
Despejados los detalles y las anécdotas, acaso la conclusión más relevante del resultado del larguísimo proceso electoral de este año lo constituya el comprobar cómo la gran mayoría de la ciudadanía advierte el agotamiento del paradigma estadocéntrico inaugurado tras la crisis de 2001/2002.
Por ello resulta imprescindible ser conscientes que ante todo la Argentina enfrenta un debate esencialmente cultural.
Porque una verdadera “Máquina de Impedir” -de la que nos hablaba Emilio Perina en los años 80- parece persistir en la obstrucción de los cambios necesarios para salir de esta decadencia.
Una interpretación correcta de la historia es el punto de partida indispensable para comprender el pasado inmediato y las causas de este presente cada día más inaceptable.
El saldo de años de errores nos muestra una enorme derrota nacional. Al borde de la hiperinflación, en medio de millones de pobres y con la sensación de asistir a un país económica, moral y espiritualmente quebrado.
Porque dos décadas después, deberían hacerse cargo de su mayor pecado: el haber desperdiciado años enormemente beneficiosos. Especialmente a partir del contexto virtuoso y virtualmente irrepetible que se desplegó ante nosotros en la primera década de este siglo.
Cuando encontraron una economía en plena recuperación, superávit fiscal, de cuenta corriente, tipo de cambio competitivo y una inflación del tres por ciento anual. A la par de un país dotado de una inversión en infraestructura en materia energética, de caminos y comunicaciones como consecuencia de las inversiones realizadas durante los años 90 durante la gestión de Carlos Menem y Domingo Cavallo.
Pero entregados a una política de reversión de las reformas modernizadoras de la década anterior, dilapidaron una oportunidad irrepetible de convertir el rebote económico en desarrollo de largo plazo.
Tras el derribo del paradigma liberal, instalaron un paradigma estadocéntrico a través de un crecimiento elefantiásico del gasto público para terminar prestando los peores resultados en materia de educación, justicia, seguridad y salud pública.
Porque nos prometieron un “Estado Presente” y nos legaron una montaña de gasto público. Incapaz de proveer las más mínimas respuestas. Transformando al Estado en un virtual enemigo de la producción.
Perfeccionado acaso a través de aquella “Máquina de Impedir”. La que se aceita mediante innumerables trabas, restricciones, regulaciones e impedimentos a la generación de riqueza. Habiendo regresado a la emisión descontrolada, los controles de precios, los cepos, los cupos, las cuotas y privilegios para los amigos del poder.
Mientras promovieron un modelo cultural que exalta el lumpenaje, cuestiona el mérito y el esfuerzo y se hace una permanente exacerbación del relativismo. Fomentado mediante la justificación del delito, la promoción de la violencia, la ruptura del orden público y el ataque a todo aquel que lleva uniforme.
La necesaria revisión del pasado reciente forma parte de esa imprescindible reconsideración de las verdades, medias-verdades y falsedades que conforman -a fuerza de ser repetidas- la los lugares comunes en torno a la que giran las ideas que perpetúan esta Argentina decadente.
Debemos liberarnos de las mentiras, los mitos y las falsificaciones históricas que lubrican aquellas ataduras que nos anclan al fracaso y el subdesarrollo.
Esta empresa, acaso la más audaz de todas, implica animarnos a desterrar prejuicios y rigideces destinadas a impedir el progreso. Es imperativo desterrar las limitaciones intelectuales, políticas -y por sobre todo culturales- para salir del paradigma populista.
Nos libraremos del atraso y saldremos adelante el día que dejemos de celebrar autoderrotas y fracasos. Y cuando comprendamos que los países progresan o decaen en función de las políticas que adoptan sus dirigencias.
Los ejemplos son infinitos. El mismo pueblo alemán progresaba en libertad a un lado del Muro de Berlín mientras luchaba por sobrevivir en el atraso y la sumisión del otro lado. Los coreanos del Sur se enriquecen mientras sus primos del Norte luchan por subsistir en medio de las tinieblas de una feroz dictadura comunista. Los cubanos triunfan en todos lados, menos en el paraíso socialista de la tiranía castrista.
Hoy más que nunca la riqueza o la pobreza no depende de la posesión de recursos naturales, sino de la capacidad de hacer lo correcto.
El agotamiento del paradigma estadocéntrico alumbra el nacimiento de un nuevo paradigma en el que los ciudadanos recuperemos las libertades conculcadas durante años de populismo dirigista.
Los argentinos hemos dado un primer paso al castigar a los perpetuadores de la pobreza y el atraso.
Podemos tener un gran futuro. Hagamos lo necesario para merecerlo.
Mariano A. Caucino
Especialista en relaciones internacionales. Ex embajador en Israel y Costa Rica.
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