
Isabel Martínez de Perón cumple 93 años este 4 de febrero. Dentro de la complejidad de su historia, vale la pena recordar y destacar que fue una mujer que trabajó incansablemente para la vuelta de Perón, a quien acompañó con amor y lealtad durante los años más duros de su vida.
Muchas veces reducimos a las personalidades de la historia a unos pocos actos y acontecimientos. Isabel es presentada en general como una mujer débil, que debió asumir un cargo para el que no estaba preparada, manipulada por José López Rega, y que simplemente se dejó avasallar por las Fuerzas Armadas cuando dieron el golpe de Estado el 24 de marzo de 1976. Durante la investigación que emprendí para escribir el capítulo de Las primeras en el que hablo de ella -que fue la primera vicepresidenta y luego presidenta de Argentina-, encontré una mujer fuerte, inteligente, hábil políticamente y, sobre todo, fiel a Perón hasta el final de su vida, tanto como compañera de militancia como de vida.

Se conocieron en Panamá, en medio de los ajetreados años en los que Perón repartía su exilio por distintos países de América Latina. Eran momentos muy duros: mientras llegaban noticias sobre las atrocidades que ocurrían en Argentina, en el exilio vivieron en condiciones precarias y siempre bajo la amenaza de un intento de asesinato. En esos primeros años, la compañía de Isabel fue fundamental para el General, que desde la muerte de Evita se sentía irremediablemente solo. Una vez en Madrid, a esa compañía Isabel le sumó su tarea militante, que resultó clave para la reorganización del peronismo.
Durante la década del sesenta, viajó en distintas ocasiones a Argentina como enviada de confianza de Perón para evaluar cómo estaba la situación en todos los frentes de batalla. En el plano sindical era necesaria una reorganización para generar las condiciones para la vuelta de Perón; en el plano político, debía reunirse con distintos dirigentes para poder llevar de vuelta a Madrid un termómetro de la situación, además de tantear las novedades de los militares y sus internas. También, por supuesto, se dedicó a ver cómo estaba el pueblo argentino. En esos viajes era los ojos y los oídos de Perón, que debió esperar hasta 1972 para volver a pisar suelo argentino.

Cuando finalmente llegó el momento de la vuelta ya no sólo al país, sino a la presidencia, Isabel acompañó a Perón en la fórmula. Si se piensa en todo el proceso que pasaron juntos, tiene sentido que fuera ella quien figurara en las boletas. Perón necesitaba alguien de confianza, necesitaba lealtad. Y eso era Isabel. La carga no era poca con el antecedente del renunciamiento de Evita, para entonces una ídola popular absoluta. Isabel asumió su rol con entereza, a pesar de lo duro que habrá sido para ella tener que hacerse cargo de la presidencia tras la muerte de Perón.
Le tocó un período realmente complicado por varios factores: una crisis económica en ciernes de escala mundial iniciada con la crisis del petróleo; un conflicto político que involucraba la presencia de organizaciones armadas, tensiones dentro del peronismo, y con los militares esperando para dar el golpe. Estas condiciones no soslayaron su voluntad de mantener los lineamientos peronistas. Durante su gobierno había pleno empleo, uno por ciento de analfabatismo, la deuda externa era de 6 mil millones de dólares -la dictadura luego la llevaría a 46 mil millones- ; se firmaron las mejores paritarias de la historia; se promulgó la ley de contrato de trabajo, se cerraron todos los conflictos limítrofes con países hermanos menos el Beagle. Sumado a esto, hubo políticas para remarcar la soberanía sobre el Mar Argentino y sobre la Antártida.

Dentro de un escenario que se agravó de forma acelerada por la intención de los militares de tomar el poder, tuvo un gesto valiente y clave para la historia argentina. En varias ocasiones le pidieron que renunciara para dar lugar a un gobierno militar, pero ella se negó. De ese modo, las Fuerzas Armadas debían dar un golpe de Estado, en lugar de acceder al Poder Ejecutivo de manera legítima. Su vida estaba en riesgo, no sabía qué podía pasar al no dar el brazo a torcer con los militares, y aún así se mantuvo en pie. Así, no solo evitó que el gobierno militar fuese legítimo, sino que esto permitió, además, que se hiciera el juicio a las juntas militares. Me gusta pensar que el amor y la lealtad a Perón fue lo que la mantuvo firme.
Después sufrió el golpe, la cárcel y el exilio. Se mantuvo en silencio, hasta el día de hoy, viviendo en Madrid. Esa ciudad que para ellos fue tantas cosas: una cárcel, una unidad básica, un búnker, un hogar. Tal vez para ella, a sus 93, estar en Madrid la haga sentir cerca de Perón y tener un poco de la paz que nunca pudieron vivir juntos.
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