooperar o perecer”.
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