Al conectar nuestra economía con las economías del resto del mundo, el tipo de cambio representa el “precio clave”. Este precio es sensible a políticas internas e internacionales sobre las cuales no tenemos influencia por lo cual encontrar su equilibrio es un desafío. Durante el gobierno de Alberto Fernández el peso estuvo groseramente sobrevaluado originando una cadena de distorsiones y controles fácilmente corruptibles. Los que crearon, aceptaron, sostuvieron y participaron en la administración arbitraria de estos controles, le hicieron un enorme daño a la economía y a la sociedad que ahora debe pagar los costos de reparación.
Con la devaluación implementada por el nuevo Gobierno, el tipo de cambio se acercó mucho a su nivel de equilibrio y con ello, se han desmantelado una gran mayoría de estos controles. Esto ha generado una gran esperanza de erradicar para siempre una de las principales causas por las cuales estamos donde estamos: el estancamiento de nuestro comercio exterior con todos los daños sociales y económicos que esto ha ocasionado. Sin embargo, permanece una brecha entre el tipo de cambio oficial y los financieros que si bien representa una fracción de los niveles observados en el pasado reciente, no lo es en relación a una buena asignación de recursos. Un dólar libre evitaría muchos de los males que podrían aparecer si el peso sigue sobrevaluándose y la brecha ampliándose como algunos colegas vienen pronosticando.
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Estos males son bien conocidos pero vale la pena recordarlos. Primero, la brecha incentiva una sobrevaluación de las importaciones y una subvaluación de las exportaciones cuyas consecuencias solo una aduana trabajando con profesionalismo y transparencia podría disminuir pero no eliminar. Segundo, los elevados impuestos que permanecen sobre el comercio internacional incentivan el contrabando pero entiendo que por un corto tiempo estos parecen ser necesarios. Tercero, para sostener un peso sobrevaluado será necesario mantener una tasa de interés más elevada de lo necesario empeorando el pronóstico de recesión para 2024. Cuarto, los empresarios proteccionistas ya están pidiendo protección extraordinaria a través de las licencias no automáticas con lo cual, si esto fuera concedido, comenzaría nuevamente la calesita de las rentas proteccionistas. Finalmente, la sobrevaluación, al aumentar la resistencia de los sectores comerciables internacionalmente, seguramente entorpecería las negociaciones internacionales que la nueva Canciller, Diana Mondino, quiere emprender.
Nuestro Presidente dio un discurso cuyo único y gran objetivo es terminar con el máximo número de regulaciones improductivas que durante décadas han venido entorpeciendo el funcionamiento económico. También está cerrando un sin número de oficinas inútiles con empleados que no agregan un centavo a la economía. Este es el segundo discurso en más de siete décadas que es música para los oídos de todos los que creemos que un mecanismo de precios competitivo es la única alternativa para sacar a la Argentina de su prolongado estancamiento.
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Entiendo que puede haber razones para no liberalizar el precio de las divisas pero por el momento no los conozco. Sin embargo, lo enunciado más arriba más el gran discurso presidencial indicaría que este podría ser un momento adecuado para flotar. Presumo que si el dólar libre llegara a aumentar más allá de lo razonable, los argentinos pronto responderían aumentando la amplia oferta que disponen pero que ha estado reprimida por décadas de desmanejos gubernamentales. Hacia futuro, y con una inflación domada, la política cambiaria podría mutar hacia esquemas alternativos pero por el momento lo importante es encontrar el precio de las divisas que elimine los costos de sobrevaluar.
El autor es miembro Academia Nacional de Ciencias Económicas
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