
Me encuentro con un amigo empresario que vive en el exterior, la frase se reitera una y otra vez: “Aquí, sólo se habla de precios”. Hago silencio y asumo que esa distancia nos permitió describir un mundo en el que estamos inmersos y del cual nos cuesta salir.
En nuestro país, los partidos pasaron a ser estructuras absolutamente secundarias frente al creciente poder casi omnímodo de los grupos empresariales. Un símbolo de ello -más allá de la normativa por la cual todo ex presidente constitucional tiene derecho a su busto- es la colocación del de Carlos Menem en la casa de Gobierno, debajo del cual deberían figurar las imágenes de los pueblos abandonados por la destrucción del ferrocarril que inició nuestro héroe. Primer caso en el mundo.
Antes homenajeábamos a los constructores; ahora, dando vuelta la página, a aquellos que lo disuelven todo. Disconformes con lo obtenido durante la presidencia de Menem, varios grupos de empresarios esperan en esta instancia modificaciones a la Ley para poder apropiarse de las estructuras del Estado. Ya no hay industriales generadores de riqueza, sólo apropiadores que imaginan un Estado inexistente con grupos empresarios que lo manejen. De hecho, algunos han designado a funcionarios en áreas sensibles de la administración actual, como la Secretaría de Trabajo. Sabemos quiénes son. Por lo demás, asistir a las imágenes televisivas de la sobreactuada energía de un Milei hablando no a los políticos, sino a empresarios y a economistas que discuten sus intereses, es el cuadro perfecto de la decadencia a la que hemos llegado.
Otro ejemplo fue la comprobación de que la prensa, los políticos y las clases medias escasa y malintencionadamente informadas celebraban casi con obscena algarabía el hallazgo de signos de corrupción en los comedores populares, en los espacios solidarios. La consecuencia lógica de tal alborozo es que sólo el egoísmo es incorruptible, sólo el egoísmo transita la vía de la ética. Es atroz, pero este sentimiento estaba implícito en ese festejo que trataba de aplastar, de minimizar los gestos de enorme fraternidad existentes detrás de esos márgenes de corrupción minoritarios que no alcanzan ni remotamente para señalar al conjunto. Pero el egoísmo se siente molesto frente a la solidaridad como los hombres de empresa prebendarios detestan la política, y por ende, intentan manejarla con su dinero. En el fondo, la política se fue reduciendo a un instrumento del poder económico, perdió su voluntad de rebeldía, su capacidad de conducir. En mi opinión, el último en intentarlo, en desear firmemente que el Estado estuviera por encima de los negocios fue Raúl Alfonsín. La estatua erigida a Menem, con toda la parafernalia de elogios desmedidos y desplazamiento de homenajeados previos, es el aplauso a aquel que regaló la política al poder de los negocios, destruyó el Estado, privatizó las empresas que eran de todos y ahondó la decadencia iniciada por la dictadura.
La gran negación está en no asumir que el estallido del 2001, esa desesperación de la clase media golpeando las puertas de los bancos para pedir dólares que no rescatarían no es el resultado del gobierno de de la Rua, sino el de la siembra perversa del menemismo que, una vez finalizado el disfrute del bienestar de lo vendido, trajo el dolor del resultado final: desocupación y miseria.
Aunque canse repetirlo, la Argentina hasta el 76 no tuvo deuda externa ni inseguridad ni necesidad de subsidio. Aunque canse decirlo y oírlo, todo nace como destrucción con Martínez de Hoz y Cavallo porque a pesar del aburrimiento, por pereza intelectual, y el disgusto que a algunos liberales, filo liberales y antiperonistas en general les produzca escucharlo, estamos transitando el peor de los caminos, el de un liberalismo sin patria.
La ley de Tierras que, afortunadamente, la Justicia nos devolvió representa la dignidad de la patria. No concibo la existencia de países con semejante grado de indefensión como el que plantean ciertos personajes que miran el mundo desde los negocios y colocan a la moneda por encima de lo humano.
Alberto Fernández envió al peronismo al descenso, estamos fuera de la mira de la política, de la expresión de un pensamiento, de la alternativa de una oposición, sólo quedan restos. En esta situación, la política, más allá del peronismo, no logra instalarse en ninguna de sus variantes ideológicas. Lo que importa no es el pensamiento, sea este liberal, conservador, peronista o radical, importa la dignidad patriótica de quienes lo expresan. El debate y los toma y daca por la Ley de Bases en el Congreso no parecen estar demostrándolo.
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