
Uno de los maestros de las novelas de terror y suspenso, Edgar Allan Poe, publicó en 1842 el cuento “El pozo y el péndulo”. El relato describe las vicisitudes por las que atraviesa su protagonista, un hombre que está siendo torturado, atado en casi su totalidad, viendo como un filoso péndulo desciende hacia él, transmitiendo al lector, de manera espeluznante, el abandono, la desorientación, el desconcierto y la desesperanza de una persona que sabe que va a morir.
En Argentina existen bandos de verdugos que cambian el control de la herramienta de tortura, mientras que los ciudadanos, las víctimas permanecen, al igual que el protagonista del cuento, inmóvil, observando cómo se le acerca el filo al cuerpo, viendo transcurrir el tiempo, pudiendo hacer nada y consciente que va a terminar mal.
Las propuestas que se han presentado en las últimas elecciones iban mucho más allá de planteos de modelos económicos o sociales, se enfrentaron expresiones filosóficas extremas, ambas caricaturas grotescas de realidades insostenibles o inexistentes.
Por un lado, la alternativa conocida, la que perdió en el balotaje, que en un principio planteó un Estado dirigista, es decir, con un gobierno que fijaba incentivos para promover prácticas que son de interés público, que se deformó en una realidad intervencionista, estatista y discrecional, diseñando esquemas complejos y contradictorios que, en busca de sostener el consumo, desalentó la inversión privada a largo plazo.
Mientras tanto, el nuevo gobierno, ese que aún está por comenzar, recurrió durante toda la campaña a promover exactamente lo contrario.
Tal cual se define el nuevo espacio gobernante, liberal libertario, encuentra sus fundamentos filosóficos en que las personas son dueñas y responsables de sus realidades, que el Estado no debe inmiscuirse en la relación entre privados, siendo su rol principal dar el marco administrativo, legislativo y jurídico para que las partes acuerden directamente.
El nuevo modelo
Como modelo económico, la propuesta del presidente electo se autodefine como “anarcocapitalista”, que incluso trasciende al concepto de libertario. Para entender de qué se trata, esta posición plantea, en su forma más pura, que las funciones del estado, todas, deben estar sometidas a las leyes de la oferta y la demanda.
Para poner un ejemplo, la administración de justicia estaría administrada por árbitros y mediadores particulares, en lugar de los tribunales del Poder Judicial, quienes pactarían por el costo de sus servicios entre quienes tengan un litigio.

Es de esperar, por el bien de todos, que las expresiones extremas del nuevo gobierno, de las que muchos de los ciudadanos hicieron oídos sordos en busca de escapar del “otro extremo”, se moderen y encuentren un punto medio entre el todo y la nada.
Desde el ideal, pero imposible planteo de que “donde hay una necesidad existe un derecho” que demanda recursos infinitos, al sálvese quien pueda y la ley del más fuerte, y cada uno pague su fiesta, existen infinidad de alternativas muy superadoras y menos traumáticas.
El riesgo de fracasar es muy alto. La oportunidad para introducir cambios existe, sin embargo, el timing, la magnitud y el rigor son esenciales para resolver con éxito las cuestiones que han afectado en el pasado al desarrollo.
En la Argentina existen sectores a los que, antes de llevarlos a la selva hay que darles preparación, recursos operativos y tiempo para adaptarse.
El nuevo gobierno tiene la enorme posibilidad de cambiar una tendencia, dejar de distribuir recursos para comenzar a orientar oportunidades, algo distinto a la ley del más fuerte o la mano mágica del mercado que todo lo resuelve.
Muchos de los votantes de La Libertad Avanza han apostado a esto. Si la propuesta fracasa podría terminar siendo funcional a los valores que se decía combatir, haciendo descender un poco más, al afilado péndulo del cuento, cada vez más cerca del cuerpo de los argentinos, abandonado, desorientado, desconcertado y desesperanzado.
El autor es director en Fundación Iberoamericana de Telemedicina
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